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Sin libros, sin políticas públicas, ¿sin cultura?

José Antonio Nieto Solís
Profesor de economía en la UCM, autor de "Un asesino en el rectorado"

En los últimos años se han reducido las ventas editoriales, el volumen de títulos impresos en español y el apoyo a la cultura en casi todas sus formas. ¿Qué relación hay entre libros, cultura y políticas públicas, en estos tiempos de crisis?

Contaba un famoso escritor que otro escritor también famoso le había contado: "Por las mañanas veo sangre en los escaparates de las librerías". "¿Por qué?", le preguntó el primer escritor. Y el segundo respondió: "Los libros se pelean entre ellos. Trepan por las estanterías durante la noche. Y en su guerra por ser más visibles, van dejando rastros de sangre".

Pero esa no es la única guerra que hay en el mundo de los libros. Esas disputas son cada vez menos frecuentes. Cada vez se venden menos libros. La crisis del sector editorial es una crisis de manual: hay factores de oferta y de demanda, internos y externos, específicos y generales, coyunturales y estructurales, públicos y privados. Es una crisis dentro de otras crisis, porque: a) los compradores tienen menos renta disponible y la recesión extiende sus efectos por casi todos los ámbitos; b) el mundo editorial está en proceso de mutación hacia los libros electrónicos; c) las editoriales y librerías están cerrando, salvo las que pueden vender best sellers; d) los hábitos de lectura se están adaptando a formatos distintos, a menudo más reducidos y flexibles; e) no hay apoyo a la cultura, ni a la ciencia, las artes, la música o el cine, como tampoco lo hay a los centros educativos, ni a los de investigación, ni a las universidades públicas (en nuestro país).

En consecuencia, a los autores, investigadores o artistas no les queda más remedio que pasearse con un cazamariposas en la mano, esperando una inspiración galáctica o un mecenas que les recompense por sus duelos y quebrantos. Pero volvamos a los libros, aunque sólo sea un ejemplo de lo que está pasando.

¿Qué hace un lector? ¿Cómo suele actuar cuando busca un libro? Normalmente, intenta encontrar el mejor precio. Si puede, busca el formato más adecuado. O al revés, según los casos y los libros. Después, por lo general, aunque no siempre, lee el libro lo más rápido posible, en papel o en e-book, comprado o pirateado, porque las tareas pendientes son muchas o porque su ritmo vital así se lo exige.

¿Qué hace un autor? Primero, piensa que ha escrito o va a escribir algo muy bueno, aunque todavía no sepa muy bien cómo acabará todo. Segundo, intenta colocarlo. Pero en las editoriales es cada vez más difícil, y eso obliga a echarle más imaginación al tema, aunque tenga que aparcar por un momento el cazamariposas de la creación artística o científica. Tercero, se muestra dispuesto a contribuir a la promoción y distribución de su obra, bien comprando ejemplares para sus familiares y amigos, o bien apoyando su difusión en las redes sociales y en otras no tan sociales.

¿Qué hace un editor? Para empezar, calcula los costes de seguir vivo un mes más, así como la forma de recuperar parte del –en su opinión– amplio margen comercial del que se apropian distribuidores y libreros en detrimento de editores y autores. Después, espera como agua de mayo la llegada de nuevas obras creativas, a ser posibles firmadas por talentos conocidos, aunque sabe que los espacios reales y virtuales para difundirlas escaparán inevitablemente al control editorial. Finalmente, si unos meses después aún sigue vivo (como editor), piensa en cómo recuperar parte de lo invertido y en cómo volverlo a invertir de manera real o virtual en más producción editorial, salvo que opte por promover la auto-edición o que su asesor contable tenga predilección por los paraísos fiscales.

Mientras escribo esto, un diccionario intenta subirse a mi escritorio. Pero no puede, le pesan demasiado los michelines. Me pregunta desconsolado: "¿Por qué muchos creen que es cierto todo lo que está colgado en Internet?". Yo le digo: "¿Y por qué tenemos que creernos todo lo que llevas escrito tú? Suelta un poco de lastre. Deja caer alguna definición pasada de moda o hecha por autores nada rigurosos o sesgados". Me responde compungido: "Algunos han engordado conmigo. A otros les he sido útil. Pero las cosas han cambiado mucho".

Al lado de mi ordenador hay un teléfono móvil. A su lado, un libro, unas gafas, y un lector de libros electrónicos o eReader. En la otra sala está el televisor, el equipo de música, la bicicleta estática… Cómo vamos a leer lo mismo que antes, cuando tenemos tantas alternativas a nuestro alcance. Cómo vamos a comprar más libros, si esta crisis larga y profunda nos está quitando la moral, y algo más.

Mi octogenaria vecina sostiene que "los jóvenes de hoy día ya no leen", y que sólo escriben en sus teléfonos móviles "poesías de muy pocos caracteres". Dice que es "como si Quevedo y su conceptismo hubieran ganado la batalla a Góngora y su orfebrería literaria". Yo le suelo responder: Es mejor que escriban y lean lo que quieran y en el formato que puedan; lo importante es que lo hagan. Y añado condescendiente, antes de que ella lo mencione: Aunque leer en la red no siempre es lo más recomendable ni lo más saludable. Pero lo más peligroso es no leer. Y lo peor es no fomentar el hábito de la lectura; o dejarlo de lado, como si fuera un juguete roto.

