Opinión · EconoNuestra

¡España va bien, mayo nos da la razón!

Fernando Luengo
Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del colectivo econoNuestra

En mayo se ha reducido el desempleo, ha aumentado la contratación y ha crecido el número de cotizantes a la Seguridad Social. Un alivio para los ciudadanos que han encontrado un puesto de trabajo y han salido, de momento, del frustrante bucle donde se encuentran casi seis millones de personas, que quieren trabajar, buscan un empleo y no lo consiguen.

El circo político, lo de siempre, ha salido de gira. Los dirigentes del Partido Popular, con una satisfacción apenas contenida, se han asomado sin dilación a los medios de comunicación para presentar la buena nueva; sí, también la ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Bañez, la que hace mutis por el foro si tiene que dar la cara cuando el número de desempleados aumenta. ¿Y cuál es el mensaje? No quieren echar las campanas al vuelo (¡¡cuánto pudor!!), pero los datos apuntarían hacia un cambio de ciclo y confirmarían que la política económica aplicada ha sido la correcta, y ahora empezaría a dar sus frutos. Ni más, ni menos.

Lo cierto es que hay que interpretar la recuperación del empleo con cautela, pues es habitual y es tradicional que la inminente temporada veraniega suponga un aumento en el número de contratos, principalmente en el sector servicios, pero, muy posiblemente, cuando concluya, una parte importante de los nuevos empleos se perderán. Estamos, en consecuencia, ante un episodio coyuntural, de carácter estacional, y por ello de corto recorrido, que poco tiene que ver con las políticas implementadas por el gobierno popular.

Todo lo contrario, estas políticas han agravado hasta límites insoportables el drama del desempleo y suponen un pesado lastre para la creación de empleo decente y sostenible. No podemos admitir que el buen dato ocupacional de mayo sea utilizado como una cortina de humo que oculte lo  incuestionable: el paro en nuestra economía se mantiene en un nivel intolerable, desde que gobierna el PP no ha dejado de empeorar y las previsiones realizadas por las agencias internacionales dibujan un sombrío panorama al respecto. Según Eurostat (la Oficina Estadística de la Unión Europea) el desempleo en 2013 superará con creces la cifra de los seis millones de personas, lo que supone más de un millón con respecto a 2011; si en este año la tasa de desempleo se situaba en el 21,7%, en 2013 alcanzará, según estas previsiones, el 27%. Y estamos hablando del desempleo registrado estadísticamente, que deja fuera de foco a una parte de la población que, estando en edad de trabajar y necesitada de un empleo, no figura en los registros oficiales. Así pues, son muchos los trabajadores que han perdido su empleo y muchos los jóvenes que no han encontrado uno. Un universo de desesperación, frustración y empobrecimiento que encierra  a los que se encuentran en esta situación en un círculo vicioso del que cada vez será más difícil de salir.

Los recortes en el gasto público, muy especialmente en las partidas sociales y productivas, y el estancamiento o incluso retroceso de los salarios, tanto en términos nominales como reales, han tenido un efecto contractivo sobre la demanda, lo cual, en un contexto dominado por el elevado endeudamiento de familias y empresas, sólo podía agravar la recesión y su secuela más importante, el desempleo.

No sólo eso. Los bancos han recibido cantidades ingentes de recursos del erario público (también desde las instancias comunitarias) en condiciones muy favorables, financiados, en buena medida, con los recortes en los gastos sociales y en las nóminas de los trabajadores públicos, y con el aumento de aquellos impuestos que gravan sobre todo los ingresos de las clases populares… sin exigencias ni contrapartidas en cuanto a la utilización de esos recursos ni, por supuesto, en lo que concierne a las muy generosas retribuciones de los equipos directivos y a los pagos realizados a los grandes accionistas. Las empresas, por otro lado, han mejorado los márgenes de beneficio como consecuencia de la reducción de los costes laborales, gracias a una reforma del mercado de trabajo que les ha entregado un enorme poder a la hora de bajar salarios, cambiar las condiciones de trabajo y alterar los términos de la negociación colectiva.

¿Ha fluido el crédito hacia las familias y las pequeñas y medianas empresas? No. ¿La recomposición de los beneficios empresariales ha supuesto una mejoría de la actividad inversora? Tampoco. Eso sí, la desigualdad no ha dejado de aumentar y, de la mano de ese proceso, la concentración del poder en manos de las oligarquías económicas y políticas, que han encontrado en la crisis una oportunidad, apenas imaginada unos años antes, de enriquecerse. Y la están aprovechando.

Este es el mar de fondo que no pueden ni deben ocultar los datos de la coyuntura: políticas que están agravando la fractura productiva y social; fractura que, por cierto, está en el origen mismo de la crisis económica, cuya corrección es una pieza central de una estrategia de salida equitativa, sostenible y democrática.