Opinión · EconoNuestra

Comercio exterior y estrategia ofensiva

David Rico
Economista del círculo 3E de PODEMOS.

El ámbito del comercio internacional es uno de los muchos espacios que debemos transformar para una nueva sociabilidad mundial. Una propuesta estratégica consiste en pasar a la ofensiva siendo propositivos: elevar las barreras arancelarias y ejercer medidas de política comercial para las mercancías producidas sin respetar los derechos humanos ni el medio ambiente. En primer lugar, estas medidas van destinadas a evitar el chantaje de las deslocalizaciones con las que amenazan las multinacionales, ya que éstas juegan con la competencia a la baja en costes laborales. Se trata de poner sobre la mesa de discusión sobre comercio internacional medidas favorables a las clases populares que nos saquen de las posiciones defensivas.

La presentación de estas nuevas políticas debe tener un diseño limitado a ciertos sectores y países para tener posibilidades ciertas de implementación. Los objetivos maximalistas generarían un inmediato cierre de filas contra el mercantilismo, mientras que un diseño táctico limitado permitiría fragmentar el bloque político neoliberal con beneficios a determinados actores productivos que generen más empleo, refuercen la soberanía, mejoren el tejido productivo, tengan interés ambiental o debiliten el dominio de las multinacionales. Estas maniobras favorecerían nuevas alianzas con sectores o PYMEs que refuercen los gobiernos populares. Por otra parte, la utilización del arma de la política comercial europea en un sentido popular permitiría ir introduciendo ejemplos de una globalización alternativa en la que se produciría una equiparación al alza de las condiciones laborales y estándares ambientales.

Como expresión concreta de esta nueva táctica podríamos ver el ejemplo dramático de las fábricas de textiles en Bangladesh, donde multinacionales europeas han deslocalizado la producción. Tras un derrumbamiento catastrófico se desataron grandes huelgas por derechos laborales y subidas de salario, mientras la actual UE permaneció en silencio, aunque podría haber utilizado la política comercial como en otros conflictos mundiales. Unos representantes plebeyos en las instituciones podrían haber instado medidas de política comercial tras reunirse con los sindicatos de Bangladesh, de manera que la UE solicitase al gobierno de Bangladesh el reconocimiento de derechos laborales y subida de salarios mínimos de sus trabajadores, con el elemento de presión, de subir paulatinamente los aranceles a los textiles importados desde Bangladesh por producirse sin respeto a los derechos humanos. En definitiva, podríamos haber apoyado desde Europa la lucha de los trabajadores asiáticos para que la nivelación de las condiciones de trabajo fuesen al alza y no a la baja. Ejemplos como éste se pueden observar en el sector agrícola, las industrias química o metalúrgica, electrónica… En todo caso, hay que mantener siempre la precaución para no provocar desabastecimientos o subidas drásticas de precios de bienes de consumo básicos.

La esencia política de esta nueva estrategia reside en la necesidad de todo proyecto de liberación social exitoso de ofrecer un modelo alternativo de sociedad que sea más deseable que la sociedad dada. Desde los años 70 del siglo XX, la reacción neoliberal consiguió derrotar culturalmente a las experiencias socialistas como portadoras del modelo social del porvenir. El hundimiento del mundo socialista y la emergencia de la globalización capitalista marcan una sensación de impotencia que conduce a la izquierda movimentista a posiciones resistencialistas en todos los frentes, caracterizadas por el “NO” y por los “anti”. Se ha vivido una situación de rechazo defensivo a cada una de las ofensivas neoliberales que estaban diseñando e implementando un nuevo mundo a su medida. Desde Seattle (1999) hasta OWS (2011) el valor de las resistencias reside en haber puesto los cimientos de nuevas articulaciones contra-hegemónicas que aspiran al asalto institucional y que deben ofrecer una alternativa de sociedad si no quieren verse subsumidas en la lógica dominante ultraliberal.

El sistema de comercio exterior español está determinado por la UE, que a su vez se encuadra en acuerdos internacionales entre los que destaca la OMC, y esperemos llegar antes de que se cierre el TTIP. El escenario de un gobierno plebeyo en el estado español permitiría una nueva relación de dos direcciones España-UE en un contexto de recuperación de soberanía popular. Los espacios de regulación aduanera y comercial en la UE serán un escenario de batalla donde se habrán de iniciar negociaciones proponiendo las nuevas lógicas que irán en contra de los intereses del bloque lobista y sus actuales valedores políticos. Esto conduce a algunos analistas a afirmar una supuesta impotencia de España para operar políticas económicas a la ofensiva; suele afirmarse que el ámbito de decisión excede al estado. En primer lugar, tenemos que asumir que sin el estado quedan muy pocas instancias alternativas de poder a las que acceder democráticamente y con capacidad de intervención en un mundo bajo una dictadura material de los mercados internacionales. El estado se revela como un instrumento fundamental para intervenir en lo real, poniendo barreras al “imperio” de las transnacionales y revertir el diseño de un mundo a la medida de las corporaciones.

A nivel puramente nacional existen márgenes en tanto que las políticas únicas aduaneras se desarrollan por los estados nacionales y la transposición de las mismas no es igual en todos los estados miembros, donde se establecen reglamentos de ejecución o controles para-aduaneros que podrían proteger o penalizar industrias concretas sin quebrantar la debida coherencia con la normativa comunitaria. Es conocido que teniendo la misma legislación aduanera, por ejemplo los procedimientos son mucho más flexibles en Holanda que en Bulgaria, y esto expresa una heterogeneidad que un gobierno soberanista podría aprovechar.

La estrategia propuesta de utilizar los aranceles y la política comercial para ir ganando posiciones en base a los derechos humanos y el medio ambiente, no se plantea en sí misma como la nueva forma de comercio mundial, sino para ir ganando posiciones aprovechando la potencia del estado como un freno a la mercantilización global. Hemos aprendido de los movimientos de liberación del siglo XX que el estado es un mediocre dinamizador desde arriba de nuevas prácticas socioeconómicas, y deberán ser los agentes sociales los que articulen “la nueva sociedad”. Debemos aprovechar las actuales experiencias de asalto institucional para “accionar los frenos de emergencia de la historia” en palabras de Walter Benjamin.