Demasiados libros publicados. "Hay demasiadas obras que saturan el mercado. Y cada vez hay más libros auto-editados, sin control de ningún tipo", opina un interesado en la materia, que acaba de asomarse a mi ordenador. "Hay muy poca financiación pública para el mundo editorial y para todo lo que tenga que ver con la cultura", se queja otro experto en el tema. ¿Es bueno que haya muchos libros? Quién se atreve a decir que no, en una sociedad que presume de fomentar la libertad de elegir. ¿A qué coste y a qué precio puede haber más (o menos) libros? Al precio que pueda pagarse, y al coste que determine el beneficio (colectivo) que busquemos. ¿Coste y precio se pueden valorar sin tener en cuenta las políticas públicas, tanto en favor del sector editorial como en contra de la cultura colectiva, tanto de carácter fiscal como de otra índole?

En estos temas alguien podría alegar que es más importante subvencionar alimentos que libros. Pero ambos aspectos van unidos, para lo bueno y para lo malo. El ejemplo está en España: nuestros gobernantes suprimen al mismo tiempo las ayudas a los comedores escolares y a los libros de texto.

Con tanto recorte del Estado y del bienestar algunos han perdido el norte, o han perdido la vergüenza, y quieren que los demás estemos quietos y callados, para facilitar su impunidad. La crisis del mundo editorial es una rama más del árbol de la gran recesión que padecemos. Eso sí: acentuada por los cambios en los gustos de los consumidores, la aparición de nuevos formatos de lectura, y el cambio técnico que hace posible mejorar la eficiencia de los procesos de producción y distribución. En esa situación, a nadie le resulta fácil adaptarse. Ni a los editores de libros comerciales, ni a los que no deberían regirse por criterios exclusivamente comerciales pero también lo hacen, como sucede a menudo con las obras académicas y los libros de texto, y con muchas publicaciones culturales, de formación o de contenido científico. ¿Dónde está la frontera entre el interés por divulgar y la conveniencia de impulsar el conocimiento, el saber y la ciencia?

Ni todo puede ser negocio fácil, ni toda actividad editorial ha de implicar pérdidas, ni los responsables de las editoriales con finalidad pública deberían dejarse guiar por la solución de moda, la solución fácil de recortar gastos sin valorar su función social, ni su función como inversión, ni nada que tenga que ver con el bienestar y con el nivel cultural, científico y académico. El modelo sobre el que se basan muchas pequeñas decisiones cercanas a nuestro quehacer cotidiano es sencillo y bien conocido: el Estado fulmina las políticas sociales y concentra su capacidad de acción en favorecer la acumulación de capital: en lugar de mejorar la oferta de bienes y servicios públicos (como sucede en sanidad y educación) se fuerza su privatización, alegando que hay déficit público y no mencionando que los recursos para esas políticas han ido a parar a ayudas al sector financiero.

Mientras tanto, libros, libreros y editores siguen librando su batalla, a veces sin saber muy bien contra quién luchan. Para reducir costes, mejorar la difusión e intentar cumplir sus objetivos, las editoriales recurren cada más a la edición bajo demanda y a la publicación de esas mismas obras en soporte electrónico (aunque el IVA de las publicaciones electrónicas es más elevado). Intentan adaptarse a una nueva realidad todavía difusa: una realidad donde no tienen cabida las ediciones que cumplen una función de bien público, como es el caso de muchas publicaciones científicas, educativas y académicas, que pierden su utilidad social cuando se ven obligadas a competir en desventaja comercial; es decir, cuando intentan adaptarse, sobrevivir y mejorar su funcionamiento sin que sus responsables académicos y políticos se planteen ni los objetivos a cumplir ni los medios disponibles para alcanzar razonablemente esos objetivos.

Bienvenidos sean los cambios que sirven para fomentar la lectura, la música, las artes y la ciencia. También sean bienvenidos los nuevos formatos para la difusión de esas actividades, si asumimos el reto y las oportunidades que representan. Pero eso no puede hacernos olvidar un dato esencial: los libros, como los alimentos básicos, han de contar con el apoyo de políticas públicas que faciliten su acceso a los ciudadanos, con el fin de mejorar la igualdad de oportunidad y contribuir, con ello, a elevar el nivel de vida en todos los ámbitos. Algún neoliberal exclamará que si se trata de buenos libros no necesitarán ayudas para publicarse y difundirse. Pero no basta con esa filosofía: algunas flores hay que regarlas, como hay que cuidar los bienes públicos, en lugar de dejarlos al albur de los mercados, que con tanta frecuencia se equivocan y no lo hacen con imparcialidad.

Otra cuestión distinta es que la solidez y la coherencia de un sistema fiscal exijan cobrar más impuestos a quienes tienen que pagar más impuestos, con el fin de reforzar la equidad, la eficacia y la estabilidad en esa sociedad. Aunque el nivel de vida no depende sólo de la fiscalidad, igual que el nivel educativo no depende únicamente del acceso a las obras escritas, cuando no hay políticas públicas en favor de la cohesión social el acceso a la cultura –como muestra la historia– se torna cada vez más elitista y excluyente. Por ello, si en los ámbitos más vinculados a nuestro entorno no defendemos las políticas de bienestar y de cultura estaremos facilitando la tarea de quienes las conciben como rémoras, en lugar de como factores de progreso.

Lo público es de todos y no puede despilfarrarse ni asignarse en virtud de intereses espurios, sino regirse por criterios de eficacia en su utilización y de eficiencia en la distribución de sus beneficios sociales. Por estas latitudes no es fácil concebirlo, pero las políticas públicas, incluidas las que sirven de apoyo a la extensión y fortalecimiento de la cultura, tendrían que ser transparentes y poder evaluarse de manera objetiva, atendiendo a criterios tanto económicos como sociales. ¿Se pueden "aplicar esos principios" al mundo editorial, al menos cuando su producción no se rige exclusivamente por el afán de lucro? Por si acaso, mejor no hacer esa pregunta ni en las universidades españolas ni en los organismos que dependen del ministro que ilumina la cultura y la ciencia en España. O nos quedaremos a oscuras.