Opinion · EconoNuestra

Repensar la economía

Mario Rísquez Ramos
Estudiante del Máster de Economía Internacional y Desarrollo de la UCM, y miembro de la asociación econoNuestra

“Si quieres alcanzar la paz y la felicidad, ten fe,
si quieres ser un discípulo de la verdad, búscala.”

Friedrich Nietzsche

 Si nos preguntamos hoy qué es la economía, la respuesta que podemos encontrar por parte de la mayoría de economistas y manuales de economía es la siguiente: economía es la ciencia que estudia la asignación eficiente de recursos escasos entre fines alternativos. Y bien, nos dirán, se trata obviamente de una definición neutra, aséptica, objetiva de lo que es La Economía, en mayúsculas; una Economía que asume la arrogancia de equiparar su status como ciencia al de otras como la Física. Sin embargo, si analizamos la evolución del pensamiento económico a lo largo de la historia, nos damos cuenta de que esta evolución no ha sido un proceso lineal y acumulativo de conocimiento, y que esta definición es una descripción parcial, pues se encuadra dentro de un enfoque determinado –el marginalista–, reduccionista e ideológica –no en un sentido peyorativo– de lo que es la economía. Pero empecemos por el principio.

Para entender qué es la economía primero debemos encuadrarla dentro de las ciencias sociales. A diferencia de ciencias como la Física, cuyo objeto de estudio es la naturaleza, el objeto de estudio de la economía es la sociedad, una realidad sumamente compleja donde tienen lugar multitud de relaciones que no se pueden cuantificar, donde estas relaciones son diferentes en unos lugares y en otros, y, además, cambian y evolucionan con el tiempo. De ahí deriva que las conclusiones de los estudios sean necesariamente abiertas. Por otro lado, estas relaciones, que se pueden plasmar desde el ámbito político, social, cultural, etc., y que en muchas ocasiones no son independientes unas de otras, generan un escenario en el que el sujeto que las investiga, en este caso el economista, forma parte del mismo. Más concretamente, el economista es parte consciente, activa e interesada del objeto que pretende analizar; puede estar influido por sesgos, creencias, por la opinión pública, es decir, por el propio contexto en el que se encuentra y desarrolla su actividad investigadora; y además tiene la capacidad de poder transformar dicho contexto.

Asimismo, la aplicación del método científico al análisis de esta realidad social –de nuevo a diferencia de otras ciencias– presenta unas enormes limitaciones y condicionantes. En primer lugar, los problemas o hechos que se escogen para analizar dependen en cierta medida de la visión científica dominante, esto es, los problemas que se constatan surgen de la visión determinada con la que se trata de abordar el conocimiento de la realidad. De ahí que diferentes perspectivas de análisis en economía pongan el foco de su objeto de estudio en distintos aspectos de una misma realidad –a diferencia de la definición que dimos al principio, otros enfoques tienen por objeto de análisis el estudio de la producción, el intercambio y el consumo de mercancías que permiten a una sociedad reproducirse como tal–. En segundo lugar, las categorías y los conceptos que se utilizan en economía son en cierto modo ambiguos; algunos son utilizados por unos enfoques y no por otros, y la medición de esta realidad económica entraña cierta dificultad, por lo que ésta no se encuentra exenta de error. En tercer lugar, en el ámbito relacionado con la contrastación experimental, es obvio que en economía no es posible realizar experimentos controlados de manera aislada y reproducirlos bajo las mismas condiciones, por lo que los resultados van acompañados necesariamente de cierta incertidumbre en cuanto a su validez.

Todos estos aspectos señalados, entre otros, constatan algo que sí es objetivo, y es que la totalidad de la realidad que estudia la economía, en su conjunto, no es cientificable. Si bien en ciencias como la Física o la Química nos encontramos con leyes universales, válidas en cualquier contexto y tiempo, en el caso de la economía las certezas que podemos hallar como resultado de aplicar el método científico al estudio de la realidad tienen que ser tratadas con prudencia, admitiendo su provisional validez para contextos, lugares y momentos determinados. La dificultad de encontrar leyes hace posible la coexistencia de teorías explicativas de una misma realidad enfrentadas, o incluso antagónicas. Ejemplos de estas contradicciones ideológicas los tenemos en el tratamiento de los impuestos como distorsionantes de la eficiencia económica o como herramienta de política fiscal, o en la visión del efecto de una subida salarial como restricción de la oferta o impulsor de la demanda. En este sentido, es de la toma de conciencia de estas limitaciones de donde debe nacer la actitud crítica. No como posición de partida en torno a la cual suscribirse sobre si una perspectiva de análisis o una teoría es más válida que otra, pues si de lo que se trata es de comprender el mundo la actitud crítica debe comenzar por la humildad, la honestidad y la autocrítica.

