Opinion · EconoNuestra

Meter un sueño

Sergio Pérez Páramo
Economista

Si no recuerdo mal, el cineasta Luis Buñuel confesaba en cierta ocasión que cuando no encontraba la forma de dar por cerrado determinado pasaje del guión acababa decidiéndose por la siguiente opción: “meter un sueño”.

Y reconocía también que este tipo de soluciones no solían ser del agrado de ningún tipo de productor, y mucho menos de un determinado sector del público, ya que, es preciso recordar, hasta una serie de artefactos llegaron a explosionar durante la proyección y estreno de su primer largometraje, “La edad de oro”.

Resulta curioso el heterodoxo enfoque al que reconocía recurrir de forma puntual el director nacido en Aragón. Si aplicáramos esta técnica al conjunto de relaciones económicas en el que interactuamos hoy, la interpolación consistiría en algo tan sencillo como en aceptar cierto grado de improvisación, en dar asimismo por buena una mínima predisposición a acomodar pequeños, concretos y parciales cambios de guión.

De este modo, “meter un sueño” no significaría la introducción de un referente que actuara como falso generador de esperanza y motivación. Este tipo de sueños solo terminan implicando bloqueos colectivos de orden superior. Para evitar la pesadilla y salvar la dignidad de la sociedad tan solo se requiere escenificar y materializar la posibilidad de que una nueva realidad sea capaz de romper el envilecimiento del esquema actual.

Y como siempre suele suceder, la distinción entre lo onírico y lo real no atiende a reglas de perdurabilidad. Hace tan solo cinco años nadie habría podido imaginar las nuevas líneas de prioridad que algunos de los recientemente electos representantes democráticos acaban de demostrar. Están “metiendo sueños” cuya conversión y ulterior materialización en realidad se debe concretar, de lo contrario se reiniciará el vertiginoso proceso por el que hasta las más nobles esperanzas también se han de degradar.

Conocemos que una improvisación crónica carece de estructura sustancial y objetivo integral. Para variar el sentido hacia el que las profundidades nos llaman a descarrillar se debe jugar no solo a quebrar un rumbo errado desde el punto de partida inicial. También existe la opción de saltar al otro lado de la realidad, doblar 180º el espacio de nuestro contexto referencial y consentir que la unidireccionalidad siga proyectándose allá hacia donde quiera llegar.