Opinión · Ecologismo de emergencia

La amenaza invisible

Andrés Barrio

Este mes de marzo, la European Heart Journal publicaba un informe desarrollado por el instituto Max-Plank y la universidad de Mainz, donde se afirmaba que cerca de nueve millones de muertes en todo el mundo, 800.000 en Europa, están relacionadas con la contaminación del aire.

Lo más preocupante de este informe no son solo las elevadas cifras de mortalidad por algo que no vemos ni notamos, sino el hecho de que esos datos duplican las estimaciones con las que contábamos y que, según la Agencia Europea de Medio Ambiente, cifraban en 422.000 los fallecimientos en toda Europa por esta causa.

Que la polución mata es algo de lo que, más o menos, ya nos hacíamos cargo. Lo realmente alarmante es la pasividad con que esta noticia pasa por la opinión pública sin que nadie ponga el grito en el cielo, sin que nuestros ayuntamientos pongan lazos negros en sus fachadas. La única justificación que se nos puede ocurrir ante esta pasividad es la invisibilidad de esta amenaza y cómo se ocultan sus consecuencias. Una invisibilidad doble, pues ni vemos la contaminación, ni contamos con la información y reacción necesaria ante ella por parte de los medios e instituciones.

Además, como sociedad tendríamos un grave problema si entendiésemos realmente lo que esto significa. Asumir, de forma consciente y responsable, que la contaminación que nosotros y nosotras provocamos es la mayor causa de mortandad no natural del mundo, es algo que nos llevaría al colapso. Por ello, de forma inconsciente, pasamos de página y nos montamos en el coche para seguir con nuestra vida en libertad.

Sin embargo, que los medios de comunicación lo releguen a las páginas de salud o ciencia y que nuestras instituciones nacionales y europeas no apliquen medidas efectivas para la reducción de la contaminación, tiene una lectura que va mucho más allá de la inconsciencia o el mantenimiento de privilegios personales.

Las dos principales causas de estos alarmantes datos de contaminación atmosférica, que en España causan 49.000 muertes al año, son el tráfico rodado y la generación eléctrica por las centrales térmicas.

La primera ha llegado a provocar que, el pasado mes de febrero, casi todas las ciudades españolas superaran los niveles de partículas contaminantes permitidos por la reglamentación europea, así como los aconsejados por la Organización Mundial de la Salud. Esta situación, incrementada por fenómenos meteorológicos estables, hizo que se superara el valor límite diario de partículas PM10, establecido por la normativa en 50 microgramos por metro cúbico y que también fueran muy altos los niveles de PM2,5 y los de óxidos de nitrógeno.

Ante esto, solo el Principado de Asturias, Gijón y Oviedo y el Ayuntamiento de Valladolid pusieron en marcha protocolos de restricción de la circulación y velocidad de los vehículos para reducir las emisiones contaminantes a la atmósfera. El resto de ciudades con problemas similares guardaron completo silencio, incumpliendo sus propios protocolos de actuación.

La segunda de las causas que provocan la contaminación atmosférica es, como ya hemos dicho, la generación eléctrica mediante centrales térmicas de carbón. Esta hace que, por ejemplo, sean los países del este de Europa los que  tienen mayores índices de mortalidad debida a la polución donde Bulgaria, Croacia, Rumania y Ucrania tienen tasas que duplican la española.

En nuestro país, donde la generación eléctrica por quema de carbón fue del 14,1% en 2018, se cifra en 1.529 las muertes prematuras y las pérdidas económicas asociadas en 3.568 millones de euros. Estos datos nunca los encontraremos entre los argumentos de los que se niegan a cerrar estas centrales y avanzar hacia un modelo 100% renovable.

Pero, ¿por qué esta inacción generalizada? ¿Se imaginan una actitud similar ante cualquier otra amenaza que provocara cientos de miles de muertes? ¿No exigiríamos contraprestaciones económicas por los costes a la sanidad pública?

La principal razón que se nos podría ocurrir la encontramos en el negacionismo económico, algo que asumimos como sociedad y del que se aprovechan los poderes económicos, haciendo que sus medios e instituciones no muevan ficha. La industria del automóvil representa el 10% del PIB español y el 17% de las exportaciones, en Europa hay 169 fábricas donde trabajan 13,3 millones de personas y en el mundo se fabrican 100 millones de coches al año.

Con estos datos es difícil imaginar campañas que desincentiven el uso del automóvil. La inoperancia de la economía española, incapaz de generar nuevos modelos de movilidad y productivos, hace imposible que se combata la contaminación mientras se ofrecen alternativas laborales.

Este negacionismo no se queda solo en términos macroeconómicos. Seguimos con el mantra de que los coches son buenos para el comercio local o que poder ir a todos los lados en coche es la solución para revitalizar una ciudad. Con ello se obvia el hecho de que ciudades como Pontevedra y Vitoria acumulan varios premios internacionales de apoyo y mejora al comercio al cerrar sus centros al tráfico o que el gasto en Navidad aumentó un 8,6% en Madrid Central frente al 3,3% producido en el resto de la ciudad.

Si seguimos con este mantra, es, en buena medida, debido a la influencia que la industria del automóvil tiene sobre la opinión pública. Por eso nunca entrará en el debate la realidad que demuestra que el problema del comercio no son las calles peatonales, sino la globalización, la venta por Internet y las ciudades sin espacios públicos abiertos y vivos.

Así, la acción de este lobby ha llegado al absurdo en su última medida contra Madrid Central, donde han repartido 50.000 pegatinas ambientales con la P “de pobre”. Esta acción no busca más que montarse en esa mentira que dice que limitar el uso del coche perjudica a los más desfavorecidos, cuando realmente es al contrario. Las personas con menos recursos, las de más edad y las más jóvenes tienen una mayor exposición a la deficiente calidad del aire y al ruido excesivo, por no hablar, por otro lado, de que las medidas de restricción del tráfico hacen aumentar los usos de transporte público y bicicletas, que son medios mucho más populares y baratos que el coche.

Nos encontramos en una continua dicotomía entre lo que nos han hecho pensar a través de la influencia histórica de la industria automovilística y energética y lo que es real, haciendo visibles falsedades e invisibilizando una de las mayores amenazas a la que nos enfrentamos.

Debemos tener claro que no es la polución la que nos mata, sino los hábitos de este sistema que ahora nos lanza los cantos de sirena de los coches eléctricos y el gas vehicular que, lejos de ser la solución, solo perpetuarían un modelo injusto de consumo de recursos que no tenemos.

Por ello, es tan importante la acción social y ciudadana, la toma de decisiones personales que cambien el paradigma modal del tráfico, de consumo y energético. Es difícil, porque esto supone prescindir de supuestos privilegios que nos han hecho creer que somos más libres, cuando en realidad son los que nos atan. Nos atan a un medio de transporte caro, peligroso, que requiere de combustibles sucios, de seguro, de aparcamiento, ocupando el espacio público de todos y de todas. El Bien Común frente a una falsa libertad individual. Elijamos y hagamos visible la amenaza para terminar con ella.