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Cambiar el modelo es posible

Marcos Cánovas
Profesor de la Universidad de Vic - Universidad Central de Catalunya

Si no eres parte de la solución, eres parte del problema. Una brutal combinación de incompetencia, cinismo y falta de escrúpulos de personas con responsabilidades de gestión en la economía y la política se ha hecho muy visible en España en los últimos años. Gobernantes destacados aparecen en listas de supuesta distribución de sobres de dinero negro; la administración de una comunidad autónoma se sostiene con los votos de un grupo parlamentario trufado de gente imputada por corrupción; un tipo que, pagado con un sueldo millonario, ha visto desde una butaca de primera fila la planificación de la estafa de las participaciones preferentes de una caja de ahorros, no solo no está escondido debajo de una mesa y muerto de vergüenza por las consecuencias del asunto, sino que se atreve a reclamar (¡y, de entrada, gana en los tribunales!) una jubilación también millonaria que en primera instancia le había sido negada. Estas son algunas muestras de lo que nos ha estado acompañando con cotidianidad lacerante en estos años duros en que, paralelamente, centenares de miles de personas se las arreglan para subsistir como pueden en situaciones límite.

No todos los que gobiernan están podridos. Pero sí es cierto que, podridos o no, quienes nos llevaron a la situación actual son los que al parecer nos tienen que sacar de ella. Sin embargo, el cambio necesario para enderezar la situación –no se trata de poner otro parche para reactivar una economía especulativa que no conduciría precisamente al bien común, sino a otro agujero– es de gran envergadura y difícilmente podrá ser puesto en marcha por la casta que ha estado y está en el poder y en buena parte de la oposición: si de verdad debe cambiar el modelo, estas personas tendrán que ser las primeras en irse a su casa (o a la cárcel, en algunos casos). Aceptar esto va sin duda contra los principios de quienes han hecho de determinada manera de hacer política un modo de vida, así que, si hay que cambiar el modelo, antes tendrá que pasar algo para que ciertos asientos privilegiados empiecen a resultar incómodos.

Ese algo está en todos nosotros, es decir, en el resto. Hay que huir del desánimo que solo beneficia a los desaprensivos que van a lo suyo, ellos sí, con una elevada motivación, porque no es cierto que el mal no tenga remedio. Aunque más de uno debe de sentir sin duda añoranza –a tenor de lo que se ve y se oye–, el modelo actual no es el impuesto por la oligarquía financiera de otros tiempos, es decir, el de la España ferozmente reaccionaria y dictatorial. Por el contrario, se trata de un modelo que,  aunque con déficits evidentes, acoge estándares democráticos. Y precisamente por estos déficits –o por el abuso de las disposiciones garantistas que tan bien conocen los mafiosos y sus leguleyos– el sistema que se ha desarrollado en las democracias occidentales puede ser también muy rentable para el capitalismo salvaje. Esta rentabilidad se manifiesta más en unos países que en otros, pero siempre con una temible voracidad globalizadora; como se ha visto, llevado a un extremo –sin restricciones razonables y éticas a los poderes financieros– el liberalismo descarnado genera monstruos como los que se han conocido en España últimamente, monstruos de dolor, por una parte, y de cinismo, por otra.

Pero el sistema, aun limitado como es, contiene resortes para la regeneración y es responsabilidad de todos el activarlos para abrir una brecha y profundizar en ella. "Si no eres parte de la solución, eres parte del problema". Con esta frase, Lenin llamaba a la acción; está claro que ni las circunstancias españolas actuales son las de la Rusia zarista ni se trata de aplicar al pie de la letra recetas leninistas para salir del embrollo, pero sí que hay un elemento común: la implicación colectiva como motor del cambio. Un gran clamor ha apelado recientemente a la dignidad y, efectivamente, es la asunción de la dignidad la que debe llevar a proponer y demandar las soluciones necesarias, la que debe exigir transparencia democrática (por ejemplo y para empezar, listas abiertas), la que ha de impulsar a votar opciones políticas que conduzcan a cambios estructurales orientados hacia una economía sostenible, y la que tiene que ningunear a los medios de comunicación que reiteraran banalizaciones  interesadas.

Es posible y factible otra manera de hacer las cosas y es posible otro modelo, pero nadie lo va a regalar: se tiene que ganar desde el conocimiento, la responsabilidad y la cooperación de las personas que decidan no cerrar los ojos al sufrimiento de tanta gente y a tanta codicia de unos pocos.