Opinion · Ecologismo de emergencia

Cambio climático: hora de actuar

Joan Groizard

* Director general de energía y cambio climático, gobierno de las Illes Balears

 

 

Todavía estamos a tiempo, pero tenemos que prepararnos para actuar de forma más drástica y urgente de lo que hemos imaginado nunca.

Posiblemente esta sea una de las principales conclusiones del informe especial que ha publicado esta semana el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) sobre qué supone que el calentamiento global se limite a 1,5ºC de temperatura por encima de época preindustrial.

El informe recopila el conjunto del conocimiento científico disponible sobre el tema, y responde al Acuerdo de París contra el cambio climático, que compromete a los países firmantes a “mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C”.

Variaciones de uno o dos grados resultan insignificantes en el día a día, pero cuando hablamos de temperatura media global las diferencias son abismales.

 

¿Por qué esta distinción entre 1,5º  y 2ºC?

Los datos indican que, principalmente por la actividad humana, ya hemos incrementado la temperatura media del planeta en 1ºC y que, si seguimos al mismo ritmo, llegaremos a 1,5ºC entre 2030 y 2050. Incluso ese nivel de calentamiento supondría riesgos importantes para los sistemas humanos y naturales, pero la situación empeora si llegamos a los 2ºC.

A nivel global, tres ejemplos muy claros: en un escenario de 1,5ºC, el mundo perdería entre el 70 y el 90% de sus arrecifes de coral, mientras que con 2ºC se pierden más del 99%. Pasando de 1,5 a 2ºC, se duplica el número de especies que ven desaparecer al menos la mitad del ecosistema que habitan. O si miramos al norte, con 1,5ºC de calentamiento se estima que tendremos un verano sin hielo en el Ártico una vez cada siglo. Con 2ºC la frecuencia se incrementa a una vez cada década.

Acercándonos más a casa, el informe identifica el sur de Europa y el Mediterráneo como una de las zonas más vulnerables, por ejemplo, a episodios de calor extremo más intensos y frecuentes. En cuanto a la probabilidad de sequía y los riegos asociados a la falta de agua, en esta región la situación empeora “substancialmente” si pasamos de 1,5 a 2ºC.

Además, indica que algunos de los cambios que tenemos por delante son irreversibles, como la pérdida de algunos ecosistemas. Podríamos hablar de la desertización de la Península Ibérica y el sur de Europa “con cambios que no tienen nada que ver con los últimos 10.000 años”, o de la potencial pérdida de la Posidonia, planta marina en el mar balear responsable del agua cristalina, arena blanca y por tanto una parte importante de la industria turística de la zona.

En resumen: acercarnos a los 2ºC de calentamiento supone asumir enormes pérdidas ambientales, pero sobre todo económicas y sociales.

¿Llegamos a tiempo?

Con el Acuerdo de París, cada país presenta sus llamadas “contribuciones determinadas a nivel nacional” (NDCs por sus siglas en inglés), es decir, las reducciones de gases de efecto invernadero que se comprometen a llevar a cabo, con la única obligación de informar del cumplimiento de este compromiso y de revisarlo, en todo caso, al alza.

El informe analiza las NDCs ya presentadas a día de hoy con un horizonte de 2030, y advierte que incluso en caso de cumplirse estos compromisos, para evitar superar los 1,5ºC será necesario acelerar drásticamente las reducciones después de 2030, llegando a cero a nivel mundial en torno a 2040.

A esta urgencia hay que añadirle dos factores: primero, que los países más desarrollados (y que por tanto más se han beneficiado históricamente de quemar combustibles fósiles) reconocen que tienen el deber y la capacidad de darse más prisa que los demás. Segundo, que estas proyecciones incorporan las llamadas “emisiones negativas” o sistemas que absorben CO2 de la atmósfera para compensar emisiones – con tecnologías o métodos que o bien no están probados a escala, o que son poco probables dados sus impactos sociales o ambientales.

Por tanto en la práctica y con la tecnología disponible a día de hoy, tenemos que acometer reducciones drásticas de forma urgente, incluso antes de 2030.

¿Cómo lo hacemos?

La comunidad científica apunta a la necesidad de transiciones “rápidas y de gran alcance” en los sistemas industriales, energéticos, urbanos, de infraestructura y de territorio. Transiciones sistémicas “sin precedentes en cuanto a escala”, pero similares a algunas que se han visto ya en determinados territorios, sectores o periodos temporales. Para lograrlo necesitaremos un marco jurídico claro que marque la línea a seguir, y por ello urge una Ley de cambio climático a nivel estatal con el máximo consenso y estabilidad posibles.

En concreto estamos hablando, entre otros, de incrementar de forma radical el uso de renovables en nuestro sistema eléctrico. De la necesidad de que los vientos de cambio que vemos con la derogación del “impuesto al sol” encuentren una respuesta masiva por parte de ciudadanía, empresariado y administraciones que pasen a generar una parte importante de su propia energía, así como una reforma profunda de la regulación energética que ya llega tarde.

También de dejar de utilizar combustibles fósiles para desplazarnos cuanto antes. Dinamarca, Irlanda o Eslovenia ya han fijado la fecha para la última matriculación de coches gasolina o diésel en sus territorios para 2030. Reino Unido y Francia lo han hecho para 2040. El Proyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética de Baleares, ahora en tramitación, fija el 2025 para el diésel y el 2035 para la gasolina.

El debate no es a qué ritmo dejamos los fósiles para minimizar el impacto a determinados sectores, sino cómo somos capaces de impulsar la transformación de dichos sectores para que puedan dar respuesta a la urgencia de la situación – y ya qué, intentar por una vez adelantarnos a los cambios que sabemos que vienen en lugar de resistirnos hasta el último momento para después sufrir una adaptación tardía, cara y caótica.

 

La postura de la ciencia es clara – desde los centenares de páginas del informe completo al “resumen para responsables de políticas” de 34 folios o el documento de “titulares”. Ahora, es imprescindible que nuestros responsables políticos estén a la altura y lleguen a consensos amplios pero ambiciosos. La duda es, como la generación mejor informada y posiblemente más crítica de la historia, ¿sabremos acompañarlos como ciudadanía y como consumidores?