Ecologismo de emergencia

IPCC y la necesidad del cambio de sistema

El mes de agosto llegó con filtraciones de los informes del IPCC -organismo dependiente de la ONU encargado de los estudios sobre el cambio climático- realizadas por científicos de Scientist Rebellion y Extinction Rebellion España. Dos filtraciones, una del grupo I (ciencia) y otra del grupo III (mitigación), nos hablan de lo que ya sabíamos, pero no se decía de manera oficial: el calentamiento global es un hecho indiscutible que nos llevará al colapso ambiental en un tiempo breve si no ponemos remedio de forma rápida.

Aunque los objetivos de trabajo de ambos grupos son distintos, coinciden en el análisis de las causas del calentamiento global:  la especie humana es la causante de la alarmante subida de la temperatura media del planeta[1] y de las gravísimas consecuencias para la supervivencia de cientos de miles de especies, entre ellas la nuestra. Nos advierten de que ningún lugar de la tierra está libre de las consecuencias del Cambio Climático. Estas advertencias pueden parecer apocalípticas, pero no hay más que echar una ojeada al mundo para percatarse de que algo grave está ocurriendo.

La diferencia tal vez más notable con el informe anterior de 2013 es que mientras que entonces dejaba en el aire la responsabilidad última de la emergencia climática -no porque no se supiera, sino porque no se quería asumir-, ahora no queda ninguna duda. Y añade además que el sistema económico global imperante -el capitalismo- es el responsable directo de este desastre ambiental[2].

Es de sobra conocido lo que ha sucedido y está sucediendo en distintas partes del planeta. Los fenómenos meteorológicos extremos como las lluvias torrenciales o las sequías intensas han provocado inundaciones e incendios pavorosos que han ocasionado pérdidas de vidas humanas, cuantiosos daños materiales y alto impacto ambiental. Lugares tan distantes entre ellos como California, Canadá, Siberia, China, Alemania o el sur mediterráneo han sido protagonistas de estas catástrofes.

Según nos cuentan desde el IPCC, apenas hay margen para actuar[3]. Solo si se redujeran las emisiones netas a cero en 2050, se podrían mantener las temperaturas cerca de 1,5ºC por encima de los niveles preindustriales, objetivo de los Acuerdos de París. Más allá de esto las consecuencias son imprevisibles. En este momento hay datos alarmantes relacionados con el clima en cualquier lugar del planeta. Por citar solo dos de los más mediáticos, impensables hasta hace poco tiempo: el primero: la Amazonía, a la que siempre se consideró el pulmón verde del planeta, emite por primera vez más carbono del que absorbe, resultado de las políticas biocidas del presidente negacionista del Brasil. El segundo: en Groenlandia, el deshielo progresivo de sus glaciares aporta cada vez más agua dulce al océano, lo que ocasiona una modificación en su salinidad, que puede a su vez interferir en algún momento en el complejo equilibrio del sistema climático.

A principios de noviembre, se celebra en Glasgow la COP26 del Clima, una cumbre internacional que deberá fijar en este momento excepcional objetivos mucho más estrictos en la gobernanza mundial si no queremos llegar al colapso climático. Y no olvidemos que, el mes anterior, en la ciudad china de Kunming se celebrará otra cumbre internacional, la COP15 de biodiversidad, muy interrelacionada con la anterior.

Desde la Revolución Industrial las emisiones de gases de efecto invernadero se han multiplicado. Según datos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), la concentración de CO2 ha alcanzado en 2018 las 407,8 partes por millón (ppm), un 47% más que el nivel preindustrial, mientras que el metano, el CH4, lo hizo en un 159%, alcanzando las 1.869 partes por mil millones (ppb) en 2018, y el óxido nitroso llegó a los 331,1 ppb, un 23% más[4].

Uno de los problemas detectados en el informe del IPCC es que, a pesar de que el aumento generalizado de las temperaturas se conoce desde hace medio siglo y que al menos desde Río 92, se advierte de la necesidad de poner freno al consumo de recursos y energía, el crecimiento de las temperaturas ha sido exponencial desde entonces, como lo demuestra el hecho de que, en 2018, siempre con datos de la OMM, el crecimiento anual registrado de concentraciones supera al promedio de la década anterior.

El informe del IPCC habla de un aumento actual de temperatura de 1,1ºC que se refleja en el aumento de los fenómenos climáticos extremos en todo el mundo. Nos dice también que el cambio climático no es un problema del futuro: ya está produciendo cambios que serán irreversibles durante siglos o milenios.

