Opinion · EconoNuestra

Dos no cabalgan juntos

Luis Miguel Tornero
Miembro del colectivo econoNuestra

El reciente Consejo Europeo del 7 y 8 de febrero ha confirmado el creciente aislamiento de Francia respecto del núcleo decisorio de la Unión Europea y, por ende, de las orientaciones de política económica general. Los 27 han pactado el primer recorte de la historia de los presupuestos comunitarios en contra del criterio de París y otros europeístas.

Mientras el presidente Hollande ensayaba una suerte de alianza informal con España e Italia, la canciller Merkel se acercó al premier británico David Cameron y a los virtuosos del euro, holandeses, finlandeses y austriacos. No se ha producido un choque de trenes ni una ruptura clara e irreversible entre la Europa rica y la periferia en crisis. Ni siquiera Francia ha salido especialmente perjudicada. Pero queda patente que París solo llega a participar del juego alemán a regañadientes para evitar quedarse descolgado.

No se trata de una falta de química personal entre Hollande y Merkel, sino del rezago francés respecto de su socio germano. Las líneas rojas que el presidente francés marcó en Bruselas fueron dos: la política de crecimiento, reducida en los hechos a una aspiración voluntarista y retórica sin traducción práctica alguna; y el mantenimiento en sus más anchos confines de la Política Agraria Común (PAC), de la que Francia sigue siendo principal beneficiaria.

A pesar de la rebaja general de la principal partida de gasto de la Unión, desde los 420.700 millones de euros a los 373.200, París conserva básicamente su parte del pastel. El ministro de Agricultura, Stéphane Le Foll, aseguró que habían “salvado la política agraria a escala europea por la posición del presidente de la República”. La salvación permanente del proyecto europeo, al que Sarkozy también era tan aficionado, no impide las dudas sobre cómo se tambalea el puesto que Francia se labró durante años y que muchos dieron por justo, cuando no inevitable.

Hoy, la dirección política del proyecto europeo en medio de la crisis económica ha emigrado de París, a pesar de los gestos enfáticos de los políticos galos. Hollande accedió a la presidencia francesa en mayo de 2012 con el discurso efectista de Le Bourget, que identificaba al “mundo de las finanzas” como su “auténtico adversario”, sin nombre, rostro ni partido y que gobernaba aun sin presentar nunca su candidatura a unas presidenciales. Ese mismo sector que, hasta ahora, parece haber escapado indemne de las invectivas hollandistas. Su programa se resumía en la promesa de negociar un nuevo Tratado Presupuestario que, bajo impulso esencialmente alemán, pero con el acuerdo de Nicolas Sarkozy, había consagrado en Europa la política de rigor disfrazada de virtuosismo técnico.

El proyecto hollandista de prioridad al crecimiento se presentaba como una rectificación de lo hecho hasta ese momento en Europa contra la crisis. Tales ambiciones no resistieron el primer asalto.

En junio, el flamante presidente francés consiguió, a modo de premio de consolación, no el prometido nuevo tratado, sino una adenda al vigente, bautizado como Pacto de Crecimiento, con una dotación de 120.000 millones de euros, suma de diversas partidas que ya existían anteriormente.

Ni nuevo tratado, ni aun menos, giro en la política europea anticrisis.

El sorpasso

Francia hace años que ha perdido pie respecto de la locomotora alemana en la UE. Si desde la unificación alemana las realidades estratégicas han cambiado en Europa, sus reformas de la primera década del 2000 llevan a Alemania a descolgar a Francia.

París-Berlín ha dejado de ser una pareja equilibrada. Sarkozy lo disimuló con la teatralidad que le caracterizaba, presentando las recetas europeas anticrisis como fruto del pacto franco-alemán. Las maledicencias británicas difundían la especie de que el famoso pacto significaba en los hechos que Sarkozy era el primero en enterarse de lo que la pareja iba a decidir.

El antisarkozysmo de François Hollande lo lleva a gestos políticos un tanto absurdos relativizando la importancia del eje París-Berlín y maniobrando para un imposible frente de rechazo con españoles e italianos, abocado no al fracaso, sino al ridículo, habida cuenta de la situación económica de esos aliados informales respecto del norte.

Solo con su intervencionismo militar en África, Francia mantiene todavía su preeminencia sobre Alemania. Primero en Libia y, posteriormente, en Mali, el liderazgo francés decide guerras en solitario o con Gran Bretaña, pero sin conseguir arrastrar a Berlín, que en esa materia sigue manteniéndose muy prudente.

La supremacía económica alemana tiene, al menos, un efecto positivo para Francia: unos tipos de interés solo medio punto más elevados que la República Federal cuando los indicadores económicos justificarían una mayor distancia. Aseguran los especialistas que los inversores internacionales no pueden depositar todo su dinero en los bonos alemanes, que necesitan otros mercados.

Por su propio poderío y por lo poco acostumbrados que están a administrar su liderazgo, Alemania impone su política económica al resto de Europa con cazurra obstinación procíclica y fe doctrinaria en unas recetas de austeridad que les fue bien cuando el resto de Europa marchaba viento en popa.

Francia tiene pendiente su propia cura de competitividad, a la que se resiste porque conoce los efectos que ha producido en sus vecinos. Algo debe influir también en la renuencia francesa a tragar la pócima alemana en que esta sea precisamente alemana. Pero incluso arrastrando los pies, Francia está en el mismo redil de recortes y austeridad que otros socios europeos. “Seriedad presupuestaria, sí; austeridad de por vida, no”, decía Hollande asegurando que, si quería influir entre sus socios europeos, no podía hacer algo diferente de lo que ellos hacían. Puede que valga como cálculo político, pero también como confesión de la impotencia francesa y de su marcha al rebufo germano.