Opinion · EconoNuestra

La economía al servicio de las personas: una visión científica

Iván H. Ayala
Profesor universitario de economía, miembro del círculo 3E de Podemos y de econoNuestra. @ivanhayala

Hace unos días el compañero de econoNuestra Ignacio Mártil publicaba en este mismo blog un artículo donde planteaba un dilema que reposaba entre la buena “valoración” que tenían los españoles sobre los científicos y la práctica ausencia de programas televisivos al respecto. Otro compañero de eN José Antonio Nieto, en su último libro, reclama la importancia de sustituir los “gritos” por los razonamientos en la TV. Como economista, me gustaría entrar directamente en el debate sobre la ciencia, y el papel de la economía.

De forma muy genérica, podemos decir que la ciencia nos hace acumular conocimiento sobre fenómenos que observamos, percibimos o intuimos. De ahí que la posición del “científico” en el imaginario colectivo, la ocupe una imagen de una bata blanca y un laboratorio, haciendo complejos experimentos de los que se derivan extraordinarios avances. Sin embargo esta imagen está exclusivamente asociada a los científicos clásicos, los dedicados a las ciencias naturales. Pero si hemos de ser rigurosos, la ciencia no puede reducirse únicamente a esta parcela del conocimiento humano pues entonces la ciencia no permitiría acumular conocimiento, sino únicamente un tipo muy reducido de conocimiento (el referido a los fenómenos naturales).

Ahí aparecen las ciencias sociales, que tratan de entender otro tipo de fenómenos que se derivan de la interacción de los seres humanos en sus ecosistemas sociales. ¿Son menos científicos los economistas, sociólogos y politólogos que los astrofísicos? Para la visión naturalista dominante en el siglo XVIII sí. Esta visión se basa en la creencia en un conocimiento absoluto, el conocimiento objetivo, aquel que es invariable, inmutable ahistórico y atemporal. La gravedad por ejemplo, funciona en cualquier lugar histórico, temporal o espacial por lo que si logramos desentrañar su funcionamiento, será conocimiento inmutable. Esta visión reposa sobre una concepción de la ciencia determinista, es decir, que nos permite saber el resultado de un experimento siempre y en toda circunstancia.

Qué duda cabe que las ciencias sociales no responden a dicha concepción, pues los comportamientos humanos son de todo, menos deterministas: una misma persona puede hacer y decir algo y si le damos suficiente espacio de tiempo, también lo contrario. Esto significa que los fenómenos que se estudian en las ciencias naturales y en las ciencias sociales, son de diferente naturaleza. Mientras que en las naturales se pueden realizar y repetir experimentos, en las ciencias sociales no.

Por eso los desarrollos del siglo XX en filosofía de la ciencia intentaron desarrollar criterios de demarcación que nos permitieran entender qué podíamos considerar ciencia y qué no, pues el naturalismo del siglo XVIII dejaba fuera de estudio todo un conjunto de fenómenos cruciales para el ser humano. Para ello, había entonces que superar una concepción finalista de la ciencia (sirve para estudiar fenómenos naturales) a una concepción instrumentalista (en función de las herramientas que utilicemos en el análisis, lo podremos llamar ciencia o no). Ahí estuvo Popper con su criterio de demarcación, Kuhn, Lakatos o Feyerabend desarrollando cada uno de ellos diversas teorías al respecto. Por supuesto y tal como afirmaba Popper, incluso en las ciencias naturales y mucho más en estos momentos que en los que el filósofo escribía, la parte determinista es muy reducida y se circunscribe únicamente a unos pocos fenómenos (aritmética, ciertas partes de la física, ciertas áreas de la biología, etc.). La posición que defiende que únicamente la parte determinista es ciencia, la llamaremos cientifismo: aquella posición que concede a la ciencia un estatus minusválido y únicamente aplicable a una pequeña parcela de los fenómenos a los que el ser humano se enfrenta, los deterministas, y que además concede a ese conocimiento un estatus superior al obtenido en otras parcelas de conocimiento no determinista. Esto es, una religión basada en la ciencia.

En las ciencias sociales por tanto la ciencia no trata de encontrar regularidades que den lugar a conocimiento determinista (como la gravedad), sino que se trata de explicar los fenómenos, formulando hipótesis y en el mejor de los casos, contrastándolos empíricamente. Por supuesto entonces que hay un elemento de subjetividad en el científico social, ya que las hipótesis y teorías que se formulen dependerán de su comprensión, posicionamiento político, etc. Pero esto no sitúa a las ciencias sociales por debajo de las naturales, primero porque en las ciencias naturales también ocurre esto en los últimos desarrollos teóricos (teoría de cuerdas, física cuántica, astrofísica), y la formulación de hipótesis y teorías son tan dependientes del ser humano (del país, del contexto, de la cultura) que las genera como en las ciencias sociales. Y segundo porque la ciencia en general, necesita recursos y los que financian muchos de los avances en medicina, biotecnología, genética o farmacología por poner algunos ejemplos, son empresas multinacionales con un interés en el resultado “científico” que se obtiene. Si el resultado del descubrimiento depende de quién lo financie, no será tan científico como presumen algunos, claro.

