EconoNuestra

Podemología versus Podenomics, o realidad frente a ficción económica

Iván H. Ayala
Investigador del ICEI, miembro de econoNuestra, participante en el círculo 3E (Economía, Ecología, Energía) de Podemos

Está claro que en la sociedad existe un deseo absoluto de cambio. Aunque la percepción de la realidad es muy subjetiva, parece evidente que hemos generado un deseo común de modificación del presente estado de las cosas. El problema es identificar el cambio que necesitamos, ya que en gran medida viene determinado por la imaginación para generar alternativas. Una imaginación que ha sido excesivamente podada en los últimos años.

El partidismo que nos atufa no nos deja percibir el verdadero olor del cambio, aplastándonos en un desalentador "es lo que toca". Por eso hay que huir del planteamiento partidista, para centrarse en los problemas existentes y en las soluciones que se proponen. Con Podemos ha pasado precisamente eso, que es nuevo y, por tanto, genera la incertidumbre asociada a lo desconocido. Una incertidumbre que alienta a algunos y repele a otros. Los partidos asentados explotan esa baza, atacando la propuesta económica de Podemos no por ser irrealizable, sino porque se nutre de planteamientos económicos diferentes.

No es cierto que la propuesta económica de Podemos sufra de debilidades intrínsecas, porque eso sería tanto como decir que la propuesta económica del PP es "más realista" que la de Podemos. Muchos dicen que las propuestas económicas que llevan décadas siendo desarrolladas por economistas heterodoxos son fantasías, lo que he llamado Podemología.

Alternativamente, en este artículo se defiende que esas propuestas heterodoxas no son concepciones astrológicas, sino un planteamiento independiente y sustentado económicamente; son una forma distinta de hacer y aplicar economía: la Podenomics, al igual que existió la Clintonomics (Clinton), la Reaganomics (Reagan), o actualmente la Abenomics (Japón).

Veamos un caso de especial importancia, aunque el razonamiento puede ser extensible a todos los aspectos de la economía: la deuda pública.

La solvencia de un país es básicamente la condición de que los superávits primarios futuros sean al menos tan elevados como la diferencia entre el tipo de interés de la deuda menos la tasa de crecimiento, multiplicado por el montante actual de deuda[1]. O lo que es lo mismo, los ingresos menos los gastos de un Estado han de ser positivos y suficientemente elevados para pagar tanto la deuda pasada como la que se está generando en el presente.

Esta operación nos permite ver qué nivel de superávit primario tenemos que generar para que la ratio deuda/PIB sea estacionaria, es decir, no crezca. Según este sencillo cálculo, es posible constatar que, en 2013, para que la deuda no hubiera crecido, ¡era necesario generar un superávit primario de casi un 6% en 2014!

No hace falta decir que la realidad ni tan siquiera se acerca a ese escenario. Es decir, en la situación actual no hay visos de superávits primarios que eviten que la ratio deuda/PIB siga creciendo en España. Pero, además,  hay que añadir varios factores que empeoran el contexto.

Por ejemplo, para realizar esta operación hemos tenido que suponer un tipo de interés nominal a largo plazo constante. En este caso hemos utilizado la media de los últimos 5 años de los tipos de interés nominales a 10 años de la deuda pública y hemos supuesto que la media de los próximos 5 no será muy diferente. No obstante, parece que la situación de la eurozona y el exceso de liquidez suministrado por el BCE —con tintes de incrementar—, que está manteniendo a raya las primas de riesgo, a su vez está alimentando una inflación de activos financieros.

En algún momento, un estallido de esta especie de burbuja que está manteniendo los principales índices bursátiles por encima de los niveles precrisis puede drenar los mercados financieros de liquidez e incrementar los tipos de interés principalmente en la periferia.

No olvidemos que ninguno de los fundamentales en España, Grecia, Portugal o Italia ha mejorado desde el 2007, sino todo lo contrario, por lo que la bajada de la prima de riesgo obedece únicamente a la paz generada en los mercados por la liquidez inyectada al sistema por el BCE. Esta paz puede ser perturbada en cualquier momento, con el agravante de que el cuadro macroeconómico hoy es netamente peor que el de hace 5 años.

Un segundo factor que empeora ese escenario es que —en el cálculo anterior— hemos supuesto que la tasa de crecimiento también se mantiene constante, por lo que hemos utilizado la media de la tasa de crecimiento de los últimos 5 años.

La situación, no obstante, parece que no apunta hacia una mejora. La política monetaria del BCE, siempre por detrás de las necesidades económicas de la eurozona, se ha aliado con una política fiscal excesivamente restrictiva por parte de los entusiastas gobiernos nacionales, lo que ha generado una destrucción de capacidad productiva sin precedentes.

En el mejor dato de desempleo de la historia de la democracia en España, en 2007, la tasa de paro alcanzaba un 8%. Pero el crecimiento que permitió ese histórico dato fue el de la burbuja inmobiliaria, que absorbió a más de 3 millones de personas, financiado por una inflación de precios inmobiliarios.

En estos momentos no existe capacidad productiva para emplear al 25% de desempleados ni sectores con visos de crearla; más bien la realidad es la opuesta. La destrucción de empleo industrial no ha dejado de crecer y los desempleados de larga duración tampoco (alcanzando estos últimos un alarmante 13% del total de la población activa). Al menos eso muestran los últimos datos de contabilidad nacional publicados: una caída en volumen de la producción manufacturera industrial y un leve repunte de algunos servicios.

Recordemos que el sector servicios tiene un menor índice de arrastre, es más estacional y está caracterizado por una atomización empresarial. Un repunte de unas décimas en algunas de sus actividades ni es ni puede ser una recuperación de todo el empleo perdido, y mucho menos, la creación de nichos que puedan absorber lo que se ha destruido en los últimos años.