Uno de los límites del Acuerdo de París para final de siglo era no sobrepasar los 1,5ºC con respecto a la era preindustrial, pero ya sabemos que esa marca se superará en los próximos 15 o 20 años. Es importante entonces establecer medidas drásticas en las políticas ambientales para alcanzar los objetivos de limitación de temperatura. En el conjunto del planeta, obviamente, y regionalmente en la Unión Europea, que pretende ser líder global en la transición ecológica, se debería trabajar en esta línea de forma clara y estricta, sin utilizar subterfugios par seguir con las mismas políticas de crecimiento como se están viendo en las operaciones de greenwashing en marcha, como ocurre con algunos de los proyectos candidatos a los fondos europeos de recuperación después de la pandemia o con el recurrente traslado de la huella ecológica de las producciones de la mayor parte de las grandes empresas a países extracomunitarios en la que tienen externalizadas sus actividades.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, no se entiende que, en España, en los últimos meses y en las últimas semanas, estamos asistiendo a diferentes declaraciones gubernamentales que anuncian la previsión de proyectos de ampliación de infraestructuras aeroportuarias y portuarias, con el indudable objetivo de ampliar su capacidad operativa. De materializarse estos proyectos, la contribución al aumento de los gases de efecto invernadero está garantizada por parte de España. No hemos de olvidar que tanto el tráfico aéreo como el marítimo son responsables de una parte importante de la contaminación por GEI, hasta el punto de que, dada la imposibilidad tecnológica actual de disponer de alternativas a los combustibles fósiles para mover aviones y barcos, no se incluyeron estos modos de transporte en los Acuerdos de París.

Las emisiones de la aviación y el transporte marítimo internacionales han crecido en torno a un 130% y un 32% respectivamente en los últimos veinte años[5], suponiendo el crecimiento más rápido en todo el sector del transporte, el único en el que las emisiones han aumentado desde 1990, impulsado por el aumento del número de pasajeros y el volumen comercial. En concreto el número de pasajeros aéreos en la UE se ha triplicado desde 1993.

En España, los buques que llegaron y salieron del país en 2018 emitieron 17,11 millones de toneladas de CO2, 5 millones más que los emitidos por todos los coches de las 30 mayores ciudades españolas juntas (12,21 millones), de acuerdo con un informe de Transport & Environment.

Estos simples datos nos hablan del crecimiento exponencial del transporte aéreo y marítimo y sobre el cual convendría reflexionar. Sabemos que el sector del transporte marítimo desempeña un papel esencial en la economía europea, ya que prácticamente el 90 % del comercio exterior de mercancías de la UE se transporta por vía marítima, siendo por tanto la economía muy dependiente de los bienes importados del resto del mundo. La pregunta que nos podríamos hacer es si es necesario traer bienes de países lejanos, muchos de los cuales podrían producirse aquí sin el coste ambiental que supone. La crisis de la Covid19 nos ha situado frente al espejo al no disponer de elementos sanitarios tan indispensables como mascarillas o respiradores para prevenir o simplemente para sobrevivir. Y todo por una cuestión de precios, producir lejos para abaratar costes -pasando por encima de derechos sociales en muchos casos-. Conviene recordar lo que hace ya tiempo que se reclama desde determinados sectores sociales y ambientales: la incorporación a las contabilidades clásicas de los costes sociales y ambientales para disponer del verdadero precio de un producto.

En cuanto al transporte aéreo, su aumento tiene una relación directa con el turismo. El auge de las compañías low-cost, el abaratamiento de las tarifas y las plataformas de reservas de viajes y alojamientos han permitido el florecimiento de esta industria vacacional que ha generado riqueza por una parte y problemas de adaptabilidad con los residentes de estos destinos turísticos, en cuanto a precios de alquiler de viviendas o la gentrificación de los barrios céntricos de muchas ciudades. En cuanto a turismo y transporte marítimo, no hay que olvidar el sector de los cruceros, altamente contaminantes. Si evaluamos la relación entre emisiones y turismo, el transporte aéreo representa la principal parte de las emisiones totales de GEI, mientras que los cruceros siguen siendo el modo de transporte con mayores emisiones de GEI por kilómetro recorrido, según datos de la Agencia Europea de Medio Ambiente.

