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La 'ecuación V': ¿qué probabilidades hay de que un partido político cumpla su programa electoral?

José Manuel Lechado
Periodista  

Esta es una pregunta que muchos nos hemos hecho antes de depositar, a veces con manos temblorosas, nuestro voto en una urna: ¿qué probabilidades hay de que el partido al que votamos (o cualquier otro) cumpla, si llega al Gobierno, las promesas hechas en su programa durante la campaña?

Sabemos que el cumplimiento no depende sólo de la voluntad de las personas que forman un partido. Hay factores externos, poderes fácticos, elementos ambientales, coyunturas favorables y adversas e incluso buena y mala suerte. Pese a todo, ¿es posible cuantificar de forma matemática qué probabilidad hay de que nuestro voto tenga algún sentido práctico? Se puede intentar si establecemos antes algunas premisas.

Para ello hay que determinar un factor al que llamaremos «V» (de Verdad) que indica esa probabilidad. Es el primer término de la ecuación y equivale a las probabilidades de que un partido concreto cumpla, en el espacio de una legislatura, el cien por cien de las promesas hechas durante la campaña electoral.

En el otro término, a la derecha de la ecuación, situaremos los factores que influyen en la probabilidad de que el programa se cumpla o no. Veremos a continuación esos factores, expondremos la ecuación y, al final, a modo de ilustración, haremos un ejercicio práctico.

1. El primer factor, por supuesto, consiste en que el partido al que votemos gane las elecciones. Llamaremos a este factor «G» (de Ganar). Su valor depende de muchos elementos difíciles de estimar, así que normalmente deberemos establecerlo fijándonos en las encuestas.

2. El segundo factor depende del primero. Nuestro partido ha ganado las elecciones, pero puede tener o no la mayoría necesaria para gobernar en solitario. Si no consigue esa mayoría deberá pactar con otras fuerzas y será complicado que cumpla la totalidad de su programa. A este factor le llamaremos «M» (de Mayoría).

3. El tercer factor se llama «C» (de Cumplir). Suponemos que nuestro partido ha obtenido mayoría absoluta. Ahora entra en juego la voluntad de cumplir el programa o, dicho de otra manera, la sinceridad de los políticos de ese partido. Si fueron unos demagogos este factor tendrá un valor muy bajo. La estimación siempre será imprecisa porque hablamos de cuestiones muy íntimas y emocionales. Aunque hay algunas pistas: por ejemplo, si ese partido ya gobernó antes podremos calcular con mayor precisión el peso de la variable; si se estrena en el Gobierno, resultará más complicado.

4. El cuarto factor es «D» (de Dejar). Se ve influido por elementos externos al partido: opinión pública, coyuntura nacional e internacional, poderes fácticos. Su valor numérico está muy relacionado con el contenido del programa electoral. Si es de corte convencional y conformista, el valor será alto; si es un programa reformista (no digamos ya revolucionario) puede encontrar una fortísima oposición que lo reducirá mucho.

5. Por último tenemos el factor «E» (de Efecto). Suponiendo que todos los puntos previos hayan sido positivos, queda una última opción: que el programa, incluso puesto en marcha con la mejor voluntad y con la máxima dotación de medios disponibles, llegue a surtir efecto. Aquí cuentan, de nuevo, el entorno exterior y un poco la suerte.

La ecuación queda, por lo tanto, con esta forma: V = G x M x C x D x E

¿Y cómo se utiliza? Bien, imaginemos una situación peculiar que para nada se inspira en ninguna realidad pasada, presente o futura. Pensemos en un país dotado de un sistema parlamentario con elecciones periódicas limpias. Este país imaginario se ve sacudido por una grave crisis económica y de valores que amenaza la hegemonía de los partidos tradicionales (en nuestro ejemplo podemos suponer un sistema bipartidista clásico). Al socaire de los acontecimientos han surgido nuevos partidos que, según las encuestas, tienen grandes posibilidades de llegar al poder.

Resulta que usted está harto (o harta. Me consta que también habrá mujeres que lean este divertimento. No obstante, usaré a partir de aquí el masculino genérico, porque la otra opción, la coeducativa y políticamente correcta, es un verdadero coñazo literario)... Harto estaba usted, decíamos, de los partidos turnistas tradicionales. Así que desea apostar por una de estas nuevas siglas. Elige un grupo cuya oferta programática le resulta atractiva. Sin embargo, también está escarmentado de engaños. No se preocupe: la Ecuación V puede ayudarle a dilucidar el verdadero valor de su voto.

Los valores numéricos de las variables, en esta simulación, son imposibles de establecer con exactitud, como es lógico. Sólo se trata de un ejemplo práctico y por este motivo aplicaremos en todos los casos una estimación optimista, porque las matemáticas son así: positivas.

Bien, el partido elegido tiene que ganar las elecciones, porque si no, no hay nada que hacer. Como la crisis es grande y la gente está muy cabreada, le daremos unas posibilidades excelentes, de un 50%. El valor de G es ½.

