Opinion · Ecologismo de emergencia

El G-20 «verde» de Japón: el inicio de una oportunidad a medio gas

Rosa M. Tristán 

Cuando se acude por vez primera a una cita como el G-20, que reúne a los países que representan el 80% del PIB del planeta, ya se puede una imaginar que aquello no dará para grandes titulares ni aunque se hable de temas tan candentes como la contaminación por plásticos de todos los océanos, la imperiosa necesidad de contar con energías limpias y recortar emisiones o el futuro los residuos radiactivos. Hace unos días, en la ciudad japonesa de Karuizawa, preludio ambiental del G-20 de este fin de semana con los líderes presidenciales, quedó de manifiesto que aún falta camino por recorrer para que algunos sean conscientes de que se nos acaba el tiempo.

Se lo puede una imaginar porque es sabido que a estas cumbres de poderosos –en masculino plural, dada la escasa presencia femenina – cada país llega con pocas ganas de cambiar y muchas de dar largas o, lo que viene a ser lo mismo, confiar en que la tecnología del futuro nos salve del destrozo del presente, como si ya existieran la máquina del tiempo de Herbert George Wells que permitirá recuperar lo perdido. En Osaka, este fin de semana, se hablará mucho de guerras comerciales entre grandes potencias y quizás poco de cómo seguir creciendo sin cambiar la gestión de nuestra casa.

Karuizawa fue un reflejo de ello. El Gobierno de Japón se lo había planteado como una oportunidad para dar unos primeros pasos hacia la limitación de la contaminación plástica oceánica. Pero a punto estuvo de no conseguir ni un somero consenso de mínimos debido a los incuestionables retos que plantea el Acuerdo de Paris, un asunto que, desde Estados Unidos, Arabia Saudí y algunos más, se quería obviar, si bien para otros, como la Unión Europea o China, eran fundamentales. “Pero, ¿cómo va a haber una cumbre ambiental sin mención alguna a París?”, se preguntaban alarmados los miembros de la delegación española. “O se incluye o pinta mal”, señalaban. Finalmente, se pudo incluir la referencia, con la salvedad de que EEUU, como se ha salido del acuerdo, no se daba por aludido…

El pre-estreno de la cumbre fue un evento especialmente dedicado al hidrógeno como energía del futuro. El hundimiento unos días antes de dos petroleros en el Estrecho de Omán se calificó como una preocupante cuestión para “el mercado de la energía”, en palabras de Fatih Biron, director de la Agencia Internacional de la Energía (IEO). ¿Por qué no promover una tecnología, aún en ciernes, por la que Japón quiere apostar a nivel estratégico de aquí a 2050?

Pero el ministro japonés de Economía, Industria y Energía, Hiroshige Seko, no lo tenía fácil porque el hidrógeno, a día de hoy, se produce fundamentalmente con combustibles fósiles y genera 830 millones de toneladas de CO2 al año. Aunque se dibuja un futuro en el que se consiga con renovables o mediante hidrólisis, aún es muy costoso y no cuenta con infraestructuras necesarias para su expansión. Por otro lado, en la UE  lo que se potencia son energías renovables como la eólica y se quiere, a finales de la próxima década, que el 32% la energía consumida lo sea, aunque a este paso lo tiene difícil…. De hecho, en 2018 ya se han vendido en el mundo más de dos millones de coches eléctricos, cifra que para los de hidrogeno se prevén dentro de una década. Finalmente, se firmaron sendos acuerdos de colaboración sobre el tema entre la UE y Japón y otro a tres bandas, incluyendo a Estados Unidos, representado por el subsecretario de la Energía de este país, Dan Brouillete, que se paseaba por la cumbre rodeado de guardaespaldas.

La otra gran apuesta era la captura de CO2 de la atmósfera como opción para reducir el impacto de las emisiones, alternativa que se conoce desde hace años y no termina de arrancar por los problemas que conlleva, entre otros, de almacenamiento.

Pero para la UE y países como China, Canadá o México, incluida la delegación española, con el Secretario de Estado de la Energía, José Domínguez Abascal, la cuestión estaba más en cambiar el modelo tradicional y apostar por energías limpias hoy disponibles que en esperar al desarrollo de nuevas tecnologías, que pueden servir pero que aún están en el horizonte.

El asunto de los plásticos en los océanos parecía más fácil. A fin de cuentas, desde que China y otros países ya no quieren nuestra basura, el problema se ha agravado. En Japón, sigue primando la incineración, pero se han propuesto una apuesta por los bioplásticos y un mayor reciclaje, una vez comprobado que la concentración en sus costas de este tipo de residuos rebasa los límites admisibles. En realidad, pasa lo mismo en todo el mundo. Los microplásticos son una epidemia de consecuencias aún por investigar, aunque no los veamos porque están bajo el agua.

La idea previa era que saliera algún acuerdo de implementación con algún compromiso para los países de G-20. Y hubo acuerdo, pero tan laxo que al final todo quedó en la adopción de medidas voluntarias por parte de cada país según sus estrategias. Lo único que quedó claro es que aumentará el intercambio de información y la cooperación internacional para saber qué hace cada país contra la basura plástica oceánica. Ahora bien, mientras la UE ha apostado por prohibir los plásticos de un solo uso, otros no están por la labor porque, entre otras cosas, los producen. “Al final ha quedado claro que hay que reducir y reciclar y que cada país debe gestionar su basura, pero cada país decidirá como hacerlo”, declaró el ministro de Medio Ambiente japonés, Yoshiaki Harada.

Otro encuentro multilateral en Karuizawa tuvo que ver con los residuos radiactivos de las centrales nucleares. En la mesa sobre este tema, en la que estaban Francia, Japón, Rusia, EEUU, Canadá y Finlandia, quedó claro que la apuesta para no dejar esa ‘envenenada’ herencia a futuras generaciones pasa por crear cementerios nucleares a grandes profundidades, estables a nivel geológico.   Es decir, dejarla, pero enterrada.

Así las cosas, es innegable que por algo se empieza y que ya era hora que el G-20 fuera algo más que un encuentro en el que dirimir cuestiones económicas al margen de los impactos que estas tienen en el planeta que habitamos 7.000 millones de seres humanos y muchos más millones de no humanos. ¿Suficiente? Vista la emergencia general, el resultado sabe a poco. Veremos si en Osaka, este próximo fin de semana, cuando los grandes líderes se reúnen, la crisis ambiental global sale a relucir o ya se da el tema por finiquitado hasta una nueva ocasión… En general, en Kaurizawa el acuerdo de consenso final fue muy en genérico, en ese color gris que no es ni blanco ni negro. Quizás, el inicio de algo que va a ir demasiado lento, muy lento.