Opinión · EconoNuestra

La Unión Europea como problema

Pedro Chaves
Profesor de Ciencia Política, Universidad Carlos III y miembro del colectivo EconoNuestra 

Casi cualquier noticia relacionada con la Unión Europea, a fecha de hoy, mueve a la preocupación cuando no al rechazo o, a veces, a la indignación. Y esta perplejidad creciente se refleja cada vez más en el estado de la opinión pública respecto al proceso de integración.

La Unión Europea ha pasado a registrar unos niveles de desafección desconocidos desde que se realiza la serie de eurobarómetros en 1974. Según el último sondeo (eurobarómetro standard nº 78, publicado en diciembre de 2012), la imagen positiva de la UE está situada en niveles históricamente bajos: el 30%; frente a un 29% que tiene una imagen negativa o un 39% que tiene una imagen neutra.

Al mismo tiempo, la gestión de la crisis económica ha puesto de manifiesto el alejamiento de las decisiones de las instituciones europeas y de la ciudadanía. Si esta lejanía, opacidad y ausencia de responsabilidad política efectiva era solo un problema teórico mientras las cosas iban bien, ahora se ha sumado a la crisis de legitimidad que la UE arrastraba desde sus orígenes. En el eurobarómetro citado y a la pregunta de si la voz de los ciudadanos es tenida en cuenta en la Unión, la respuesta en el total de 27 países es negativa para el 64% de los encuestados frente a un 31% de respuestas afirmativas.

Es lugar común ahora señalar que esta situación evidencia varias cosas y genera un nuevo escenario: el fin del “consenso permisivo”, es decir, de la tolerancia/legitimidad de las poblaciones respecto al proceso de integración mismo; el fin del modelo de construcción de carácter tecnocrático e intergubernamental y la politización del proceso de construcción europea.

Este último es un aspecto muy importante porque tendrá repercusiones notables en los próximos años y hará del debate sobre Europa y su futuro una cuestión enormemente significativa en las agendas nacionales. Básicamente cuando enunciamos politización nos referimos a la ubicación de este ítem en el espacio izquierda-derecha o en algún otro significativo y que puede producir una fractura política en condiciones de generar representación política.

De hecho, las elecciones celebradas en Italia en mayo de este año ya han evidenciado esta centralidad de los temas europeos en las campañas estatales. Podemos afirmar que ha pasado la época en la que Europa podía ser calificada de “invisible pero omnipresente”. Desde hace unos años a la omnipresencia se suma la visibilidad. Y una visibilidad problemática.

La constatación de estas dinámicas ha llevado a afirmaciones muy contundentes sobre el futuro de Europa. En general, la consideración de que este proceso de integración ha agotado todas sus posibilidades de evolución conduce a la equivocada conclusión de que la UE, antes o después, implosionará y se destruirá. En una suerte de autoaquelarre fatídico que generará un nuevo escenario post-apocalíptico.

Pero, al menos hasta el momento, lo que se pone en crisis es otra cosa: la expectativa de una Unión Europea como modelo alternativo al capitalismo anglosajón o al modelo japonés. Parte de ese consenso permisivo con el que las poblaciones en Europa regalaron su legitimidad a este proceso de integración, descansaba en una doble expectativa: que la  UE generaba procesos virtuosos de suma uno en el que todos los actores ganaban (países, clases etc.); en segundo lugar, que la UE contribuía tanto a proteger los sistemas sociales en el contexto de la globalización como a asegurar una dinámica incremental y de solidaridad que ayudaba a los países periféricos a mejorar su situación de manera sensible sin que eso fuera en perjuicio de los países centrales del sistema.

Hay muchas razones que justificarían que desde Maastricht esta dinámica, suponiendo que alguna vez fuera cierta así formulada, se trastocó de manera irreversible.

Y hoy comprobamos como el modelo de integración afirmado desde 1992 está respondiendo de manera funcionalmente exquisita a los requerimientos de la globalización neoliberal y de las políticas de ajuste y limitación de derechos. La UE se ha convertido, en realidad, en la coartada perfecta para poner límite primero y desmontar después, los sistemas de protección universal y un modelo de contrato social amparado en los derechos y en la mejora de la situación material de las poblaciones.

La UE se ha convertido en un actor imprescindible para entender el nuevo contrato social emergente en nuestras comunidades políticas. Un contrato social de matriz neoliberal y fundado en una asimetría de poder espectacular entre los más y las élites económicas y políticas. Un contrato articulado narrativamente alrededor de la centralidad del mercado y la minorización de lo público y la expulsión de la política.

Por eso, si como decía Stanislaw Lem “no hay que esperar mucho del fin del mundo”, puede que a los que esperan el fin de la UE la situación termine por resultarles decepcionante.

Esta UE, que consolida tendencias y procesos abiertos hace más de veinte años, sí ofrece un escenario nuevo de oportunidades en virtud de esa creciente politización a la que nos referíamos: nos ofrece la ocasión de debatir sobre el futuro de Europa, sin más límites que nuestra imaginación y un poco de sentido común. Sin duda, nunca antes la ciudadanía europea podría encontrarse tan receptiva respecto a la significación y trascendencia de este debate y tan predispuesta a confrontar opiniones hasta ahora inimaginables.

Por eso, entre otras cosas, las elecciones europeas pueden resultar tan relevantes. Se equivocan los que minusvaloran esa oportunidad y siguen pensando que las citas claves son las municipales, autonómicas y generales. Es un modo de pensar amparado en una vida que ya no existe: que “el poder” (sea lo que sea que esta palabra quiera decir) sigue radicando en las instituciones del estado-nación.

Las próximas elecciones europeas son importantes, trascendentes, no por que elijamos europarlamentarios, sino por la ocasión para producir un debate social y ciudadano tan imprescindible como desconocido. A casi un año de que las elecciones se celebren esta aproximación puede parecer un poco prematura, pero el tiempo corre deprisa y la voluntad de los actores a veces no tanto.