Ecologismo de emergencia

Devuélveme la vida, devuélveme la costa

Foto EFE Susanna Sáez

La reflexión sobre los efectos de la borrasca Gloria no puede quedarse en el recuento de los miles de millones de euros que ha ocasionado en daños materiales en paseos marítimos, playas, casas y restaurantes o en sus registros récord de oleaje y vientos. Su magnitud y gravedad en el actual contexto de emergencia climática deberían servir de catalizador de un cambio en la legislación, el uso y ocupación del litoral.

La información científica disponible nos indica que aunque Gloria se trata de un temporal poco corriente es susceptible de producirse, incluso de repetirse en el futuro con mayor frecuencia. También sabemos que cuando esto ocurra los daños serán iguales o mayores que los actuales. Pero, ¿por qué?, ¿qué hay detrás de este enorme fracaso?

Todo es consecuencia de un irracional modelo de ocupación de la costa basado en la falsa presunción de que "eso" que llamamos "naturaleza" es algo externo a nosotros. Pues no, la "naturaleza" no es algo que consumimos, sino que es algo que construimos, somos parte de la trama de la vida. Habitamos en sistemas sociales que están indisolublemente vinculados a los sistemas ecológicos en los que se insertan. Las alteraciones que ocasionamos en una parte del sistema modifican su funcionamiento, llegando a provocar en ocasiones su colapso y desaparición.

La construcción de embalses y canalización de los ríos, junto con las masivas repoblaciones forestales han dejado sin alimento a las playas; kilómetros de asfalto convertido en paseos marítimos han sepultado cordones dunares que hubieran ayudado a minimizar la erosión de la playa emergida; la construcción de puertos y espigones han rigidizado y alterado la circulación de los sedimentos y miles de hectáreas de humedales costeros han sido rellenados para ganar terreno al mar. Esta intensa urbanización del litoral español ha dado como resultado una costa herida, incapaz de reaccionar y adaptarse a los efectos del cambio climático.

En apenas medio siglo hemos esquilmado un rico universo de hábitats que formaban una membrana, una costa viva, con capacidad de adaptación frente a las perturbaciones. Albuferas, arrecifes, bahías, cordones litorales, deltas, dunas, estuarios, flechas, islas barrera, lagunas y marismas, entre otros, han desaparecido o están gravemente alterados. Esta "naturaleza" actuaba como filtro o protección ante los temporales, controlaba la erosión, filtraba y mejoraba la calidad del agua o servía como fuente de producción de alimentos, entre otros muchos servicios ambientales.

Por eso, en el actual contexto de emergencia climática, somos cada vez más los que reclamamos rediseñar la costa aumentando no su resistencia, como se ha hecho hasta ahora, sino su resiliencia. La resiliencia es la capacidad de un sistema de absorber las perturbaciones y adaptarse al cambio. Para ello es necesario trabajar con las dinámicas de la naturaleza en vez de intentar controlarlas. Es decir, abandonar los espigones y diques para diseñar meandros del rio donde se recojan sedimentos que sean transportados hacia la desembocadura y una vez allí fortalecer la formación de humedales costeros cuya vegetación actúe de nuevo de barrera natural protectora; recrear o recuperar los cordones dunares, crear arrecifes artificiales sumergidos, construir lagunas de inundación donde dirigir el agua, retenerlo y distribuirlo para minimizar las inundaciones y la intrusión salina y muchas otras medidas basadas en la naturaleza. ¿A qué estamos esperando? Es urgente devolver la vitalidad perdida a la costa si queremos adaptarnos a los efectos del cambio climático.

Miriam García García
Doctora Arquitecta, Paisajista y Urbanista
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