Ecologismo de emergencia

La guerra del agua ya está aquí: ¿trasvases en un país reseco?

Rosa M. Tristán

El cráneo de una oveja yace en suelo seco durante la severa sequía registrada en el embalse de Cijarra, en Villarta de los Montes, España, el 6 de agosto de 2022. -Susana Vera / REUTERS

El cráneo de una oveja yace en suelo seco durante la severa sequía registrada en el embalse de Cijarra, en Villarta de los Montes, España, el 6 de agosto de 2022. -Susana Vera / REUTERS

Si en algo hay unanimidad hable con quien hable del mundo de la ciencia climática, geológica o ambiental es en que de toda la Tierra, la zona mediterránea es de las que más van a padecer los estragos del cambio climático, no tanto en muertes, dado que la situación de partida es mucho peor en África subsahariana o Centroamérica, pero sí por la carestía de agua potable, en exceso de sequías y en apabullante llegada de inundaciones costeras y lluvias torrenciales. Se sabe, se están cumpliendo las previsiones hechas ya hace muchos años y, sin embargo, se siguen escuchando declaraciones, peticiones e incluso exigencias que parecen sacadas, no del diagnóstico real de la situación, sino del cuento de las Mil y una noches, donde basta que aparezca un mago para que, de repente, los embalses se llenen y los caudales de los ríos fluyan portentosos y cantarines.

España se seca, por más que durante unos pocos días llueva y nieve, así que la economía basada en el agua, como la de la nieve, parece que tiene los días contados, tal como se diseñó cuando ya había señales de que no tenía futuro. España se seca mientras en zonas del Levante, en aras de una solidaridad, por otra parte muy interesada, exigen que sea la de quien ya no la tiene, para seguir ‘rentabilizándola’ en una Europa mucho más verde que nuestra tierra en forma de frutas y hortalizas, de hecho hasta el 70% de la producción se va fuera.

Todo ello viene al hilo de las exigencias de trasvases desde el famélico río Tajo hacia la cuenca del Segura. De momento, el Consejo de Estado lo ha recortado, no sin enfrentamientos políticos incluso entre socios de Gobierno y, cómo no, con la oposición en la zona levantina. Todos aducen que sin agua se ponen en riesgo ni más ni menos que 100.000 empleos –no se si incluyen los de migrantes explotados de mala manera, sin contratos ni derechos, como se puede constatarse en zonas de Níjar (Almería), Cartagena (Murcia) o Elche (Alicante)- y que se hundirán un buen número de negocios, muchos de ellos grandes empresas, por cierto, que crecieron de forma desorbitada reverdeciendo lo que era un desierto. Aducen que ellos aprovechan muy bien "cada gota de agua", mejor que los del interior, en cuyos montes nacen los ríos, su argumento estrella para que cumplan sus demandas. Pero resulta que donde no hay, no se puede dar, y menos para que acabe contaminada de fitosanitarios agrícolas que arramblan con zonas como el Mar Menor. Además, conviene olvidar que nuestros ríos no son solo tomates  de exportación, porque resulta que tienen vida, la de sus aguas y la de sus orillas, y hay que preservarles un caudal ecológico mínimo para que sigan vivos.

Recientemente, en un acto sobre transición energética, convocado por la Fundación Espacio Público y Público, el físico Pedro Arrojo, actual relator de la ONU sobre el derecho al agua, lo decía muy claramente: "Cuando se necesita un trasvase es cuando hay sequía y si la hay en toda la cuenca Mediterránea, también la hay en el Tajo y en el Ebro. En el Plan Hidrológico Nacional que se aprobó en su día ya decía que los trasvases no se utilizarían en época de sequía. Tratar de resolver las sequías asociadas al cambio climático, no es lo más razonable".

A simple vista, no parece lo más adecuado que zona de El Ejido (Almería), con mínimos de 286 mm anuales de lluvias, sea hoy la 'huerta de Europa' gracias a un agua que antes sí caía en el norte de una península, pero que en donde en 2022 llovió un 16% menos y tuvo 1,7°C más de temperatura que sus medias históricas, superando el límite de los 1,5°C más del que nos habla el Acuerdo de París. Tampoco parece acertado que la Comunidad Valenciana reclame ese agua del Tajo a la vez que su presidente anuncia en Fitur que espera este año 30 millones de turistas, como si les sobrara el agua que exigen. Y como si hubiera tantos dispuestos a achicharrarse en un verano como el pasado.

A ello se suma el tema acuíferos, como mencionaba también Arrojo: "Los acuíferos es la parte que no vemos. Debajo de nosotros hay 20 veces más de agua dulce que en superficie. Y como es buen negocio sacarla, la sobreexplotamos... y a la siguiente sequía estamos muertos. Hay que recuperar esos pulmones hídricos naturales para que sean piezas claves, depósitos estratégicos en ciclos de sequía. No podemos tener un millón de pozos ilegales. Es un crimen y hay que pararlo". Si a los pozos ilegales sumamos las macrogranjas de cerdos, que crecen como setas por el territorio y dejan sin agua de beber a tantos pueblos, el panorama es patético.

Algunos insisten estos días en la cuestión de solidaridad, de que repartir es lo progresista -lo que sorprende es quien lo defiende-, y que el norte verde (que vimos arder el pasado verano) deber compartir este bien natural con el sur seco, pero lleno de invernaderos, piscinas y campos de golf. Señalan que ya están las infraestructuras hechas para trasvasar de un cauce a otro, así que sale barato.

Pero, ¿qué pasa si los embalses no tienen agua? Porque es que ya no se llenan y es algo que no va a mejorar porque seguimos llenando la atmósfera de CO2, como señalaba en el mismo evento el físico Antonio Turiel, que llegó a recomendar dejar desde hoy los combustibles fósiles aparcados. Ni coches ni fábricas. Kaput.

Es la guerra del agua en su apogeo, título de una ponencia que ya ofrecí en la Exposición Internacional de Zaragoza en 2008, así que es evidente que hay que buscar alternativas factibles y que, de momento, las desaladoras movidas por energías renovables, son la mejor opción para que el sureste y el sur reseco tengan en el futuro, pero no para malgastarla, contaminarla o exportarla en productos cultivados en un semidesierto, sino para usarla con raciocinio y empezar a cambiar el rumbo de una agroindustria que debiera adaptarse mejor a su ecosistema. Así evolucionó el ser humano: adaptándose biológica y tecnológicamente al medio ambiente en el que habitaba. Además, ¿no es lo mismo que se pide para África subsahariana?: cultivos resistentes al cambio climático, como opción para su supervivencia antes de tener que migrar al norte. ¿Qué diríamos si nos pidieran a los europeos un trasvase de agua para cultivar en el Sahel? A fin de cuentas, el calentamiento global es más culpa nuestra que suya.

Turiel comentaba también cómo la ciencia apunta soluciones, pero recordaba el riesgo de sacralizar aquellas tecno-científicas mientras no se promueven a la vez cambios sociales, "a la vez hay una tendencia creciente a ridiculizar a la ciencia por intereses espúreos". El científico defiende que lo importante es cambiar el sistema económico global, pero parece que no vamos por ahí cuando el próximo presidente de la Cumbre del Clima, la COP28 en Emiratos Árabes Unidos, será el director de la petrolera National Oil Company en ese país.

Arrojo, por su parte, recordaba que "son precisos modelos de gobernanza democrática del agua, porque es un recurso que debe ser accesible para todos pero no apropiable como bien comercial". Quede esa frase como epílogo de lo importante.