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Equilibrio Social

Rubén F. Bustillo
Máster en Economía Internacional y Desarrollo

En la ciudad de Trujillo, al norte del Perú, Luis Ángel Pastor, de 20 años de edad, fue atrapado por vecinos de una urbanización llamada "El Bosque" cuando intentaba darse a la fuga en bicicleta tras robar un móvil a una chica de 21 años. Dichos vecinos le golpearon con sus cinturones hasta que fue auxiliado y trasladado a comisaria por serenazgos de la ciudad. En otra ciudad, Mazamari, a 400 km de Lima, la población amarró semidesnudo a un ladrón a un poste y en el momento en que iba a ser custodiado por las autoridades se desató la ira y varios vecinos golpearon al delincuente.

Estos incidentes, para nada casos aislados, son el resultado de una campaña llamada "chapa tu choro" -agarra a tu ladrón- (aunque han aparecido variedades a esta campaña entre las que destaca "chapa tu choro y déjalo paralítico" o "chapa tu choro y línchalo") iniciada por una experta en comunicación con aspiraciones políticas, que ha calado profundamente en una población indignada ante la escalada de robos y delincuencia que azota al país. En las últimas semanas los periódicos y medios de comunicación peruanos se han llenado con noticias de diversas localidades impartiendo el "ojo por ojo, diente por diente". Numerosas cuentas de Facebook y YouTube muestran imágenes y vídeos de brutales agresiones que encuentran su justificación en el argumento de ser en legítima defensa por parte de una población que se siente indefensa y que considera a las instituciones incapaces de hacer frente a este problema.

Hace pocos días leía un artículo de Javier Mestre que guarda cierta relación con la campaña descrita. En su artículo el autor describe una imagen que le inquietó en su visita a Perú; la cantidad de vallas electrificadas que rodean los edificios, especialmente en los barrios de clase media y alta, y el gran número de personal de seguridad que vigilan sus calles. Cualquiera que visite Perú podrá comprobar que la sensación de inseguridad entre los ciudadanos, especialmente en las grandes ciudades, es patente. Mestre asegura, en mi opinión de forma acertada, que "la clase media peruana ha entrado en la progresiva bunkerización que sufren las clases medias de otros países latinoamericanos" y que "ese incremento de la violencia cotidiana es paralelo al asentamiento del neoliberalismo como régimen económico y político indiscutible".

El modelo de crecimiento peruano y su impacto en la pobreza y la desigualdad

Los años de crecimiento económico en Perú han venido acompañados de una fuerte reducción de la pobreza monetaria, especialmente desde 2007, en gran medida debido a políticas estatales de corte asistencialista en zonas rurales las cuales han permitido a parte de la población acceder a una canasta básica de alimentos. No obstante la pobreza multidimensional y la desigualdad de ingresos en el país continúa siendo elevada, siendo Perú uno de los países más desiguales en un continente que es de por sí el más desigual del mundo. Aunque desde instancias oficiales se asegura que ha habido una mejoría en las últimas décadas, diversos estudios muestran que la desigualdad de ingresos se mantiene prácticamente igual desde 1975 [1] e incluso que ha empeorado.

Por otro lado, ciertas voces llevan un tiempo alertando del preocupante proceso de polarización espacial y entre grupos sociales que se está asentando en el país [2]. Es importante tener en cuenta que en Perú, al igual que en muchos países, ha ido produciéndose en las últimas décadas un continuo proceso migratorio de las zonas rurales (tanto de la sierra como de la selva) a zonas urbanas y a las grandes ciudades, principalmente Lima (donde en la actualidad vive aproximadamente un tercio de la población). Los nuevos pobladores se han ido asentando en los cerros y en la periferia de las ciudades formando grandes barriadas de viviendas informales, muchas de ellas sin acceso a agua o saneamiento. Esta nueva población, hasta entonces empleada en gran parte en actividades agropecuarias de subsistencia, empieza a desarrollar nuevas ocupaciones características del ámbito urbano produciéndose lo que Mestre califica como "proceso de proletarización de la sociedad indígena y rural".

En este contexto no es de extrañar que diferentes datos corroboren los postulados de los que defienden que se está produciendo una profundización en los niveles de desigualdad. La distribución funcional de la renta, según datos del Instituto Nacional de Estadística e Informática de Perú (INEI), muestra cómo la remuneración total al trabajo, que en 1991 representaba alrededor del 30% del ingreso nacional ha ido reduciéndose progresivamente hasta situarse en el 21,7% en 2012 a la vez que ha ido aumentando la remuneración al capital. Además, en la última década, mientras la productividad del trabajo ha incrementado notablemente y el PIB per cápita se ha triplicado, los salarios han permanecido prácticamente estancados. Otros datos muestran una enorme diferencia en términos de retribución de los asalariados entre los distintos departamentos y áreas geográficas del país, sugiriendo que la desigualdad en el ingreso a nivel nacional, lejos de mejorar, también ha empeorado durante la época de crecimiento. Si además tenemos en cuenta la debilidad de los sindicatos desde la época de Fujimori, la práctica inexistencia de cualquier movimiento social, la precariedad e informalidad laboral (78,5% a nivel nacional y casi el 70% de los empleos urbanos), el exceso de oferta de mano de obra no cualificada (que contribuye a la creación de un enorme ejercito industrial de reserva) o el asentamiento de una estructura de mercado controlado por grandes monopolios (principalmente empresas extractivas), no es descabellado pensar que el modelo neoliberal que se está plasmando en Perú potencia la desigualdad y la precariedad entre las clases humildes.

