EconoNuestra

¿Éxito exportador o salida en falso?

Fernando Luengo

Profesor de Economía Aplicada de la Universidad Complutense y miembro del colectivo econoNuestra. Coautor, con Ignacio Álvarez y Jorge Uxó, del libro "Fracturas y crisis en Europa" (próxima publicación en Clave Intelectual-Eudeba)

Desde la perspectiva de las instituciones comunitarias, el problema a resolver, el más urgente desde luego, se encuentra en las economías deficitarias y altamente endeudadas, y no en las que han conocido un superávit continuo y creciente en sus intercambios comerciales y que, como consecuencia de ello, se han situado en posiciones acreedoras.

Bruselas, siguiendo esta lógica, ha renunciado a exigir un ajuste a esas economías, a todas luces necesario para salir de la crisis (también para que funcione una unión monetaria). Dicho ajuste pasaría por impulsar la demanda interna de los países con superávit, a través del aumento de los salarios, estancados desde que entrara en vigor la moneda única, activar los programas de gasto público y, fruto de todo ello, aceptar tasas de inflación más elevadas. Renunciar, en fin, a la política mercantilista de empobrecer al vecino y a sus propios trabajadores.

En ausencia de este altamente improbable viraje en su política económica, es dudoso que las economías periféricas puedan beneficiarse del dinamismo del sector exportador. Por no hablar de la inconsistencia que representa pretender que las exportaciones se conviertan en el motor del crecimiento económico en todas las economías comunitarias (la otra cara de los grandes excedentes cosechados por la economía alemana han sido los asimismo cuantiosos déficits de la periferia europea).

Pero que las exportaciones contribuyan en mayor medida al crecimiento no depende sólo del referido giro en la política económica de Alemania y del resto de países del norte que se encuentran en una situación similar. Un eventual aumento de las compras exteriores procedente de estas economías abriría un horizonte de negocio para aquellas empresas capaces de colocar sus productos en esos mercados. En un entono tan competitivo como el actual, agudizado por la crisis y por las medidas de austeridad (que frenan la demanda interna), la clave reside en ofrecer precios y calidades capaces de rivalizar con otras muchas economías, no sólo comunitarias, también necesitadas de impulsar el sector exportador.

Y nada garantiza, por supuesto, que las importaciones realizadas por los países del Norte se correspondan con exportaciones de los del Sur. Más bien al contrario, de mantenerse la destrucción de capacidad productiva –cuyos principales componentes son el retroceso de la actividad inversora, tanto pública como privada y los recortes practicados sobre el sistema de ciencia y tecnología y la educación pública-, la brecha de productividad entre el Norte y el Sur, que ha caracterizado el proyecto comunitario durante las últimas, se intensificará. Todo ello, lastrará las capacidades exportadoras, muy especialmente en aquellas actividades de mayor contenido tecnológico, donde previsiblemente la demanda sería más pujante.

En ese escenario, la alternativa de presionar sobre los salarios –el empeño de los gobiernos con la denominada devaluación interna- para que los precios de los bienes y servicios exportados ganen en competitividad es una salida en falso, además de injusta; ni los trabajadores son los culpables de la crisis económica ni hay la más mínima intención de actuar sobre otros factores que afectan a los precios como los márgenes de beneficios de los empresarios. Téngase en cuenta, además, que las economías más prosperas sostienen su posición en los mercados exteriores en actividades de elevado valor añadido y contenido tecnológico (lo cual es perfectamente compatible con que sometan a una sobre explotación a los trabajadores de sus subsidiarias o de las subcontratas ubicadas en el mundo periférico).

En el mejor de los casos, la competitividad salarios-precio proporciona réditos a corto plazo, pues, como no puede ser de otra manera, ese ejemplo será seguido por otros países por lo que las cuotas de mercado obtenidas con esas políticas serán efímeras e inestables. Además, y no es un detalle menor, en ese camino se quedarán, ya se están quedando, muchos derechos que, al menos en teoría, eran señas de identidad del proyecto comunitario.