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Entusiasmo por decidir

Marcos Cánovas
Profesor de la Universidad de Vic - Universidad Central de Cataluña

Una cuestión como la del movimiento por el derecho a decidir en Cataluña  no se puede explicar a partir de un solo factor o aplicando directa y únicamente una etiqueta como la de desafío soberanista, porque es algo más que eso, o no es solo eso, lo que lo define. De hecho, se trata de una realidad compleja en la que entran en juego factores que se combinan en proporciones variables. Uno de estos factores tiene que ver con aspectos de lucha social que se pueden superponer o mezclar con cuestiones vinculadas a posiciones nacionalistas, de entrada más visibles. La confluencia de las reivindicaciones sociales con el catalanismo (en un sentido amplio del término y no necesariamente en clave de nacionalismo esencialista) determina una parte del escenario general. En el caso de Cataluña, la cuestión, desde esta perspectiva eminentemente social, es determinar cuál debe ser la colectividad de referencia, si la de la España actual o solo la de Cataluña.

La gestión política implica gobernar en función de intereses concretos. Hay políticas buenas y políticas malas según sean los objetivos (es decir, para qué se gobierna) y también en función de los resultados (si se consigue lo que se espera). Las políticas malas, tanto por los objetivos como por los resultados, nos han llevado a la situación lamentable de estos años. En Cataluña se vive con el mismo asco que en el resto del Estado el espectáculo de podredumbre y corrupción del sistema, la codicia sin límites y el cinismo inmenso de algunos. La especulación inmobiliaria y las estafas bancarias que han diezmado las economías de las personas y mutilado  servicios sociales básicos son poderosos motores para el deseo de cambio en España y en Cataluña. Llegados a este punto, lo que se cuestiona en Cataluña es cuál puede ser el proyecto colectivo viable. La esperanza de renovación choca frontalmente con la realidad del poder estatal español que, además, y en lo que respecta a opiniones y sensibilidades mayoritarias en Cataluña, ha mostrado una considerable intransigencia. (Resulta significativo que el nacionalismo español a ultranza, por la naturalidad con que es asumido por parte de sus defensores, a veces ni se fija en su propia existencia, como si los postulados que defiende e impone respondieran a un estado inmutable de las cosas: no pocos fervientes nacionalistas españoles llaman nacionalistas a los de la periferia, pero no se reconocen a sí mismos como nacionalistas.)

Así que, en buena parte, lo que inclina la balanza en Cataluña hacia el derecho a decidir (reivindicación mayoritaria) y hacia la independencia (aspiración que empata en estos momentos en las encuestas con la preferencia por formar parte de España) es lo mismo que ha llevado al éxito electoral de Podemos en las recientes elecciones europeas. Podemos recoge el deseo de acabar con la tiranía de la política acomodaticia y corrupta e incorporar al sistema español rasgos democráticos más rigurosos. La idea de la independencia en Cataluña prende en la misma ilusión, la ilusión de construir algo nuevo para el bienestar de la colectividad. Pero, en este caso, la colectividad se puede proponer con unos límites que son los de Cataluña y no los de España, porque hay la percepción de que en el marco antiguo no es posible avanzar en unas reivindicaciones que tienen elementos de atención y respeto a lo propio, pero también el deseo de construir algo nuevo y diferente.

Desde esta perspectiva (no la única, ciertamente), es un error identificar la idea del derecho a decidir en Cataluña como un reto a España, más bien es un reto a ciertos poderes. De hecho, un rasgo del catalanismo es la fuerte corriente popular que lo sostiene. Como señala Vicenç Navarro, la defensa de los derechos sociales en Cataluña ha estado estrechamente unida a la defensa del catalanismo, lo que no excluye que también exista, como es evidente, un poderoso nacionalismo catalán conservador. Pero es cierto que en Cataluña confluyen en buena parte la apuesta catalanista y la lucha por el cambio social, tan necesario en estos momentos. Y, en un sentido contrario, desde la propia Cataluña se aprecia la visceralidad con que la derecha estatal se envuelve en la bandera española. Todo ello, junto con la base social que siempre ha estado, con toda legitimidad aunque de forma minoritaria, en favor de la independencia, da como resultado la situación actual.

Por supuesto, no es correcto inferir a partir de aquí que el nacionalismo catalán o la clase política de Cataluña estén por definición desprovistos de corrupción. Sabemos que no es así: los chanchullos que causan repulsión en España también se han visto en Cataluña. Tampoco cabe afirmar que no pueda haber un proyecto de renovación democrática que mire al colectivo español, Cataluña incluida: hay que mencionar otra vez lo que representa la eclosión de Podemos en cuanto a esperanza de que llegue a concretarse ese proyecto.

Por otra parte, también resulta evidente que la independencia no garantiza que vaya a nacer algo distinto, como tampoco lo garantiza el nuevo panorama de la izquierda estatal. De hecho, los esfuerzos por controlar el proceso, por parte tanto de la derecha como, en general, de los partidos acomodados al sistema, serán ingentes en cualquier caso y darán sus frutos. Pero con la independencia pueden pasar cosas que ahora no pasan, se abre la esperanza para miles y miles de personas que están hartas.

Si en Cataluña hay entusiasmo por decidir, si un clamor popular pide reflexionar sobre la relación con España, no es solo por cuestiones de identidad o por aspiraciones económicas –que también–, sino porque se exigen, y en serio, políticas que profundicen en la calidad de la democracia y en el bienestar social. En la medida en que no sea posible avanzar de manera tangible en el diálogo y la negociación dentro de España y en la medida en que no se vislumbre como opción un cambio real en el sistema (¿quizás hay ahora un rayo de luz?), seguirá creciendo la opinión entre la ciudadanía catalana de que las mejoras políticas y sociales solo se darán estando fuera de España.