Opinion · EconoNuestra

Divergencias productivas y crisis económica

Fernando Luengo
Profesor de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del colectivo econoNuestra

Quienes insisten en la necesidad de retornar al crecimiento —por la vía de aplicar drásticos ajustes presupuestarios, o flexibilizándolos en el tiempo, o a través de la puesta en práctica de medidas de estímulo—, pasan de puntillas, si es que lo hacen, sobre el tema de las especializaciones productivas. Todo vale, si añade décimas o puntos al PIB. Algunos planteamientos —más matizados, pero claramente insuficientes y discutibles— proponen la necesidad de sustituir los viejos modelos productivos por otros nuevos que permitan aumentar nuestra competitividad.

En mi opinión el debate sobre las salidas a la crisis económica debe partir de que en el origen de la misma —aunque no haya sido su desencadenante inmediato— se encuentra la existencia de profundas disparidades productivas dentro de la UE. En una Europa estructuralmente heterogénea, convivían países con un tejido industrial sólido y una oferta de servicios amplia y sofisticada, con otros que exhibían una industria débil y con unos servicios de menor calidad.

Estas diferencias, que se han mantenido e incluso se han acentuado a lo largo del tiempo, han permanecido relativamente en un segundo plano, cuando los países han dispuesto de sus monedas (y por lo tanto podían ajustar las posiciones cambiarias para mantener la competitividad precio de sus productos) y mientras que, los que contaban con menor renta por habitante, han recibido fondos comunitarios, lo que ha facilitado la renovación y mejora de sus infraestructuras.

Pero el principal factor que, al mismo tiempo, ha ocultado y ha agravado esos desequilibrios, han sido las posibilidades de endeudamiento abiertas por la aparición del euro (desaparición del riesgo cambiario, bajos tipos de interés y oferta abundante de dinero). Los superávit de algunos países (Alemania, de manera muy destacada) eran convertidos en préstamos por sus bancos, y los déficits (de las economías meridionales) eran cubiertos con deuda. Superávit y déficit que reflejaban (y reflejan hoy también), en el ámbito de las cuentas exteriores, las diferencias productivas entre el Norte y el Sur.

Esas mismas diferencias, agravadas por la crisis, representan un lastre insuperable para encontrar una salida a la crisis económica; no sólo porque, en lo más inmediato, condicionan de manera muy negativa el saldo de la balanza comercial, sino también por el limitado potencial de crecimiento asociado a esas especializaciones. Es clave, en consecuencia, actuar sobre ellas, para corregirlas.

Las diferencias entre los países del Norte y del Sur no proceden sólo del tamaño de su industria (que, por lo demás, se ha reducido en todos ellos a lo largo de las últimas décadas), sino también de la composición, densidad tecnológica y calidad de su producción. Es aquí donde básicamente encontramos una brecha estructural.

En este sentido, el mayor desafío de la política económica es añadir valor a la producción manufacturera y no tanto redimensionar en clave cuantitativa el sector industrial. Lo cual significa actuar en una diversidad de planos como, por ejemplo, alcanzar mayores umbrales de eficiencia energética, aumentar la cualificación de la fuerza de trabajo, dotar de mayor densidad tecnológica las instalaciones y equipos productivos, renovar las infraestructuras y aumentar la calidad de la gestión empresarial. Este debe ser el eje de las transformaciones estructurales, muy distinto del que  ahora orienta la actuación de los gobiernos: reformar los mercados de trabajo, rescatar sin condiciones a los bancos y desmantelar los estados de bienestar.