Opinion · EconoNuestra

Déficit de tarifa: 26.000 millones de euros, ¿un nuevo rescate?

Ignacio Mártil

Catedrático de Electrónica. Universidad Complutense de Madrid

La cifra que figura en el título de este artículo es la correspondiente al muy publicitado y poco entendible déficit de tarifa del sistema eléctrico. Considerada en bruto, es como para echarse a temblar. Es descomunal y asombrosamente parecida a la que nos ha costado el agujero de Bankia (22.500 millones de euros, en números redondos). En estos tiempos en los que el mantra oficial repite hasta la saciedad que allí donde hay un déficit, es preciso reducirlo a toda costa, que una empresa o un país con déficits elevados son inviables, uno teme del ramo no sean solventes, que más pronto que tarde se vean forzadas a cerrar y que tengamos que volver a la Edad de Piedra, en la que nuestros ancestros hacían fogatas para cocinar o calentarse, un procedimiento que la humanidad utilizó durante medio millón de años. Y a fin de cuentas, si la humanidad se alumbró y calentó con ese método, bien podremos retomar costumbres tan asentadas como esa en nuestra común historia.

En los últimos meses, producto de la alarma y el enfado que generan entre la ciudadanía las subidas sistemáticas del recibo de la luz, los tertulianos, que de todo saben y sobre lo que todo pontifican, nos han explicado en qué consiste el déficit de tarifa de ese recibo; con escaso éxito, a mi entender. Así mismo, se han publicado gran cantidad de artículos tratando de desentrañar su muy oscuro origen. Si usted tiene curiosidad y ganas de leer un artículo donde se lo expliquen pormenorizadamente y con abundantes detalles técnicos, le sugiero que lea el trabajo que cito al final de este artículo (1). Pero mi intención aquí es tratar de explicárselo sin recurrir a tecnicismos y sin apenas datos y cifras.

Al modo en que Platón ilustraba sus pensamientos, me propongo explicarlo planteando algunas preguntas para responderlas inmediatamente a continuación. Veremos si, como el ilustre filósofo griego, creo escuela.

La primera pregunta que surge de modo inmediato, a la vista de la cifra que preside éste artículo es: ¿son inviables las compañías eléctricas? Según parece no. En un artículo publicado al final del año pasado, se constata que las empresas del sector eléctrico español son las más rentables del ramo en Europa. Es más, durante la crisis, esas empresas han aumentado sus ingresos de manera significativa y su cuenta de resultados está de lo más saneada, tal y como se recogió en otro artículo publicado también al final del año pasado en éste mismo periódico.

Entonces, vistos unos números tan alentadores -sobre todo para los accionistas-, ¿cómo es posible que tengan ese déficit? Formulada en otros términos la pregunta, ¿el déficit de tarifa es un dinero que han perdido las compañías eléctricas? No, en realidad es un dinero que todavía no han ingresado. ¿Por qué? Porque ese déficit es “regulatorio”, no económico. Es decir, ese déficit es supuesto, aunque admitido como real por los sucesivos Gobiernos que se han enfrentado con esta cuestión.

 

En efecto, tal y como lo expresan los autores del artículo citado al final de éste (1),: “El déficit tarifario en el sector eléctrico español es la diferencia entre los costes reconocidos a las empresas eléctricas y los ingresos obtenidos a través de las tarifas reguladas que pagan los consumidores”. Y más adelante, en ese mismo artículo, los autores dicen: “Recientemente, la Comisión Europea (2012) ha afirmado que una competencia insuficiente en el sector energético ha contribuido, al menos en parte, a la constitución del déficit tarifario al favorecer una compensación excesiva de algunas infraestructuras, tales como centrales nucleares y grandes centrales hidroeléctricas, ya amortizadas”. Es decir, que para algunas tecnologías de generación (que representan más del 50% del total durante buena parte del año) los costes reales son menores de los que la regulación les reconoce. ¿Le han contado esto alguna vez? Ya me imaginaba…

Por si algo no ha quedado claro en el párrafo anterior, lo explico con otras palabras. Producir energía en este país ha estado subvencionado, primado, favorecido y cuantos sinónimos se le ocurra a usted añadir, prácticamente desde que dejamos de alumbrarnos con antorchas y empezamos a hacerlo con bombillas. Fruto de ese trato de privilegio que los partidos políticos, cuando están en el poder, brindan a las grandes empresas del sector, desde hace décadas se vienen dictando normas, promulgando decretos, publicando subvenciones, etc., donde se establecen y fijan los derechos de cobro que el Estado reconoce que debe tener una determinada empresa por generar electricidad en alguna de sus diferentes variantes (nuclear, hidráulica, térmica, solar,…) en función de diversos factores, entre otros, las inversiones que debe realizar para levantar una planta donde se produzca la energía. En algunas ocasiones, esos derechos de cobro se ajustan a los costes que las empresas tienen; pero en otras, están muy por encima de los costes reales, según las tecnologías. Nosotros pagamos los costes reconocidos -que no siempre son reales, insisto- en el término fijo del recibo de la luz, los denominados “peajes”, que incluyen otro sinfín de capítulos y sobre lo que ya escribí recientemente en éstas mismas páginas.