Así las cosas, por eso nos preguntamos por qué se toman medidas desde el Gobierno central para ampliar infraestructuras, ya de por sí de grandes dimensiones y con gran capacidad de trabajo y que incluso en algunos casos ya han pasado por procesos de mejora o ampliación. Infraestructuras que van a servir para multiplicar su actividad y consiguientemente las emisiones de GEI. No se entiende esa obcecación por el permanente crecimiento continuo, sin tener en cuenta sus repercusiones ambientales, más allá de emplear la palabra sostenibilidad venga a cuento o no. No se entiende el reciente anuncio del gobierno central de ampliar los aeropuertos de Barcelona y Madrid, algo absolutamente incomprensible si tenemos en cuenta que ya fueron ampliados no hace demasiados años. Gastarse 3300 millones de euros para crear una ciudad aeroportuaria en el entorno de Barajas y crear un "hub" internacional en El Prat responde a una lógica especulativa en relación con el negocio inmobiliario. No hay ninguna intención por parte de AENA, el ente semipúblico encargado de impulsar estas actuaciones, de limitar o frenar su continuo crecimiento -indispensable en estos momentos de emergencia climática-  ya que plantea mejoras o ampliaciones de las zonas comerciales propias de los aeropuertos, como parte de su negocio no regulado (una vía inventada en 2015 para optimizar inversiones), ocupar territorio alrededor de los aeropuertos como zonas logísticas, hoteleras, de oficinas y servicios en general, en la línea de las grandes ciudades aeroportuarias que se construyen en el mundo, lugares especialmente insostenibles desde el punto de vista ambiental y de carácter claramente especulativo con consecuencias graves sobre su entorno.

El presidente y consejero delegado de Aena, Maurici Lucena explicaba el pasado mes de julio que la intención que se persigue es que "la actividad de los aeropuertos vaya más allá de la aeroportuaria" contemplando la edificación de hoteles, oficinas y naves logísticas[6]. Informaba también que este modelo se extenderá además de a Madrid y Barcelona, a Málaga, Mallorca, Valencia y Sevilla.

Esta misma lógica es la que mueve a plantear la ampliación del puerto de Valencia[7], el primero del Mediterráneo y el cuarto de Europa en movimiento de contenedores, pensado para incrementar exponencialmente su actividad en cuanto a tráfico de buques y vehículos pesados. El presidente de Puertos del Estado, Francisco Toledo, hablaba recientemente defendiendo esta ampliación apoyando su argumentación en palabras como modernización, efectividad, competitividad o en conceptos como concentración empresarial, colaboración público-privada, inversiones justas y necesarias y solo al final una mención a la sostenibilidad para estar en línea con el discurso ambiental oficial políticamente correcto. Lo que permanece, no obstante, es la idea del crecimiento, crecer por encima de todo.

Creemos que este modelo es claramente contrario a lo que se debe hacer. El momento climático que vivimos necesita de impulsos no basados en el crecimiento continuo sino más bien en una reconsideración del modelo económico en el que vivimos. Hemos de contemplar un cambio significativo en lo que producimos y su relación con las necesidades reales de la población. Hemos de considerar el traslado de las producciones externas a nuestro país que evitaría cantidades ingentes de emisiones causadas en el traslado de mercancías desde lejanos países. Hay que sustituir el tráfico aéreo por desplazamientos en ferrocarril en distancias cortas. Estamos agotando los recursos naturales y estamos rompiendo el delicado equilibrio entre los sistemas bióticos y abióticos. Aún hay tiempo -poco según nos dicen desde el IPCC- para revertir la tendencia hacia el colapso[8]. Debemos reflexionar por tanto antes de que sea demasiado tarde.

[1] https://www.europapress.es/sociedad/medio-ambiente-00647/noticia-ser-humano-responsable-cambio-climatico-aumento-fenomenos-meteorologicos-extremos-ipcc-20210809110222.html

[2] https://ctxt.es/es/20210801/Politica/36970/#.YSId0VGo31U.twitter

[3] https://www.elsaltodiario.com/cambio-climatico/ipcc-lanza-aviso-antes-cumbre-clima-cop26-glasgow

[4] https://elpais.com/sociedad/2019/11/24/actualidad/1574595025_531338.html

[5] https://www.nuevatribuna.es/articulo/sostenibilidad/emisiones-aviones-barcos-datos-cifras-cop25-cambioclimatico-gei/20191211180345169069.html

[6] https://www.economiadigital.es/empresas/aena-inicia-la-ampliacion-de-barajas-para-construir-una-ciudad-aeroportuaria.html

[7] https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/val/mega-ampliacion-puerto-valencia-plena-emergencia-climatica_1_7831005.html

[8] https://www.climatica.lamarea.com/ipcc-planeta-cambios-irreversibles/