Opinion · EconoNuestra

Tanta Europa, tanta Europa…

Iskra Velitchkova
Miembro del colectivo econoNuestra

Ahora que la crisis parece abocar el proyecto europeo a una completa reformulación, si no a su quebranto, muchas son las voces que responsabilizan de ello a la periferia. Que no somos fáciles, que eso no lo niego. Que probablemente, con o sin crisis, nosotros, los del sur, hubiéramos acabado por merendarnos unos a otros por nuestra propia carcoma: la corrupción y, no menos grave, la permisividad que a menudo la acompaña. Sin embargo, los problemas, como tantas otras veces ocurre, requieren el encaro de horizontes más amplios para comprender su alcance, primero y, en el mejor de los casos, darles solución. Es momento, por tanto, de desarropar lo que se esconde tras esta Europa de la que tanto duele ya hablar.

Y es que “¿Cómo esperan que funcione un sistema de partido único en un país con más de 246 diferentes clases de quesos?”, que decía De Gaulle, con el asombroso atino de los que, no en vano, para bien o para mal, escriben nuestra historia.

Una Unión en la que en su base subyace el anhelo, tras ser devastada, avergonzada y rescatada por unos Estados Unidos (por aquel entonces más unidos y más fuertes que nunca) de hallar la paz, mediante la cooperación entre unos países que potencialmente podrían algún día hacer frente a la principal potencia económica. Pura poesía, sin duda, con la que acabaríamos de una vez con la cruenta historia de conflictos con la que arrancamos un siglo XX cargado con la tinta orgullosa (y heredada) con la que un día nos comprometimos en Versalles.

Crear un gran país, pues, y con ello unos criterios de convergencia. El resultado sería un mercado común, capaz de hacer frente a la competencia internacional, y dinamizar, al tiempo, nuestra propia competitividad. Una vez logrado, crearíamos una moneda común, escudada por sus países miembros. Hasta aquí de acuerdo, y la tinta, la misma. Pero ¿quién y qué está detrás de este proyecto?, nos preguntamos.

Más allá de lo que nos cuenta la teoría, tras el asombro ante el fracaso de un proyecto, aparentemente forjado de manera afinada, reside, piensan algunos, la pasmosa astucia germánica de un brillante análisis coste-beneficio a tan largo plazo que incluso rebasa el presente.

Y es que aún devastada, Europa redime su tejido industrial con las asimetrías que perduran hasta el día de hoy. Una Alemania, en su médula; austera, acomplejada por su pasado inflacionista e intimidada por el fantasma de un Keynes que parece haber calado en el resto de países, centra sus políticas en la elaboración de un sistema capaz de sostener a su economía. Y es que un país tradicionalmente exportador necesita mercado. Es por ello que el proyecto se construirá con la colaboración de todos y, en cualquier caso, más allá de los requisitos de convergencia (incluso esos que la propia Alemania, al igual que otros miembros de la triada, ha incumplido en abundantes ocasiones desde sus inicios), asentará las exigencias, fundamentalmente, en estados democráticos. Véase, todos dentro.

De este modo, y situando el análisis en el presente, nos encontramos ante una comunidad de 27 países, tan fuerte y homogénea que cuenta, según cálculos elaborados a partir de datos de Eurostat para 2011, con una brecha en sus niveles de salario mínimo de 1340 euros entre el país más rico y el más pobre, o unos niveles de PIB indexado en 100 para la media de los 27, en dónde el país más rico lo supera en un 33% mientras que el más pobre, se sitúa un 66% por debajo de esta media. Pero sin duda, el dato más sugerente tal vez, sea mencionar el superávit por cuenta corriente de 188.100 millones de euros para el caso de Alemania, el segundo mayor registrado en su historia, según informa la Oficina Federal de Estadística (Destatis), para 2012.

De esta manera, una vez instituido el mercado, liberalizados los capitales y deslocalizadas las empresas, sólo queda la enmienda de fortalecer un marco, digo, un euro, curiosamente apreciado a unos niveles que, además de fomentar la credibilidad internacional, pueda incluso resultar ventajoso.

Es por tanto que, bajo un modelo hincado, en esencia, en la libre circulación de mercancías, y con un porcentaje de operaciones internas de alrededor de un 80%, la Unión Monetaria (en la que los requisitos de adhesión sí son relevantes, esto es, riguroso control de la inflación, déficit y deuda), esta dualidad en  los requerimientos indica una asimetría en la direccionalidad de los beneficios, una vez más. Es decir, la constitución de unas relaciones de intercambio internas, donde la compra de productos intermedios procedentes de los nuevos miembros a unas divisas más débiles, con la subsecuente venta de la producción final a un tipo de cambio ventajoso, conduce a unos márgenes de beneficio inalcanzables de otro modo, en un sistema de libre competencia.

Y es que, al fin y al cabo, a la UE se le podría aplicar aquello de que “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”, que contaban otros PIGS. Momento, tal vez, de recordar que seguimos aquí.