Luego, en la parte variable del recibo, en la célebre subasta -que también expliqué en el artículo mencionado-, se fija el precio al que nos venden la electricidad. En teoría, si todo funcionara a satisfacción de las compañías eléctricas, la subida de ambas partes del recibo debería ser la misma o muy similar, con objeto de satisfacer los derechos de cobro mencionados en el párrafo precedente. Pero sucede que la parte fija del recibo es la que utilizan los gobiernos de turno, sean del PP o del PSOE, para evitar subidas excesivas -mal vistas por los electores-, por lo que los incrementos son casi siempre inferiores a los que, en teoría, deberían determinarse para retribuir adecuadamente tales derechos de cobro. Esa diferencia entre lo que debería haber subido la parte fija del recibo y lo que en realidad sube, es la que va generando el llamado déficit de tarifa. Pero fíjese usted bien, honrado contribuyente, a pesar de la asimetría en los términos de subida del recibo, las empresas eléctricas no van a dejar de ingresar ese dinero, simplemente lo que sucede es que no lo ingresan en ese momento, difiriéndose su pago. Al día de hoy ya estamos pagando parte de ese déficit, puesto que en la parte fija del recibo va incluido otro capítulo -¡uno más!- destinado a financiar el mismo. Con bastante probabilidad, nuestros hijos y nuestros nietos lo seguirán haciendo en el futuro.

No obstante, si la cantidad que aún no han ingresado es tan enorme (recuerdo: 26.000 millones de euros) ¿cómo es posible que tengan tantos beneficios? Pues porque además de que los costes reales de generación son menores que los reconocidos, tal y como acabo de explicar, resulta que la electricidad que producen nos la venden a unos precios muy superiores a los que cuesta en realidad obtenerla. En efecto, tras el proceso de fijación del precio de la electricidad en la subasta, en la gran mayoría de las ocasiones el resultado de la misma es que el precio de venta es superior, o muy superior, al coste de generación. En consecuencia, las compañías eléctricas tienen unos márgenes de beneficio realmente muy suculentos, como se puede comprobar en la imagen siguiente, que ya se publicó a finales del año pasado:

Fuente: El País, 29 de diciembre de 2013
Fuente: El País, 29 de diciembre de 2013

En la gráfica, la línea A indica cómo ha evolucionado el precio real de la electricidad desde mediados de 2009, es decir lo que costó realmente generarla. De otra parte, la línea B indica el precio de la electricidad que se ha ido fijando trimestre tras trimestre como resultado de la subasta y que es el precio al que la hemos pagado cada vez. Si se detiene usted un rato a ver las diferencias entre una línea y la otra, mes a mes, se dará cuenta de las diferencias entre ambas y por consiguiente, de cuál es el margen de beneficio. Ahí tiene usted una más de las razones por las cuales es improbable que nos veamos reducidos a la necesidad de comprar leña para estar calentitos o freír nuestros filetes.

Termino con dos noticias, una buena y otra no tanto. La primera, respondiendo a la pregunta que abre éste artículo: no hay que rescatar a las compañías eléctricas y por lo tanto, no debemos asustarnos, querido contribuyente, no van a declararse en quiebra mañana. ¡Albricias!

La segunda, algo peor: tanto nosotros como nuestros herederos tendremos que pagar tarde o temprano esa cantidad de manera que, a efectos prácticos, viviremos un rescate real, aunque no nos lo presentarán así. Ya sabemos que en éste país, hay grandes artífices de la venta de humo, en sus diferentes tonalidades y fragancias. Y seguramente, nos lo venderán en diferido, esa singular forma de venta a plazos de la que tenemos tan selectos/as y afamados/as profesionales.

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(1)   Natalia Fabra Portela y Jorge Fabra Utray “El déficit tarifario en el sector eléctrico español”. Papeles de Economía Española, Nº 134 (2012) pg. 88