Opinión · EconoNuestra

¡Que alguien nos detenga!

Iskra Velitchkova
Miembro de EconoNuestra

Acostumbrada ya la sociedad a estar en crisis –como orden natural de las cosas– y tras un periodo suficientemente largo como para evaluar el contenido y los resultados de las políticas que se han decidido llevar a cabo para salir de la misma, son dos –a muy grosso modo– las posturas bajo las que se escudan los economistas. Por un lado, los defensores y ejecutores de las políticas de ajuste, y desde el otro extremo, los partidarios de un cambio de orientación hacia una política más expansiva. Sin embargo, lejos de juntar posturas hacia un debate real y producente, el peso y la influencia de unos y otros están claramente definidos.

Pese a todo, capitaneados por una u otra, enfrentadas en método pero unánimes al propósito, es la población la que, ajena al petate académico, está pagando las consecuencias. En algunos casos, con una generación entera.

Es pues que, desde la mirada del economista, resulta imperiosa, la necesidad de replantear, por encima de los métodos, el fin último al cual nos dirigimos. En resumen, la defensa de nuestro Estado del Bienestar.

Dicho esto, es oportuno definir una serie de premisas antes de avanzar en los argumentos. Aceptar, en primer lugar, que el mundo no es, y jamás volverá a ser lo que fue en tiempos pasados. Que es el contexto el que determina las acciones, y no al revés. Dejar de calificar a la nueva masa de países emergentes como la segunda revolución industrial, porque nada tiene que ver su humareda con la primera. Dejar de comparar la crisis actual al tan citado y extenuado Crack del ’29. Zanjar las alusiones al debate (término desconocido para nuestros políticos) entre keynesianos y neoliberales, porque por mucho que cueste asumir la impericia de la economía como ciencia, el mundo cambia, su gente cambia, y nosotros, en última instancia, cronistas de los números,  deberíamos confesarnos incapaces de predecir un futuro, por definición cambiante.

Y es que creer es bueno. Quizás es lo que nos hace humanos. Pero no podemos cargar las armas con ello. Sin embargo, profetas de nuestros días, nos aprovechamos de ello para hacerlo. Y hablo de fe, como el más débil de nuestros talones. Porque la racionalidad reprime la ira, y porque la irracionalidad, la alimenta. Y la fe, como toda pasión, es irracional. De la misma manera que el mundo que nos rodea, y no obstante, tratamos de formalizar.

Pues bien, consciente de considerar al equilibrio general –base de la macroeconomía y microeconomía actual– el mal menor, es decir, el menos refutable de los modelos presentados, hemos dado lugar a una ciencia llamada empírica, velada a su vez por la ceguera.

La economía ha avanzado hacia la perfección de unos modelos, de profunda carga numérica, que sin duda han dado rigor a gran parte de los designios políticos a lo largo de los últimos años. Sin embargo, escenarios como los protagonizados por los dos profesores norteamericanos, y su ya célebre fallo en Excel, dan muestra del peligro en el que incurrimos reduciendo la complejidad del mundo, formado por personas, al tratamiento de datos estadísticos.

De esta manera, y avanzando en las premisas, suponiendo a favor a la ingenuidad,  la honestidad del economista, el sesgo (involuntario en este caso) surge en el mismo inicio del análisis, y se acentúa de manera inevitable en su transcurso. Es decir, desde la selección de variables a incluir en el modelo, por supuesto, a juicio del artista, hasta el manejo de los datos, para establecer las causalidades. Algo que nos encanta.

Es necesario por tanto, desde esta perspectiva, y en un guiño más marxista que schumpeteriano, es decir, el peso del contexto histórico, frente a la coartada de los ciclos, poner el empeño en reformular las bases de un enfoque un tanto vetusto a las necesidades de hoy en día.

Aún con todo, confesado el pecado, y en solidaridad con una profesión que de la misma manera que juzgo, admiro, acepto que en el aleatorio devenir de los actos, el esfuerzo que supone tratar de explicar las relaciones entre agentes y recursos, algún día demos con la clave. Mientras tanto.. ¡Que alguien nos detenga!

Y lo haga antes de que nos quedemos sin médicos que nos quiten el dolor, sin profesores que nos enseñen a pensar, antes de que se fundan todas las bombillas de la Universidad, o antes de que los bancos se hagan con todas las casas. Y lo más urgente, desde la voz de los jóvenes, antes de que se nos acabe el tiempo. Porque son nuestros años, es nuestro momento, y nos lo están robando.