Opinión · EconoNuestra

Competitividad y salarios: otra visión

Fernando Luengo
Miembro de econoNuestra y profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense

Es frecuente emplear el indicador de coste laboral unitario nominal (CLUn) para dar cuenta de la posición competitiva de una economía con respecto a sus rivales. Su aumento o retroceso, siempre en relación a lo que ocurra con sus competidores, revelaría una ganancia o pérdida de competitividad. Las líneas que siguen pretenden poner de manifiesto que tanto la construcción del referido indicador como la interpretación que cabe obtener de los valores que arroja resultan menos evidentes de lo que parece a primera vista. Precisemos en primer término, aunque no nos detengamos en este asunto para no desviarnos del hilo conductor de nuestro razonamiento, que los CLUn sitúan el debate de la competitividad y de las medidas de política económica que correspondan en el territorio de los precios, como si la evolución de éstos fuera el nudo gordiano que determina la posición externa de las economías.

Lo cierto, sin embargo, es que la fortaleza competitiva de empresas y naciones depende de otros muchos factores distintos del precio, como, por ejemplo, la capacidad para introducir innovaciones tecnológicas de proceso y de producto y la calidad y la singularidad de los bienes y servicios ofertados, por mencionar algunos de los más significativos. Situarse en mercados con un elevado grado de diferenciación, donde prevalecen estas características, permite operar con beneficios más elevados y resguardarse de aquellas economías donde los precios constituyen el principal o único argumento competitivo.

A esta primera restricción, añadamos una segunda. Una vez acotado de esta manera el perímetro del análisis, el nivel y la evolución de los precios se hace depender de los CLUn, cuando lo cierto, por propia construcción aritmética, es que también están determinados por los excedentes empresariales (EE).  El discurso dominante elimina de un plumazo el segundo término de la ecuación; apenas hay rastro en los análisis realizados desde la economía convencional sobre las tensiones inflacionistas o la pérdida de competitividad provocadas por el comportamiento de  los EE. Una vez eliminada esa (incómoda) variable, nos encontramos ya en el espacio donde se mueven buena parte de los trabajos en materia de competitividad; ésta dependería de los precios, que, a su vez, estarían en función de los CLUn.

Los CLUn contienen el comportamiento de dos variables: los salarios promedio, expresados en términos nominales, y la productividad real del trabajo (valor añadido por empleo). Este indicador puede inducir a confusión, pues se comparan dos variables, una nominal (valor que incorpora la variación de los precios) y otra real (valor que ha sido deflactado). Por esa misma razón, porque se comparan variables que están medidas con criterios distintos, es normal que los salarios (nominales) aumenten más que la productividad (real). De ningún modo se puede deducir de esa disparidad de trayectorias que el país en cuestión haya perdido competitividad precio (no, con esa limitada información) ni que los salarios deban acomodarse a la evolución de la productividad (salvo que el objetivo buscado no sea otro que la reducción de los salarios nominales).

Más restricciones (¿intencionadas?): aunque, como se acaba de decir, los CLUn relacionan dos variables, son los costes laborales los que ocupan el centro del debate. Nos encontramos así ante un nuevo reduccionismo, una nueva confusión, pues parecería que no existen o no son relevantes los costes no laborales; por ejemplo, los consumos energéticos (decisivos en la economía española), los asociados a los bienes intermedios utilizados en los procesos productivos o la amortización de los equipos y bienes de capital. Lo cierto, sin embargo, es que, pese al énfasis puesto en los costes laborales, su relevancia –que fluctúa mucho entre empresas y tipos de actividad- es relativamente reducida y tiende a moderarse a lo largo del tiempo.

También resulta confuso el concepto coste laboral (lo laboral como coste), pues sugiere que las retribuciones de los trabajadores representan un lastre a la hora de reforzar la competitividad de empresas y naciones. Pero no son pocos los economistas que, desde diferentes corrientes de pensamiento económico –las postkeynesianas, muy especialmente-, sostienen lo contrario: la mejora de la capacidad adquisitiva de los trabajadores y las políticas centradas en el empleo están en el centro de las dinámicas de crecimiento (Wage-led growth) y en la obtención de mejoras en la productividad.

A pesar del sesgo que se acaba de señalar, parece claro que los CLUn dependen cada vez más de lo que acontezca con la productividad del trabajo. También en este caso encontramos una camisa de fuerza, pues a menudo el recorrido de este indicador se hace depender del tamaño de las plantillas y de la necesidad de que las empresas cuenten con una legislación laboral que permita ajustarlas (reducirlas). Se ignora o se omite que son numerosos y muy variados los factores que determinan  la productividad, tanto a escala micro como macroeconómica, factores que desbordan con mucho el contorno de los costes laborales y de los precios.

El indicador de CLUn está integrado por dos componentes: los costes laborales unitarios reales (CLUr) y los precios; los primeros reflejan el peso relativo de los salarios en el ingreso nacional (la distribución de la renta, en definitiva). Tendríamos, así, dos posibles explicaciones de un eventual aumento de los CLUn: porque los salarios ganen relevancia (aumenta el empleo, crecen los salarios o una combinación de ambas dinámicas), o  porque los precios sigan una tendencia alcista. Si, como ha sucedido en la economía española, los ingresos de naturaleza salarial han retrocedido en términos porcentuales, entonces nuestra mirada debe dirigirse a los factores que están detrás del comportamiento seguido por los precios; y ahí  nos encontramos de nuevo con los márgenes empresariales.

Para cerrar el círculo donde la economía convencional encierra el debate –relación (de causalidad) entre CLUn y competitividad- es necesario (y, por supuesto no dar por sentado) acreditar que la evolución del indicador de competitividad precio, su aumento, ha condicionado, en un sentido negativo, la posición comercial de las diferentes economías. Pero la evidencia empírica cuestiona esa presunción: dicha relación no existe o es muy débil o apunta en la dirección contraria a la prevista (dependiendo de los periodos considerados o del grupo de países seleccionado).