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"Hagáis lo que hagáis, siempre ganamos los mismos"

Pedro Chaves Giraldo
Miembro de Econonuestra y profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid

En tiempos de campaña electoral, las encuestas son un arma de guerra usada por todo el mundo con mayor o menor empeño y profesionalidad. Naturalmente, no es que los partidos políticos escriban los resultados de encuestas ficticias: eso se hace a través de encargos ad hoc que suelen expresar con bastante exactitud los intereses estratégicos de algunos partidos, particularmente de los grandes, pero no solo. En estos días hemos leído datos inverosímiles de encuestas que realizan proyecciones de escaños con apenas 500 encuestas telefónicas en todo el estado.

En una situación tan móvil, inestable e incierta como la actual, cuando el 49,3% del electorado se muestra indeciso respecto a quién votar, puede pasar cualquier cosa. En ese espacio de indecisión las estrategias electorales pueden cosechar réditos y hacer que la balanza de las expectativas se incline a su favor.

En este artículo, me referiré exclusivamente a los datos que ofrecen las dos últimas encuestas del CIS de abril y mayo de 2014.

El primer dato importante se refiere, precisamente, a esta situación de profunda inestabilidad política y elevadas posibilidades de resultados insospechados. No obstante, las probabilidades de voto de aquellos/as que han decidido votar pero que no saben por quién (casi ocho millones de ciudadanos/as) no se reparten ni aleatoria ni caprichosamente. La indecisión se concentra entre votar al PP o al PSOE (14,3%); votar al PP o a la UPyD (2,7%); votar al PSOE o a IU/ICV/Anova (6,9%) o votar al PSOE o a la UPyD (2,5%). El resto de valores no parece muy significativo.

Otro dato relevante es el de los cambios en la fidelidad de los votantes, es decir la posibilidad de cambiar de partido. Los datos dicen que los niveles de fidelización tanto del PSOE como del PP son inusualmente bajos (apenas superan el 50%) en comparación, por ejemplo, con Izquierda Unida: 70,6% (inusualmente altos).

Por otra parte, la decisión de votar se va a sustanciar en relación con los temas nacionales: un 67,6% del electorado reconoce que su decisión de votar tendrá en consideración esos factores por encima de las cuestiones estrictamente europeas, aun cuando existe una conciencia extendida y asumida de la importancia de la UE para nuestras vidas y del Parlamento Europeo mismo (para un 83% de los encuestados, las medidas que se toman en Europa son muy o bastante importantes).

Sabiendo entonces que la partida se va a disputar en el terreno de lo estatal-nacional, conviene considerar los tres clivajes más significativos alrededor de los cuales se está articulando el debate político: el eje izquierda-derecha; el eje dentro-fuera del sistema (la representación de la desconfianza política); el eje centro-periferia. El desplazamiento de la agenda hacia estos ejes es lo que más cambios puede producir, considerando el hastío y la desconfianza de los españoles hacia la política y los partidos.

Por otra parte, la valoración de la gestión por parte del gobierno y de la oposición señala la fragilidad del PP y el hundimiento del PSOE a unos niveles desconocidos. En términos agregados, el 86,4% de los encuestados desconfía de Rajoy; pero esta cifra se incrementa hasta el 90,5% en el caso de Rubalcaba. En términos desagregados, el 58,6% de los votantes del PP tienen poca o ninguna confianza en el presidente del gobierno frente al 39,9% que tienen mucha o bastante confianza. En el caso del secretario general del PSOE, un 76,1% de sus votantes tiene poca o ninguna confianza en él, frente a un 22,6% que sí confía. Son datos demoledores para el PSOE y preocupantes para el PP. El Partido Popular puede manejar a su favor un cierto cambio en la percepción de la evolución de la crisis. Parece, sin embargo, que la estrategia de apoyarse en ese cambio en las perspectivas para mejorar sus perspectivas electorales no ha dado resultado hasta el momento.

La fragilidad e incertidumbre juegan en sentido contrario a los intereses de los dos grandes partidos, y especialmente del PP por su condición de partido de gobierno. Aún más si compartimos un dato de la realidad electoral en nuestro país: las elecciones europeas, elecciones de segundo orden, han producido resultados electorales muy similares a los que luego resultan en las elecciones de primer orden (las generales, autonómicas y locales). Por eso estas elecciones son tan importantes y existe una posibilidad real de abrir un ciclo político y electoral, pero también de malograr esta oportunidad.

La apertura del ciclo implicaría una modificación sustancial –o percibida como tal- de los resultados de estos comicios: crisis manifiesta del bipartidisimo; incremento sustancial del tercer y cuarto partidos estatales (IU y UPyD) como alternativas al modelo bipartidista; aparición –eventualmente- de nuevas fuerzas en calidad de representación alrededor del eje dentro-fuera del sistema (como Podemos, PartidoX, Vox…). El resumen de este escenario debería hacer constar tanto la crisis del bipartidismo como la emergencia de alternativas pensables como tales por la ciudadanía.

Las expectativas de abrir un nuevo ciclo electoral, y con ello un nuevo ciclo político, fracasarían si el resultado de las elecciones europeas hiciera posible la siguiente lectura: la crisis del bipartidismo no es tal o no alcanza niveles críticos (la horquilla de resultados para los dos grandes partidos oscila entre el 61% y 66% (según los siguientes sondeos: Metroscopia, CIS, ABC, Invimark, Sigma Dos, Demoscopia); el crecimiento del tercer y cuarto partido no es relevante y/o frustra la posibilidad de una alternativa al modelo bipartidista (la suma de intención de voto de IU y UPyD oscila entre el 14% y el 22%); la representación se fragmenta en varias direcciones, haciendo imposible una única lectura de esa fragmentación.

Si este último contexto se produjera se habría malogrado una oportunidad probablemente única de abrir una puerta real de disputa de la hegemonía política en nuestro país y, con ello, de construcción de un nuevo espacio social y político de representación que pudiera ser visibilizado como una alternativa posible por la mayoría.

Este escenario enviaría un mensaje fatal a la movilización social crítica y a las fuerzas políticas que han intervenido en ese espacio con la voluntad de representarlo: "hagáis lo que hagáis, siempre ganamos los mismos". Un golpe a la movilización y a la conciencia crítica, sin ninguna duda. De paso se haría más pensable y asequible para una mayoría la idea de una gran coalición entre un PP hegemónico y un PSOE en retirada estratégica.

Con un panorama de elevada fragmentación, neutralizadas en el imaginario colectivo las opciones de cambio político, sería más presentable la opción de "reorientar" la situación a partir de una coalición que convocase, por sentido de la responsabilidad, a los dos grandes partidos políticos.

Quiero terminar por donde empecé: en estas circunstancias de tanta inestabilidad las estrategias electorales resultan muy relevantes, de hecho pueden ser decisivas. Las encuestas forman parte del arsenal de estas estrategias. Y, particularmente, el PP tiene una estrategia combinada que entraña enormes peligros para lo que muchos y muchas deseamos: que estas elecciones europeas contribuyan a inaugurar un nuevo ciclo político. Veremos.