Opinion · Ecologismo de emergencia

De cómo nos vamos evaporando

 

Memo Anjel 

Filósofo, escritor y profesor universitario en Medellín

 

Las calles abarrotadas, la suciedad y la mugre, el ruido, los olores

Isaac Bashevis Singer. El rey de los campos.

 

Acabo de beber mi café, de comer una tostada y un trozo de queso. Y de leer un artículo sobre el estrés hídrico que se va tomando a la Tierra. Como en La Peste de Albert Camus, aparece algo por allí, se duplica en otro punto, se multiplica en lugares variados y bueno, al final ya todos estamos apestados.

Miro lo que queda de mi café, las migas de la tostada y unos puntos de queso sobre el plato. Y es claro: estoy vivo porque bebo agua (en este caso con café), muerdo tostadas porque estas contienen humedad o de lo contrario me habría partido los dientes (estaría mordiendo una piedra) y lo del queso, ya se sabe: sin agua no hay queso ni vaca ni pasto ni río ni nadie que se entere. Y es que ni siquiera D’s hizo el agua: cuando comienza el Bereshit (el Génesis), ésta ya existía y el espíritu del movimiento (el Ruáj), flotaba sobre ella. No sería extraño que el agua fuera la creadora de los dioses, los que se ven y los invisibles, que nada tienen que ver con lo que pasa. En este punto, Baruj Spinoza es claro: el bien y el mal nos pertenecen, igual que las ideas que tenemos y las pasiones que cargamos. Y si algo pasa, nos pasa a nosotros y no viene de ninguna otra parte.

Mirando el pocillo de café, me he bebido el agua que había ahí. Algo de ella saldrá por otro lado, debidamente contaminada. Lo mismo sucederá con la tostada y el queso. Y este ritual de beber y comer ya está en veremos. Ya el café que bebo no es como el de antes, la tostada que mordí pertenece a una harina con preservativos y el queso, bueno, parecía contener trocitos de plástico. Y en esta ciudad en la que vivo, abundante en acero y hormigón, cemento Portland y vidrios, vías sobrepobladas por todo tipo de vehículos (motos, autos, buses, camiones) y un ruido creciente en medio de un aire abundante en partículas contaminantes, el calentamiento global ya no es un aviso como el de prohibido fumar (ese al que los fumadores le guiñan un ojo) sino algo que está ahí y se mete en los poros, toca el cerebro, se manifiesta en agresividad y, para colmo, se niega porque los banqueros y los políticos (que hacen arder el mundo) quieren seguir con su disparatada codicia de rating, votos y utilidades, propiciando un mundo para la explotación desmedida y la precariedad de la salud, que también es un negocio. Ya nadie sale aliviado después de una cita médica: el hospital debe dar utilidades, pues las acciones son del banco. Y no sé si los banqueros y políticos ya estarán aprendiendo a comer y beber billetes. Si lo han hecho, es claro que han perdido el gusto. 

¿Cuánto pesa una mega-ciudad y qué contiene? Hago esta pregunta porque el calentamiento global no solo es un asunto climático, sino que tiene que ver con las infraestructuras, las verticalizaciones urbanas, los materiales de construcción, la energía cinética producida por los vehículos (contaminación móvil), los trozos de llanta que se desprenden andando y frenando, las cantidades ingentes de basura (entre ella la radioactiva que llevamos en celulares y computadoras, pilas de transporte eléctrico y aditamentos de televisores), las carreteras que cubren buena parte de la tierra, el combustible de los aviones que llegan y salen de los aeropuertos contaminando el aire a través de sus mapas de vuelo, en fin. En 1935, Lewis Mumford (el pensador y urbanista norteamericano), ya hablaba del fracaso de la megalópolis y años después habló del mito de la máquina. Y si bien sus teorías hablaban sobre ciudades y maquinización, en el fondo estaba hablando de la muerte lenta de la Tierra, este pequeño punto azul en alguna parte del espacio, que ya tiende a ser rojo.

El calentamiento global es el tributo que las grandes ciudades dan a Mammón (el dios del dinero). Se nos ha dicho que tenemos que ser productivos y el trabajo se ha llevado a los límites de aprovechar cada minuto para convertirlo en dinero y consumo. En el siglo XVIII, Benjamín Franklin dijo que el tiempo era oro y esta frase creó a un ser desmedido que conocemos como Yankee, que centró su vida en acumular dinero y demostrar que dejaba de ser pobre en la medida en que consumía y hacía consumir a otros. Y si bien el yankee demoró en desarrollarse, ya en 1951 fue un hecho: apareció el consumismo; en 1960, este consumismo se apoyó en el márketing y en 1961, apareció el concepto de contaminación ambiental, frase a la que no se le hizo caso porque la dijo un químico alemán de la parte comunista. Claro que tampoco se le hizo caso a Rachel Carson, la autora de La primavera silenciosa, que hablaba del problema de los agroquímicos y los cultivos extensivos. El argumento de los yankees (y todos los que se volvieron como ellos ingresando a la secta de los triunfadores) fue simple: ni una mujer ni un comunista nos van a decir qué pasa. Pero pasó.

¿Cuánto pesa New York y qué contiene? ¿Cuánto Shangai, Hong-Kong, Paris, Londres, Frankfurt, Zürich etc.? No lo sé en medidas de peso, solo en extensión y forma. Y en lo que contiene: gente que se mueve acelerada, piensa en lo mínimo (hay que trabajar como un hámster), sueña con tener cosas y las logra parciales; un gentío enorme que produce turistas con una capacidad increíble para contaminar mares y llenar de basura las ciudades que visita; científicos que le juegan a D’s y al diablo, y ejecutivos que saben lo peligroso que venden y lo niegan en nombre de las utilidades e índices de gestión (ver Arcadia de Costa Gavras); sistemas educativos que privilegian la técnica y hunden el humanismo, pues pensar es peligroso y la inteligencia artificial ya lo sabe todo, eso dicen.

Mientras todo en el planeta se evapora, el agua falta, lo que comemos es peligroso, nosotros mismos nos estamos evaporando en un individualismo atroz que, como en la distopía de George Orwell, ya nos impide hasta querernos. Y antes de evaporarnos, que de seguir así la situación el tiempo está cercano, solo queda la conciencia de la protesta continuada y la desobediencia civil. Y una razón última que nos queda: no hay que ser los mejores en términos técnicos y de explotación desmedida. Hay que ser los más humanos. De lo contrario, nos sobrevivirán las máquinas que, en términos de Lewis Munford, son las únicas que progresan. 

Evaporamos la cultura: hay que ver a Peter Handke haciendo dibujos para saber de qué palabra se trata y a Olga Tokarczuk, empecinada en saber que contiene un cuerpo disecado o en trocitos conservados en frascos con formol. Y esa cultura que evaporamos es la que habla de la vida como única oportunidad. 

Escrito en Medellín, una ciudad que se moderniza mientras nos sobrepoblamos, creamos grandes densidades barriales a partir de verticalizaciones, les quitamos el agua a otros y nos envenenamos con el aire, enloqueciéndonos con el ruido. Y claro, los calores han aumentado, en la medida en que se habla de la cuarta revolución industrial y de una economía naranja, que de naranja solo tiene el color del aire.  He decidido tomarme otro café. 8-12-2019.