Sin embargo el método actual de la ciencia económica no permite que podamos decir que el estado científico de la economía sea bueno. En economía, las diferentes teorías económicas no se diferencian por el grado de “verdad” que incluya cada una de ellas, en términos de coherencia interna. La principal diferencia radica en las diferentes implicaciones políticas y económicas de cada uno de sus marcos. Por ejemplo, la economía neoclásica, de la que se deriva la ideología neoliberal, tiene una coherencia interna –criticable, pero existente-, de la misma forma que la tienen la economía marxista o postkeynesiana. No obstante, el marco político dónde dicha coherencia puede expresarse es radicalmente diferente: la economía neoliberal necesita de estados cada vez más autoritarios para su funcionamiento. En efecto en las últimas décadas para poder aplicar las recetas neoliberales se ha necesitado de manera creciente deshacerse de atributos clásicos de la democracia, diluyendo ese lazo difuso que había mantenido capitalismo y democracia liberal unidos durante los últimos 100 años. O lo que es lo mismo, en el presente estado de desarrollo capitalista –con una expresión paradigmática en la eurozona- para poder aplicar las recetas neoliberales, se necesita trasladar de manera creciente la toma de decisiones desde instituciones de donde emanaba la soberanía –con sus problemas y limitaciones- hacia instituciones opacas al control democrático –los llamados mercados-.

La economía ha sido en buena medida ajena a este tipo de disquisiciones metodológicas, y la práctica totalidad de los economistas no tienen conocimiento alguno de metodología por lo que simplemente aplican la que viene implícita -ya masticada- en la teoría que aprenden en las universidades. Muchos de ellos incluso creen que son cosas de filósofos, que nos quitan tiempo y evitan que estemos resolviendo los problemas “que verdaderamente preocupan” a las personas, los problemas económicos. Esto nos está llevando a que la práctica de la economía esté muy alejada de la ciencia económica, y esté más bien sirviendo a la fundamentación económica de una totalitarización de las democracias liberales. Las universidades están siendo transformadas (Bolonia, 3+2) para que la educación superior se dedique en exclusiva a la resolución de los problemas concretos de la sociedad a través de opiniones de los expertos licenciados. Expertos entrenados únicamente en un marco conceptual, el neoclásico, incapaces de explicar ciertos fenómenos económicos bajo otro prisma.

A nadie le puede extrañar entonces el estrepitoso fracaso tanto en la predicción –los errores de predicción fueron históricos entre 2007 y 2008 “nadie lo vio venir”– como en la gestión de la presente crisis económica –las previsiones para las economías avanzadas se pueden observar en el gráfico de abajo. Los expertos que generan dichas previsiones y análisis lo hacen dentro de un marco que es incapaz de entender los fenómenos financieros que han acaecido en las últimas décadas: simplemente los ignora. La importancia de los procesos financieros junto con el incremento del endeudamiento asociado, no se puede entender desde el marco neoclásico. Al menos no en su totalidad. Para ello es necesario entender la naturaleza endógena del dinero, la forma en que se distribuye la renta generada en una economía, el papel de la deuda en una economía capitalista o las relaciones existentes entre los diferentes grupos sociales. Es decir, se necesita un enfoque plural, que es lo que se está reivindicando desde diversos sectores académicos y sociales, como recordaba el compañero Esteban en esta entrada de este mismo blog, a nivel nacional con econoNuestra a la cabeza e internacional.

Es necesario tomarse en serio la economía, y dar sentido a eso de “una economía al servicio de la gente”: poner el aparataje científico de la economía al servicio de un marco político más justo. No solo es socialmente necesario, sino que es científicamente relevante. El fracaso científico de la economía neoclásica debería ser suficiente para una remodelación de la práctica científica en la economía (el famoso cambio de paradigma de Kuhn, el evolucionismo científico poperiano o la anárquica acumulación científica de Feyerabend). Pero dado que esa práctica está respaldada por unos intereses políticos, es necesario el cambio político también para un cambio dentro de la economía. Los mecanismos endógenos evolutivos en la economía están debilitados porque la práctica científica de la misma ha sido políticamente debilitada. No defendemos que el cambio en la economía tenga que ser político, sino que para defender otros marcos políticos diferentes del descrito, es necesario incrementar el pluralismo en la economía, lo que además redundará en un incremento en la calidad científica. La economía, secuestrada por de sus sola teorías –la neoclásica- no puede estar más alejada del método científico en estos momentos.

Tanto el cambio político como el cambio económico son dependientes, y tienen una relación bidireccional.