Opinion · EconoNuestra

El falso mito de la exportaciones españolas

Vicente Donoso y Víctor Martín
Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI)

Hace un poco de tiempo, en estas mismas páginas, llamamos la atención sobre la interpretación que se está propiciando desde el Gobierno y otros agentes sociales, de los éxitos del comercio exterior de España. Dicha interpretación es en parte cierta y en parte engañosa. Es cierta en lo que se refiere a la recuperación del nivel de exportaciones después de la brusca caída del 15% en 2009 y en la reducción notable del  déficit comercial, que desde la sima histórica de los 100.000 millones de Euros, en 2007, remontó hasta los 28.000 en 2012 y hasta los 11.000 en los nueve primeros meses de 2013; una senda igual siguió la tasa de cobertura, llegando a cifras desconocidas del 94%.

Pero se  vuelve engañosa si su importancia se lleva demasiado lejos, como sucede cuando se especula con que las exportaciones españolas se han convertido en la locomotora del crecimiento; con que la economía española ha conquistado niveles desconocidas de competitividad internacional y de cuotas de mercado, y se concluye con que este es el estribo para subirse al carro del cambio de modelo. Estas afirmaciones son, como poco, discutibles.

La primera de ellas (el comercio exterior como locomotora del crecimiento) presenta al menos dos puntos débiles en el caso de España. Primero: las exportaciones de bienes no tienen el peso suficiente para provocar aumentos significativos del PIB, a menos que crezcan a ritmos poco realistas. Teniendo en cuenta que el peso de las exportaciones de bienes sobre el PIB se sitúa en torno al 20% esto significa que, para producir un crecimiento de un 1% en el producto, las exportaciones tienen que crecer un 5%. Segundo: puede darse por probado que, en España, cuando el PIB crece, digamos que a tasas superiores al 2,5% -3% (tasas con las que históricamente se empieza a crear empleo neto) las importaciones crecen más que proporcionalmente; es decir, cabe esperar con mucho fundamento que, apenas se apunte una recuperación algo vigorosa, resurgirán con fuerza las importaciones  y volveremos a la senda de los déficits exteriores elevados y de contribución al crecimiento negativa de la balanza comercial.

La segunda afirmación acerca del buen comportamiento de las exportaciones como claro síntoma de competitividad internacional, está igualmente sujeta a varios matices. Para comprobarlo, utilizaremos el Índice de Tendencia de la Competitividad (ITC)[1], que se construye considerando la evolución del tipo de cambio nominal del Euro frente a las principales monedas, y la evolución de los precios de España en relación con los del resto del mundo. Pues bien, el análisis de los ITC permite afirmar lo siguiente: entre 2007 y 2013 la economía española habría ganado entre 8 y 13 puntos porcentuales de competitividad, según la zona a la que nos estemos refiriendo y según el índice de precios que se utilice. Cuando se desglosa esa ganancia en sus componentes de tipo de cambio del Euro y de precios relativos internacionales, queda patente que toda ella se debe a la caída de los precios relativos de España, mientras que el efecto del tipo de cambio o ha sido neutral (muy fundamentalmente con los países de la Unión Monetaria) o ha sido negativo al haberse revaluado nuestra moneda (con la excepción de un pequeño grupo de países de la OCDE que no pertenecen a la UE-27). Es más, al analizar el componente de precios relativos también se comprueba que las ganancias de competitividad son mayores si utilizamos los Índices de Valor Unitario de las Exportaciones (IVUE. Valores que aproximan los precios de las exportaciones) que si utilizamos los Índices de Precios al Consumo (IPC). ¿Cuál es la conclusión de esta historia? A nuestro juicio la siguiente: la ganancia de competitividad de los productos españoles  se ha debido a una caída de nuestros precios en relación con los precios del resto del mundo. Pero se puede precisar  más: sobre todo a la caída de los precios relativos de los productos exportados. La interpretación de estos hechos es poco alentadora: significa que la ganancia de competitividad  frente al exterior se ha debido al deterioro de los salarios por la reforma laboral y la crisis[2], pero también, a la compresión de los márgenes empresariales en la exportación. Ambas magnitudes (salarios y márgenes empresariales) habrían crecido en promedio a menor ritmo que en el resto del mundo, como forma de ganar mercado.

Nada de lo anterior debería extrañar al estudioso de la economía española: sería cosa milagrosa que en un país donde la política económica profundiza en aquellos factores que precarizan el trabajo, rebajan la cualificación laboral, restringen los gastos en I+D y confía en que los casinos, los servicios de bajo nivel tecnológico y la inversión extranjera en cualquier sector tiren de la economía, se hubiera producido una mejora de la competitividad de las exportaciones basada en aumentos de la productividad auténtica.

No suscribimos para nada esa  filosofía de «cuanto peor, mejor» de ciertos críticos de la política económica; pero mucho nos tememos que en muy poco tiempo el sector exterior, en concreto el comercio, nos traerá malas noticias, en lugar del deseable cambio de modelo anticipado por algunos.


[1] Los datos de los ITC proceden del Ministerio de Economía y Competitividad, Informe trimestral de comercio exterior, tercer trimestre de 2013.

[2] Se puede reforzar este argumento comprobando, en el Boletín Estadístico del Banco de España, la notable caída de los Índices de Costes Laborales Unitarios, debido a la bajada de salarios y a la destrucción de empleo provocadas por la reforma laboral y la crisis.