Ecologismo de emergencia

La mina de uranio de Berkeley, una amenaza evitable

Un reciente estudio de investigadores de  la Universidad Politécnica de Madrid confirma que los agente meteorológicos pueden provocar la dispersión y disolución de los minerales presentes en zonas de minas de uranio antiguas y transportarlos hasta los acuíferos y la transferencia de contaminantes a la cadena trófica. El estudio se realizó en la zona de las antiguas minas de uranio de Salamanca.  Y es que el proyecto la empresa Berkeley de abrir una mina de uranio en la zona de Retortillo (Salamanca) no es una novedad: Salamanca y Extremadura ya acogieron en el pasado minas de uranio. Aquellas minas, gestionadas por la  empresa pública ENUSA fueron cerradas por falta de rentabilidad. Pero su legado es bien conocido.

La dispersión de la contaminación tuvo consecuencias en la salud de los habitantes de las zonas cercanas: el Instituto de Salud Carlos III constató en un estudio el aumento de mortalidad por leucemia en el entorno de las minas, así como el impacto inusualmente elevado de otros tipos de cáncer, como el de riñón o pulmón. También el CIEMAT constató la presencia de uranio en diferentes cultivos en el entorno de las minas, singularmente el trigo. Tampoco los mineros salieron bien parados de aquella experiencia, muriendo la mayor parte de ellos de cáncer. El legado contaminante continúa, aunque abandonado y olvidado. Precisamente en un acto en Retortillo tuve oportunidad de escuchar el testimonio de mineros portugueses sobre los horrores de aquella experiencia minera.

El uranio extraído en Salamanca y Extremadura se transportaba a la fábrica de uranio de Andújar. Esta planta dejó por detrás un rastro de enfermedad y muerte brutal. Además de una gran cantidad de residuos radiactivos que permanecen allí, y se quedarán durante cientos de años. La historia de la planta de Andújar es otra de las páginas negras y silenciadas de la industria nuclear.

El análisis de lo ocurrido en España en el pasado con el uranio no deja mucho espacio para la esperanza de un buen futuro, de llevarse adelante el proyecto de Retortillo. La minería del uranio requiere de una gran movilización de mineral. Aunque el mineral esté presente, lo está a muy pequeñas concentraciones, por lo que para conseguir pequeñas cantidades de mineral es necesario remover decenas de toneladas de roca. El territorio queda devastado, y las escorias no solo contienen restos de uranio, sino muchos otros minerales nocivos, como los metales pesados. Estos materiales pulverizados quedan expuestos a los agentes meteorológicos y con el tiempo son  dispersados por el entorno a decenas de kilómetros. El impacto no se queda en la zona de la mina, sino que se extiende por todo el entorno.

Finalmente auténticas montañas de escorias radiactivas quedan detrás de la actividad minera, suponiendo una responsabilidad y un legado para las generaciones futuras. En definitiva, unos años de producción de uranio en la comarca dejarán detrás un territorio devastado, toneladas de residuos radiactivos por gestionar durante cientos de años, y un entorno altamente contaminado.

Se aduce una vez más el señuelo del empleo para tratar de justificar el proyecto minero de Berkeley. Pero la creación de empleo difícilmente cubrirá los empleos que se pierdan en turismo, agricultura y ganadería. Con una diferencia: los actuales empleos son sostenibles, los empleos mineros durarán unos pocos años, y luego dejarán detrás el vacío social y laboral.

¿Merece la pena? Pienso que no.

En un momento en que todo el mundo se llena la boca con la necesidad de la transición ecológica, no deben tener sitio un proyecto netamente destructivo como el de la mina del Berkeley.