Supongamos que el partido gana: aún necesita la mayoría absoluta si quiere tener manos libres para cumplir todo lo que prometió. Le daremos a esta variable, de nuevo, un valor alto. Un 50% parece adecuado. Recordemos que estamos siendo optimistas, que la sociedad quiere un cambio razonablemente drástico. El valor de M es también ½.

Ahora debemos jugar con una variable muy etérea. A fin de cuentas un partido no es sólo su líder, ni siquiera su grupo directivo. Es un colectivo lleno de voluntades y egos enfrentados. Mucha gente se apunta a partidos ascendentes sólo por encontrar un buen lugar bajo el sol si las cosas van bien. Con todo, supondremos que nuestro elegido es lo bastante honrado y pensaremos que hay un 50% de posibilidades de que vayan a cumplir de forma efectiva con todo su programa. El valor de C es, de nuevo, ½.

Esperemos que los poderes fácticos no se cabreen mucho con este Gobierno tan poderoso y decidido. Recuerden lo mal que acabó Salvador Allende. La política es mala para los hombres honrados. Sin embargo, nuestro partido no va tan lejos. Es más reformista que revolucionario y, por otra parte, sus líderes despliegan un encanto especial que convence a propios y extraños. Los poderes fácticos, temerosos de que las cosas se les escapen de las manos si no dan un respiro, se sienten inclinados a prestar, por una vez, cierto margen de confianza. Digamos que hay un 50% de posibilidades de que la oposición dé un respiro. Al lector no le sorprenderá saber que el valor que proponemos para la variable D es, precisamente, ½.

Sólo queda la variable final, quizá la más difícil. Los militares, cuando trazan un plan de ataque, saben que casi nada saldrá según lo previsto. Ni la guerra, ni la sociedad, ni la economía, ni la política son ciencias, como tampoco lo son el amor, la cocina ni el psicoanálisis. El factor azar influye tanto en lo que nos ocupa, que incluso las políticas mejor intencionadas, planificadas y dirigidas pueden chocar contra un muro de mala suerte. Sin embargo, nuestro nuevo Gobierno parece caer bien a Fortuna. ¿Qué valor podríamos dar a E? A estas alturas creo que nadie protestará si le colocamos el consabido 50%. E = ½.

Esto da a nuestra fórmula este aspecto tan simétrico: V = ½ x ½ x ½ x ½ x ½

O lo que es lo mismo: (½)5, cuyo valor es 0,03125. Traducido a porcentajes significa que nuestro bienintencionado, potente, eficaz y afortunado partido cuenta con un nada desdeñable 3,125% de probabilidades de cumplir su programa al completo. Visto desde otro ángulo podría decirse que, en sus años de legislatura, quizá cumpla el 3,125% de sus promesas. Y este es un cálculo hecho con previsiones muy optimistas, dando a las variables valores altos.

Por supuesto, se pueden hacer objeciones. Adelantaré yo algunas. La primera, que en la realidad algunas de estas variables podrían establecerse con mucha precisión y quizá con valores más altos. Por otra parte, algunas de las variables serán siempre muy difíciles de establecer a priori. De hecho, casi imposible. Pero la política es azarosa per se y este detalle no le quitaría realidad a esas variables, como el electrón no pierde su existencia a pesar del principio de incertidumbre.

Otra cuestión es el punto de partida de la ecuación. ¿Se podría eliminar alguna de las variables? Sí, se puede, pero entonces tendríamos la fórmula de otra cosa. La Ecuación V pretende calcular, única y exclusivamente, las probabilidades de que un partido cumpla su programa al cien por cien durante la legislatura. Y pretende hacer este cálculo antes de que se emita el voto, no después. Otra posible objeción es que un partido puede cumplir sólo una parte (mayor o menor) de su programa. Así es, sin duda. Y el cálculo de esta probabilidad parcial no es el objeto de la Ecuación V. Entre otras cosas porque el valor de las promesas cumplidas puede variar tanto por la esencia de esas propuestas como por la percepción de cada cual.

Por ejemplo, imaginemos un partido que sólo hizo dos promesas electorales, una ley de educación y una ley de matrimonio civil para tríos de hecho. Sólo lleva a efecto una de esas promesas. ¿Ha cumplido el 50% de su programa? ¿O no lo ha hecho, si se considera que una de las dos promesas —no diré cuál— tiene más peso que la otra? En un artículo futuro quizá ofrezcamos la fórmula que determina las probabilidades de un cumplimiento parcial del programa. Pero no ahora, que se acaba el espacio disponible.

Habrá más objeciones, quejas e incluso chanzas. Por supuesto, con todo el rigor del mundo, desde la matemática, la estadística y el cálculo de funciones, regresiones, probabilidades combinadas y todo ese ámbito de la ciencia tan difícil de aplicar a la política. Recordaré, sin embargo, un par de cosas: una, que las probabilidades no son certezas. La Ecuación V no las da, desde luego. Y otra cosa: que la política no es una ciencia, aunque sus efectos sí son cuantificables, como se sabe. Por último, lo que acaba de leer es apenas una broma que, no obstante, esperamos que le sirva la próxima vez que se pasee delante de las urnas sumido entre la incertidumbre y la esperanza para apreciar mejor el verdadero significado de lo que está a punto de hacer.