Dominio público

Hacer frente a la ola reaccionaria

Elizabeth Duval

Hacer frente a la ola reaccionaria
Antidisturbios de la Policía francesa reprimen una protesta de Mayo del 68 en París.- AFP

Vamos a partir de una constatación: el discurso público se está derechizando, pero lo hace de formas graduales y sibilinas que nos impedirán ser conscientes hasta que ya sea demasiado tarde. Estamos frente a una ola reaccionaria. Tampoco somos los primeros. En Francia, por ejemplo, el Partido Socialista Francés ha empezado a hablar —y no cualquiera: lo dice su secretario general— de que ellos son la izquierda auténtica, la que proclama un universalismo republicano frente a las derivas de lo woke en las cuales estaría perdida la izquierda radical.

En España hemos tenido pequeños espasmos parecidos: cuando Ábalos y Calvo, ya desaparecidos del combate, firmaron un argumentario contra el supuesto borrado de las mujeres. Tendencias que van en trayectorias semejantes, parábolas que se trazan igual. Otra vez los vecinos franceses: en Francia, el Partido Comunista Francés quiere recuperar el "voto popular" que se habría ido a Marine Le Pen hablando de asegurar la seguridad en los barrios, cerrando más las fronteras y manifestándose con la policía frente al Ministerio de Justicia. Nos trae recuerdos de cosas que empiezan a verse, pero que aún no han terminado de florecer. Poco a poco.

Lo normal es ver venir la ola reaccionaria. Casi siempre se anuncia de lejos, con tiempo, y puede una prepararse para ello. El otro día bajé a Córdoba para participar en un debate dentro de su ciclo de Congresos del Bienestar. Ahí no la vi venir. Me sentaron con Najat El Hachmi y José Antonio Marina, con Patricia Soley-Beltrán como moderadora —en el más noble de los intentos de contener esa bomba de relojería—: creí que habría grandes diferencias, pero que todo se desarrollaría en los límites de la cortesía. Luego llegaron las interrupciones, las risitas.  Y me encontré, de golpe, con la ola reaccionaria, que es una ola de palabras. Enumeremos algunos ejemplos:

1. Bulos sobre cómo universidades en Estados Unidos habrían suprimido sus departamentos de Clásicas por ser demasiado blancos, sin ninguna fuente; la expansión de lo que se ha oído por ahí como recurso cuando se argumenta. En la ola reaccionaria, valen las anécdotas; de hecho, sirven todas las anécdotas, y cuanto más subjetivas y menos demostrables sean, mejor.


2. Una denuncia generalizada de los comportamientos woke, de que se ha reducido toda la sociedad a una batalla entre "oprimidos y opresores": perdón, ¿pero la dialéctica del amo y el esclavo no venía de Hegel, que no es un posmoderno? ¿Y no se ha recuperado para hablar de casi toda relación de dominación a lo largo del siglo XX, de Fanon a Beauvoir?

3. La repetición constante del peligro de muerte en el que se encuentran hoy las democracias occidentales. El grito en el cielo ante una supuesta lucha entre valores occidentales hoy criticados por eurocéntricos y blancos, derechos humanos puestos en cuestión frente a la represiva cultura oriental. Es decir: la defensa de las cosas como son, del statu quo, sin voluntad de cambiarlo.

4. Una crítica a los movimientos sociales "identitarios" que "no se centran en la conquista de derechos o en la integración dentro de la democracia", sirviendo sólo como afirmación de la diferencia: ¿cuáles lo son, qué movimientos han propugnado sólo causas identitarias? ¿No había nada identitario en el eslogan del Black Power, en las Panteras Negras? ¿Ni comunidad en el colectivo LGTBI en los años 70? ¿Todo es una invención nueva fruto de conspiración y tejemanejes políticos?


5. Un baile dialéctico que bordea constantemente el discurso muy indignado de cómo "ahora se cancela a cualquier opinión disidente", mientras se cuenta con tribunas en los principales medios de comunicación del país.

En definitiva, un discurso reaccionario que no se asume como tal, porque se plantea como defensor del bien y de los valores democráticos frente a la maldad de quienes supuestamente querrían hacer explotar la democracia. Y un discurso reaccionario que esconde el profundo odio y desprecio que siente por aquellos que critica y caricaturiza, convirtiendo en muñecos de paja que agitar una y otra vez para incitar al miedo. Era extraordinario ver los aplausos derechistas que recibían personas que creían estar explicando un discurso "de izquierdas", auténticamente de izquierdas, sin darse cuenta de que sólo estaban siendo reaccionarias.

No pocas veces pensé en levantarme e irme de la mesa de debate ante la imposibilidad de que mis interlocutores desarrollaran algún tipo de capacidad de escucha: a cada una de mis afirmaciones respondían acusándome de algo que yo no había incluido en mi discurso. Si no lo hice fue porque me mueven varias convicciones: la primera, que es un deber moral y una obligación hacer frente a la ola reaccionaria que va propagándose poco a poco en el discurso público. La segunda, que muchos de los que en los próximos tiempos se sumarán a ella lo harán para elaborar una marca personal bien asumida y enriquecedora, capaz de darles acceso a tribunas mediáticas por hacer el juego sucio de pretender ser de izquierdas mientras se da alas a la derecha. La tercera, que había personas en el público plenamente conscientes de lo que estaba sucediendo. Podría exponer algunas de sus trampas e incluso intentar convencer a los todavía no enterados. Viendo su avance, pararle los pies; saber que, aunque la onda de expansión parezca arrasar, hay que oponer resistencia desde el primer momento en que empieza a germinar. Si no, mañana, será demasiado tarde.


Algunos consejos para resistir o incluso para ganar. Recelar de cualquiera que hable de la degeneración de nuestras sociedades y mira con mala baba a cualquier movimiento contemporáneo mientras elogia las supuestas maravillas de todo intento de emancipación ubicado en el pasado, como si en las páginas de la historia no hubiera comunidades agrupadas por la identidad o reivindicaciones de la diferencia, como si la diferencia entre el presente y el pasado fuera síntoma del decadentismo. Cuestionar cualquier noticia que se repita como un mantra sin su fuente, ser escépticas ante las explicaciones de la realidad que no se referirían a ella, sino a sus hechos inventados. Señalar las cosas cuando son mentira. Una y otra vez. Intentar, sobre todo, comprender los dolores profundos que pueden llevar a alguien a caer en esas trampas, sus miedos y temores: saber que no sólo hay maldad, aunque a veces pueda haberla, sino también personas heridas a las que hay que ofrecer respuestas alternativas. Con ellas podremos discutir, aunque no lo hagamos con los energúmenos. Responder que no hay contradicción entre esas supuestas «políticas identitarias» y la preocupación por la justicia social, la redistribución, la clase obrera; que las estadísticas dicen que, a más preocupación por el reconocimiento, también más inquietud por la igualdad económica. Señalar sus trampas y sus relatos simplistas, maliciosos, demasiado uniformes. No desistir. No dejar que venzan. No quemarse. No hablar como ellos hablan. Pensar que no siempre podrá ganar la mentira. Hacer frente entonces a la ola reaccionaria con otra actitud: la de quien sabe que no se dejará arrastrar por ella y obra en consecuencia.

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