Opinion · EconoNuestra

Cambio, capitalismo y centralidad

Fernando Luengo
Profesor de economía aplicada de la Universidad Complutense de Madrid,
miembro de econoNuestra, del círculo Energía, Ecología y Economía
y del Consejo Ciudadano Autonómico de Podemos

El objeto de las líneas que siguen es reflexionar sobre dos aspectos, en mi opinión decisivos, a la hora de enfrentar la salida a la crisis económica.

El primero de estos asuntos, por lo general omitido o ignorado, se refiere a las profundas transformaciones, diría que sistémicas, experimentadas por los capitalismos europeos. Por decirlo con claridad: los capitalismos que surgen de la crisis (que, por cierto, estamos muy lejos de haber superado) son, en aspectos sustantivos, distintos de los que la provocaron.

No son un suma y sigue de lo conocido hasta ahora. Se aprecian transformaciones de gran calado que apuntan, entre otros factores, a los mecanismos de acumulación; transformaciones que tienen su origen en la privilegiada posición del capital frente al trabajo. No hace falta decir que esta relación asimétrica forma parte del adn del capitalismo, pero sí hay que aclarar que el desequilibrio en la relación de fuerzas ha alcanzado proporciones desconocidas en la historia reciente, tanto en la economía española como en el conjunto de los capitalismos europeos.

Esta ha sido una de las consecuencias más trascendentes de la Gran Recesión que ha abierto las puertas a la Gran Transformación. La gestión oligárquica y autoritaria de la crisis ha sido, desde esta perspectiva, un éxito indiscutible para el poder.

Estos años hemos asistido a un formidable proceso de extracción de renta y de riqueza desde la población hacia las elites. Más allá de la austeridad (término confuso y desgastado, instalado más en el territorio de la política económica que en el más relevante de la economía política), estamos ante la consolidación de un capitalismo patrimonial y extractivo, que ha llegado para quedarse.

Un capitalismo que, aprovechando el desorden y la inseguridad provocados por la crisis, beneficiándose de la inacción o la complicidad de la izquierda tradicional y ante la incapacidad de sostener un crecimiento prolongado y suficiente desde el que generar nuevos consensos, ha roto los puentes institucionales alrededor de los que se articulaban las políticas redistributivas. El conflicto por la apropiación del excedente, consustancial en el capitalismo, se resuelve en este escenario a través de la confiscación.

¿Son conscientes las izquierdas y los partidos que quieren poner a la gente en el centro de sus políticas del alcance y de las consecuencias de esta verdadera refundación del capitalismo? Creo que no, o al menos no lo suficiente.

Las urgencias electorales y el deseo de situarse en la zona tibia del electorado dificultan esta reflexión. Y, claro está, hace difícil extraer las conclusiones que se derivan de este diagnóstico, piedra de toque para hacer otra política que tendrá que combinar lo urgente y lo necesario; llevar a cabo un plan de emergencia económica y social y al mismo tiempo tomar medidas encaminadas a desactivar los nudos gordianos sobre los que se levanta este capitalismo. Esta perspectiva es, además, crucial para hacer pedagogía entre la ciudadanía, que, en definitiva está llamada a protagonizar los cambios.

El segundo de los asuntos que deseo comentar se resume en un término, continuamente invocado por partidos de todos los colores: la centralidad. En su acepción más extendida, y más banal, se trataría de ocupar el centro del tablero político, espacio supuestamente habitado por un amplio espectro del electorado, cuyo voto y aspiraciones oscilarían entre la derecha moderada y la izquierda razonable.

Los partidos, también los del cambio, convertidos en máquinas electorales en busca del voto, han puesto su punto de mira en ese electorado de centro. Como quiera que se razona que esos votantes potenciales son pragmáticos, poco amigos de radicalismos, se han puesto manos a la obra para remodelar sus programas, eliminando algunos de sus objetivos –que en algunos casos eran una seña de identidad de los movimientos sociales de los que surgieron- o suavizándolos para hacerlos más digeribles.

Ha quedado diluida o simplemente pervertida otra aproximación de la centralidad, muy distinta de la anterior, y muy necesaria si queremos avanzar en una salida de la crisis sostenible, equitativa y democrática. Sin ignorar la estructura de clases del capitalismo contemporáneo –sin desconocer tampoco la complejidad de la misma- y los intereses distintos y a menudo contradictorios que emergen de esa estructura, se propone desde esta otra perspectiva una problemática que, en buena medida, trasciende el perímetro de las clases sociales, que tendría capacidad para recorrerlas transversalmente, generando una comunidad de intereses, un sujeto político.

Esta problemática tiene que ver, entre otros temas, con la sostenibilidad de los procesos económicos y de nuestra manera de vivir y de consumir, con la conquista de empleos decentes, con el ejercicio de los derechos ciudadanos, con la transparencia, el control y la proximidad de las instituciones, con la igualdad de oportunidades, con la defensa de la equidad y la cohesión social y con la aplicación de políticas reparto de tiempos, renta y riqueza.

Todo ello supone trascender la lógica del crecimiento, que unos y otros invocan continuamente, y también la recuperación de los viejos modelos de estado de bienestar, instalados en esa misma lógica y en unos equilibrios de poder que han sido dinamitados por la crisis y la gestión de la misma que han impuesto las elites. El capitalismo, cada vez más oligárquico, nos empuja hacia un escenario de degradación social, institucional y medioambiental. Por esa razón, el desafío al que se enfrentan los partidos del cambio es enfrentar de manera decidida la referida problemática y convertirla en objetivos sólidamente anclados en la agenda política.