Opinión · EconoNuestra

Escraches y democracia

Fernando Luengo
Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense y miembro del colectivo econoNuestra

Los escraches. De la noche a la mañana, literalmente, se han convertido en la noticia que cataliza la vida política, el compendio de lo importante y, al mismo tiempo, lo intolerable. Con estos episodios, cada vez más frecuentes, abren, también literalmente, algunos telediarios y periódicos. Siempre atentos a encontrar un pretexto con el que desviar la atención de los problemas verdaderamente importantes, con los escraches pretenden haber encontrado un filón. Se nos advierte que la democracia está en peligro. La amenaza procede de grupos de personas que, ignorando los principios democráticos y parlamentarios, se echan a la calle para señalar y culpar a representantes de la voluntad popular con la única intención de dinamitar la convivencia ciudadana. ¿Alborotadores sin escrúpulos, izquierdistas irredentos, violentos? De todo un poco, sin duda, en esta inquietante e intolerable sacudida de la paz ciudadana. Conclusión: en nombre de la democracia, urge detener ese proceso.

Ante semejante “desafío”, qué importancia tiene que los jefes de las finanzas, responsables de un crack económico de formidables proporciones hayan conservado su estatus y fortuna o que incluso los hayan mejorado, o que hayan recibido, en su caso, indemnizaciones multimillonarias por dejar sus poltronas, a cambio, por cierto, de otros chiringuitos igualmente lucrativos. ¿Cuántos de estos personajes han sido juzgados y condenados? ¿Qué relevancia tiene que los políticos que han ganado las elecciones con un programa que les comprometía con la población nos hayan dado gato por liebre, aplicando medidas radicalmente opuestas a las prometidas, sin otra justificación que la ausencia de margen para hacer otra cosa o que quienes gobiernan son los mercados y éstos han impuesto su ley? ¿Alguien de los que ahora se preocupa de los escraches recuerda un solo debate donde se someta a la consideración de los parlamentos semejante viraje de la política económica?

¿Importa que la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (la célebre troika) fijen condiciones leoninas a los destinatarios de sus créditos y al conjunto de los países comunitarios, condiciones que socaban de raíz la soberanía de los parlamentos nacionales? ¿No molesta ni sorprende que la troika impida la celebración de un referéndum en Grecia o que dicte las condiciones de la negociación colectiva, las cuales, en teoría, debieran ser competencia de los interlocutores sociales?

¿Algo que decir por los que tanto se indignan con los escraches sobre la masiva destrucción de puestos de trabajo provocada por las muy mal denominadas políticas de austeridad y reformas estructurales? ¿Alguna reflexión sobre el retroceso de los salarios (para todo tienen un eufemismo en su mochila nuestros gobernantes; el utilizado en este caso se llama devaluación interna) que está empobreciendo a los trabajadores, sobre todo a los más vulnerables? ¿Qué decir del aumento de la pobreza y del desmedido enriquecimiento de las elites, que están aprovechando su gran oportunidad para convertir el sector social público en negocio?

¿Nos preocupa tanto como los escraches la pérdida de salud entre la población que carece de recursos para pagarse un seguro privado provocada por la alocada política de recortes presupuestarios? ¿Y el deterioro de las condiciones de vida de nuestros mayores del que es responsable el parcial desmantelamiento de la ley de la dependencia? ¿Es democrático que la educación pública, víctima asimismo de los tijeretazos presupuestarios, esté deteriorando las condiciones de trabajo de los profesores y de aprendizaje de los alumnos?

¿Quién se acordará, desplazada la atención al muy importante problema de los escraches, de las personas que han decidido quitarse la vida ante la insoportable presión  ejercida por los bancos para quedarse con su vivienda? ¿Es un  signo de salud democrática que las entidades financieras se hayan lanzado a una encarnizada ofensiva contra la población endeudada, hipotecada e insolvente para hacerse con sus viviendas, con la intención, para más inri, de seguir cobrando la hipoteca que pesa sobre las mismas?

¿Democracia? El ropaje formal existe, no hay duda, pero en realidad no lo es. Avanzamos a marchas forzadas hacia un nuevo despotismo y hacia una fractura social difícilmente reversible, por mucho que una parte de la clase política lo quiera ocultar, con su lenguaje de siempre, lleno de desdén, ampuloso y vacío. En este mar de fondo surgen los escraches y surgirán otras expresiones de la desesperación y la rebeldía social. Esto es lo que tiene hacer oídos sordos y cerrar a cal y canto las instituciones a las exigencias ciudadanas.