Dado que no tenemos capacidad productiva y hemos destruido el mercado interno, solo nos queda confiar en el tirón económico de la eurozona para fomentar nuestras exportaciones. Pero, según el presidente del BCE, Mario Draghi, la eurozona está sumida en un proceso deflacionario, con Francia, Italia y Alemania cercanas a la parada cardiorrespiratoria, sin capacidad de generar la demanda suficiente que haga que España pueda a su vez generar tasas de crecimiento suficientes para estabilizar la deuda. Christine Lagarde, tan optimista como siempre, llama a esta situación una "nueva era de mediocre crecimiento", un epíteto como otro cualquiera.

Este análisis ilustra que el crecimiento económico está muy lejos. Incluso, en el mejor de los casos, cumpliéndose la previsión de crecimiento del Gobierno o del FMI —con tasas positivas ligeramente superiores al 1%—, el anterior cálculo muestra que ese crecimiento sería insuficiente para estabilizar el ratio deuda/PIB.

Antes al contrario, atendiendo a las recomendaciones de Draghi, si las políticas de recortes no cesan inmediatamente la ratio de deuda/PIB puede incrementar su tasa de crecimiento debido al proceso deflacionario en el que nos encontramos. Todo esto nos permite reafirmar, desde este razonamiento económico, que solo hay dos salidas al escenario deflacionista, y por tanto, de estabilización de deuda.

Por un lado, el Gobierno puede aprobar unos recortes presupuestarios de forma que se genere un brutal superávit de, como mínimo, el 6% en 2015. Recordemos que la previsión de déficit del Gobierno en los actuales Presupuestos Generales del Estado es del 4,2% del PIB, en 2015, por lo que los recortes literalmente colapsarían la economía, con el efecto contrario al que se pretende. Ésa, por tanto, no puede ser la solución. La segunda posibilidad que existe, como corolario de este escenario, es una reestructuración de la deuda que permita reducir o incluso hacer desaparecer la necesidad de generar superávits primarios tan elevados.

Aquellos que afirman que una reestructuración provocaría una catástrofe financiera mienten a sabiendas, ya que no está en cuestión si se implementará o no, sino qué principios regirán ese proceso. Esto no es Podemología, sino Podenomics. Podemos hacer las cosas de otro modo y con mayores garantías de mejorar la situación actual, aunque la ortodoxia económica lo niegue y se empeñe en seguir aplicando sus erróneas recetas.

Por poner un ejemplo: existió una quita en Grecia en 2012 que no solo no sirvió para estabilizar la deuda, sino que ha tenido como consecuencia un incremento de la misma hasta un insostenible 174%. Para evitar estos efectos, algunos de los principios que deberían regir la reestructuración son:

1) Ha de permitirse una reducción suficientemente elevada como para generar el espacio fiscal necesario para aplicar una política económica independiente. Cuanto más se tarde en acometer esta tarea, más grande tendrá que ser la quita y más altos serán los costes. En el caso de Grecia, se estima que la reducción necesaria hoy es de más de 200 mil millones de euros. La irresponsabilidad es que, sabiendo la dimensión de estos datos, se demore el proceso hasta que el endeudamiento se haga insostenible, se provoque un impago y la capacidad de acción se limite a asentir los condicionantes de la Troika.

2) Ha de implementarse con los debidos controles democráticos. Dado que la reducción de la deuda afecta tanto a deudores como acreedores, hay que establecer mecanismos que permitan equilibrar la negociación de la quita de forma que el resultado final no sea una catástrofe social para los primeros ni una pérdida inasumible para los segundos. El nombre técnico sería una auditoría democrática.

3) Hay que conjugar diversas medidas. Aunque por limitaciones de espacio no sea posible especificarlas aquí, hay un conjunto de medidas que, conjugándose, pueden sin duda diluir el impacto negativo de la quita e incrementar su capacidad de generar espacio fiscal. Recordemos que la sostenibilidad de la deuda no depende del tipo de interés, sino que depende de manera crucial del crecimiento económico. Dentro de márgenes razonables, la generación de inflación permitiría reducir la carga de la deuda, liberando recursos del sector público —como contraposición a la deflación actual—, y la reducción del valor facial de las hipotecas liberaría recursos disponibles en los hogares.

El continuo golpeteo del "TINA" (There Is No Alternative) no es síntoma de debilidad económica en el planteamiento de la Podenomics. Es síntoma de que las recetas conservadoras se esconden siempre detrás de la supuesta asepsia técnica de la economía. Si existen proyectos económicos conservadores y progresistas no es porque unos sean más "verdad" que otros, sino porque ambos llevan implícitos planteamientos políticos diferentes.

Podemos abre un espacio político para la aplicación de propuestas económicas que durante décadas han desarrollado los economistas críticos. Es el momento del cambio, también en la ciencia económica. Es posible afrontar ese cambio radical con garantías de rigor y sin temor al vacío, puesto que existe un soporte consistente de muchos años de desarrollo del pensamiento económico heterodoxo que lo avala.

El caso de la deuda es un ejemplo de incuestionable relevancia: ni es tabú, ni es irracional, ni es imposible afrontar su reducción, aunque sí resultará cada vez más imposible si no se aborda con planteamientos e instrumentos de actuación radicalmente distintos a los actuales.

 

[1] La fórmula sería: , donde S es el superávit primario, r el tipo de interés nominal y g la tasa de crecimiento. Con los datos de Eurostat, el cálculo aproximado sería s≥ (0,04814 – (-0,0131))  * 94 = 5,74%