Y llegados a este punto volvemos a la economía que se enseña en las aulas. En la mayoría de las Facultades de Economía se asume un programa educativo donde el enfoque neoclásico toma una posición nuclear. Este enfoque hunde sus raíces epistemológicas en torno a dos elementos. En primer lugar, este marco de análisis se apoya en una visión mecanicista del funcionamiento de la economía, es decir, la dinámica de funcionamiento se articula a través relaciones causales y automatismos que, partiendo de unos axiomas iniciales –los agentes se comportan de manera racional; los mercados, en condiciones de competencia perfecta, se autorregulan automáticamente, etc.–, se configuran en torno a unas situaciones de equilibrio natural. En segundo término, se aboga por una lectura psicológico-moral del comportamiento de los individuos que se nutre de concepciones filosóficas de autores como Hobbes, Mendeville, o el propio Adam Smith. De esta manera, la conducta humana se rige por dos principios: el apetito de placer y la aversión al dolor; a su vez, se dice que la actuación del individuo en respuesta a sus propios intereses personales redunda en el bienestar de la mayoría. En este sentido, el comportamiento de la sociedad en su conjunto es el resultado de la mera agregación de todas las conductas individuales, basadas todas ellas en una visión utilitarista del comportamiento humano. Bajo estos dos pilares, que como podemos comprobar carecen de una vinculación clara con la realidad, se deduce todo una arquitectura analítica cuyas teorías y resultados finales tampoco se someten a un contraste empírico riguroso. Asistimos de esta manera a la concepción de un cuerpo teórico que se autoafirma, cuyo carácter científico queda en entredicho, y que a su vez es irrefutable, pues tanto los puntos de partida como los de llegada se articulan a través de relaciones tautológicas o no son contrastados con la realidad. Esta es la economía que aprendemos: una economía sin tiempo, sin instituciones, sin incertidumbre, que no convive con la realidad ecológica de nuestro planeta, carente de conflicto social… Toda una invitación a que los estudiantes desayunemos todos los días creyéndonos cosas imposibles.

Ante este escenario, donde la contradicción entre lo que se aprende en las aulas y la realidad no deja de aumentar (más si cabe a raíz de la crisis actual), los programas de estudio de economía reflejan un hermetismo y un inmovilismo singular ante el cambio. Es por eso que no podemos entender, por ejemplo, que si el salario “es” el valor descontado de la productividad marginal del trabajador, haya una diferencia sangrante en las retribuciones percibidas entre hombres y mujeres. Esta parálisis ante el cambio se puede explicar, de manera más o menos plausible, si atendemos a un par de razones. Primero hay que tener en cuenta que lo que se enseña en la Facultad de Economía es funcional al entramado de poder e intereses que caracteriza al sistema económico actual. ¿Qué sentido tiene regular los mercados financieros si se asume como base que dichos mercados son eficientes y se autorregulan? Pues bien, se han concedido Premios Nobel por tratar de argumentarlo. La segunda razón entronca con esto último y alude a las estructuras de poder que caracterizan a la comunidad científica. Dentro de ella existen normas explícitas e implícitas, y poder para imponerlas basándose en el control sobre las publicaciones, la financiación de las investigaciones, etc.; es decir, existe toda una estructura de recompensas y de promoción en la actividad docente e investigadora donde la visión ortodoxa de la economía recorre transversalmente esta estructura.

Las razones para transformar lo constituido, pues, son evidentes, y es por ello que somos los estudiantes, docentes e investigadores, los primeros responsables en llevar a cabo ese proceso de transformación. Elementos como pluralismo y transdisciplinariedad deben ser ejes vertebradores sobre los que se debe configurar otra forma de enseñar la economía. A nivel internacional ya han surgido movimientos organizados, como la International Student Initiative for Pluralist Economics (ISIPE), que engloba a colectivos de estudiantes y economistas bajo estas mismas demandas. Dentro del ámbito nacional también tenemos organizaciones como Post-Crash Barcelona, econoNuestra o Economía Aternativa, que impulsan el cambio con actos como los seminarios de economía crítica que tendrán lugar estos meses de octubre y noviembre en la Universidad Rey Juan Carlos, o a comienzos del año próximo en la Universidad Complutense de Madrid. Se torna más urgente y necesario que nunca desaterrar esa idea de que el principal propósito de estudiar economía sea, como decía Joan Robinson, evitar ser engañados por los propios economistas.