¿Genera desigualdad y precariedad el crecimiento económico?

"Todo lo que hace aumentar la abundancia de un país contribuye a abaratar la mano de obra, donde se maneje bien al pobre. Pues lo mismo que se debe evitar que pase hambre, conviene impedir que reciba nunca lo bastante para poder ahorrar. El interés de todas las naciones ricas consiste en que la mayor parte de los pobres no puedan estar desocupados casi nunca y que, sin embargo, gasten continuamente lo que ganan. En una nación libre, en la que no se permite la esclavitud, la riqueza más segura consiste en una multitud de pobres laboriosos. Para hacer feliz a la sociedad y tener contentas a las gentes, aun en las circunstancias más humildes, es indispensable que el mayor número de ellas sean, al tiempo que pobres, totalmente ignorantes".

Esta peculiar cita es de Bernard Mandeville, autor de la famosa obra La Fabula de las Abejas [3], donde el autor desarrolla una justificación a la pobreza y expone su utilidad para el "interés de las naciones ricas". Aun considerando superado (a pesar de que todavía mantiene leales seguidores) el pensamiento mandevilliano que defiende la idea de una desigualad social necesaria e inevitable para el proceso de acumulación, la evidencia y los datos parecen corroborar los postulados de aquellos que aseguran que el sistema capitalista tiende a generar una división entre un grupo privilegiado que acumula riqueza y otro grupo, mucho más grande, que sufre la situación de pobreza, se ven forzados a realizar trabajos precarios y mal pagados y que además viven en una situación de inseguridad constante.

En su obra La Sociedad Opulenta (1958) el reconocido economista John Kenneth Galbraith cita a Henry George, que allá en el año 1897 también se preguntaba por qué en un periodo de crecimiento y adelanto económico general tenía que haber tanto trabajo "condenado a ociosidad involuntaria y tanta necesidad, sufrimiento y ansiedad entre las clases trabajadoras". Es más, George se preguntaba por qué tenía que ser su efecto (el del crecimiento económico) el de "empeorar las condiciones de las clases más bajas" [4].

Galbraith, a modo de respuesta, defiende que se ha producido un cambio radical de las antiguas preocupaciones de la vida económica, principalmente la aspiración por mitigar la desigualdad o la pobreza, y se ha impuesto una sola preocupación que es la producción. La producción se ha convertido en el patrón de éxito indiscutible y por lo tanto en la medida de calidad y progreso de las sociedades. Sin embargo, asegura, no otorgamos igual importancia a todo tipo de producción sino que "nos mostramos orgullosos de la producción de los bienes más frívolos [y] nos lamentamos de algunos de los servicios más importantes y que más contribuyen a la civilización" [5]. Para Galbraith, las sociedades celebran la producción privada mientras que condenan los servicios públicos, que son considerados una carga y una "tendencia maligna". Esta dicotomía entre producción privada y pública produce una serie de contradicciones que el autor refleja en numerosos ejemplos como el que sigue:

"Las aspiradoras que aseguran la limpieza de las casas son dignas de toda alabanza y se las considera especiales dentro de nuestro nivel de vida. Pero los carros de limpieza para asegurar la limpieza de las calles constituye un gasto deplorable. Parcialmente a resultas de esto, nuestras casas son generalmente limpias y nuestras calles asquerosas. (…) [6]

Según esta perspectiva los servicios públicos se han visto sujetos a actitudes negativas mientras que las virtudes de la producción privada han sido exaltadas por el marketing y las campañas de publicidad modernas. Además, el hecho de concentrar los recursos existentes en la producción privada de bienes (que en su mayoría no son necesarios y que intentan saciar unos deseos que no pueden ser nunca satisfechos por la continúa creación de nuevas "necesidades"), impide dirigir los esfuerzos hacia otro tipo de campañas, como puede ser la investigación (entiéndase una investigación fuera de la lógica empresarial que ayude al desarrollo de las naciones), la formación en capital humano, implementar políticas activas de empleo o incluso fomentar el progreso técnico para ayudar a empresas rezagadas.

Sobre la necesidad y posibilidad de alcanzar una situación de equilibrio social

Para Galbraith, una consecuencia fundamental que deriva de la dicotomía entre producción privada y pública y de su consecuente e "implacable tendencia a proporcionar un opulento suministro de unas cosas y una cosecha avarienta de otras" [7] es la creciente sensación de malestar e insalubridad social. El fracaso de mantener una relación coherente entre los servicios públicos con respecto a la producción privada sería también la causa final de los disturbios sociales, de la desigualad y del mal funcionamiento del sistema económico. Por lo tanto para conseguir un crecimiento sano y sostenible sería imprescindible avanzar hacia una situación de coherencia entre ambas esferas de la producción para alcanzar, usando la terminología de Galbraith, una situación de equilibrio social.

Afortunadamente el debate sobre la posibilidad de alcanzar un crecimiento sostenido y estable con altos niveles de pobreza y desigualdad ha resurgido a raíz de la presente crisis internacional. Existe una fuerte corriente, sustentada por importantes economistas, que mantiene que un alto nivel de desigualdad afecta negativamente al crecimiento siendo un obstáculo para el mismo. A este consenso se ha sumado incluso economistas del Fondo Monetario Internacional que, en recientes estudios, han reconocido las consecuencias negativas de la desigualdad sobre el crecimiento. En un informe de 2014 economistas de este organismo afirman que sería un error centrarse en el crecimiento y dejar la desigualdad de lado, no solo porque la desigualdad pueda ser éticamente indeseable sino porque el crecimiento resultante puede ser bajo e insostenible [8].

No obstante las palabras se las lleva el viento al tiempo que las medidas "de estabilidad" implementadas por los gobiernos parten de unas premisas distintas y fomentan el incremento de la desigualdad. A día de hoy el objetivo principal e imperante de las naciones continúa siendo de forma indiscutible el crecimiento (y la producción) y por lo tanto la reducción de la desigualdad y de la pobreza se plantea por su posible efecto negativo sobre el objetivo último pero no necesariamente como objetivos en sí mismos.

Acciones directas para alcanzar una situación de equilibrio social, como puede ser garantizar unos ingresos mínimos a las familias, implementar políticas de trabajo garantizado, una agenda de inversión estatal y potente en educación, investigación o desarrollo y, en definitiva, encaminar los recursos hacia las necesidades más importantes como sociedad, están fuera de la agenda prioritaria de los gobiernos. Solamente, bajo la creencia dominante, las acciones encaminadas a aumentar la producción privada es buena mientras que el gasto público y la intervención estatal es perjudicial, contraproducente e irresponsable.

Galbraith planteaba que lo decisivo era comprobar "si necesitamos realmente más aquellos servicios que perfeccionan el equilibrio social o aquellos bienes privados de los que estamos abastecidos con mayor abundancia que nunca" [9]. Para ello es imprescindible la acción estatal y aumentar por lo tanto el odiado y desprestigiado gasto público. Yo, por mi parte, me pregunto si las acciones encaminadas a alcanzar esa idónea situación de equilibrio social, con las implicaciones que conlleva, son viables dentro de los márgenes del actual modelo económico y compatibles con la dinámica necesaria para garantizar su persistencia. La realidad muestra constantemente que el desequilibrio social es inherente a la dinámica económica del modelo capitalista y, consecuentemente, la causa final de la situación de desigualdad, inestabilidad y conflicto que refleja, por ejemplo, la situación descrita sobre Perú al inicio de este escrito.

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[1] fecha en que se publicó un estudio pionero al respecto: Webb, R. y Figueroa, A.(1975): Distribución del Ingreso en el Perú. Lima: IEP
[2] Ver: Escobal, J. (2012): Multidimensional poverty and inequality of opportunity in Peru: Taking advantages of the longitudinal dimension of young lives. Young Lives. Oxford: Oxford Department of International Development. y también: Escobal, J. & Ponce, C. (2012): Polarización y segregación en la distribución de ingreso en el Perú: Trayectorias desiguales. Lima: Grade.
[3] El título completo es: La fábula de las abejas o los vicios privados hacen la prosperidad pública. La primera versión de este texto apareció en 1705. En los años siguientes aparecieron nuevas ediciones hasta el año 1724, año en que alcanzó la versión final.
[4] George, H. (1879): "Progress and Poverty". Fiftieth Anniversary Edition, Nueva York, Robert Shalkenbach Foundation, 1933, p.5. en Galbraith, J.K. (1958): La Sociedad Opulenta. Austral (2012), p.66.
[5] Galbraith, J.K. (1958): La Sociedad Opulenta. Austral (2012), p.134.
[6] Ibid., p. 135.
[7] Ibid., p. 219.
[8] Ostry,J.D. et al. (2014) Redistribution, inequality and growth. Research Department. IFM, p.25.
[9] Galbraith, p.262.