EconoNuestra

Capitalismo: Padre del DAESH

Miguel García
Investigador y Economista, miembro de econoNuestra

Vivimos rodeados de cabrones. O eso se comenta. Nuestros gobiernos y partidos nos dicen que no hay que preocuparse de nada. Que los buenos, es decir nosotros, vamos a acabar con la personificación del Mal, el terrorismo del DAESH. Que no hay nada que no solucionen bombas y militarizar la sociedad. A otros no les gusta esa historia. Dicen que nuestros gobiernos son militaristas y malvados, que aquí en occidente tampoco somos muy limpios. Pareciera que vivimos en un sistema relativamente democrático y justo, pero con cada vez más malas hierbas. Nos negamos a ir a la raíz. Nos negamos a salir de un análisis moralista de tufo poscolonial. Normal, si no, no estaríamos donde estamos.

Así, el problema orbita entre si ellos son los malos o si ellos solo son peores porque nosotros también apestamos–esa deliciosa sensación de culpa que deja el seguir jodiendo la marrana en nuestro patio trasero imperial, nuestra trastienda de chapapote al por mayor. Como penitencia por nuestros pecados decimos querer ir al origen del asunto y señalamos la codicia de nuestras empresas y gobiernos, nuestro militarismo, como hemos financiado y originado con una mano lo que nos golpea la otra. En verdad, ese relato tiene ciertas dosis de realismo. Pero otra vez estamos de vuelta en el origen.

Buscando querer ajustar algunas malas prácticas a un sistema que en su esencia no está tan mal. El ser humano es un egoísta malvado, un lobo para el hombre; y el capitalismo de la democracia de consumo, si le damos chapa y pintura, cojonudo. Al menos el pescado más fresco en una pescadería siempre podrida, que diría –más o menos- Winston Churchill.

El problema de esta perspectiva, característica del penitente progre occidental, es que es incapaz de tejer una mínima relación empática, de tener una sola respuesta, con los miles de jóvenes que engordan las listas del DAESH. ¿Por qué tantos jóvenes van hacia allá? ¿Por qué no son solo los emigrantes sino sus hijos nacidos europeos? ¿Por qué la mayoría provienen de familias que no tenían claros antecedentes de fundamentalismo religioso? ¿Por qué el desempleo y la falta de oportunidades empapan sus historias? Que sus actos sean injustificables y deleznables no les convierte en portadores de la semilla del mal. De una tara genética hacia el odio que se desarrollaría en todo tiempo y lugar.

Ni la tienen ellos, ni la tenían, obviamente, los millones de alemanes que apoyaron el gobierno de la Alemania nazi o los que lo hacen ahora con Marine Le Pen. Lo que tienen en común ambos tipos de fascismo –pues el DAESH no deja de ser una tipología posmoderna de fascismo- es el personalizar en grupos particulares el origen de problemáticas estructurales. Los problemas son personales y no sistémicos, que decía el sistema.

El característico antisemitismo nazi, como magistralmente analiza Moishe Postone en su libro, "Antisemitismo y Nacional-Socialismo" es un ejemplo crítico. El inventor de la propaganda moderna, Joseph Goebbels, acusaba en sus panfletos a los judíos de ser una etnia "sin patria" y con un afán desmedido "por la acumulación creciente de dinero" especialmente "en la esfera financiera" ¿Son estos los rasgos de una etnia o las características estructurales del capitalismo per se? Del mismo modo, el yihaidismo salafista –la ideología detrás del DAESH- señala como los "cruzados infieles" que "saquean su territorio" y profesan su religión "al falso ídolo del dinero" justifican la Yihad. Un occidente acusado de seguir la única religión del mercado, invadir terceros países y guiarse por su relativismo moral. ¿Les falta razón? Occidente está lleno de eso, pero también es cierto que no más que el petroestado de Arabia Saudí. La contradicción que nunca podrá confrontar el DAESH es que Occidente y los petroestados están insertos en la misma red capitalista global, madre de las contradicciones que explican tanto su origen como él de Marine Le-Pen.

El ser humano necesita siempre en cierto modo condensar su frustración hacia objetos concretos, hacer de caracteres sistémicos rasgos humanos; personalizarlos. De un modo más general la personalización es un fenómeno que se ajusta dentro del marco de lo que el psicoanalista Jaques Lacan describía como metonimia. El acto de designar una idea con el nombre de otra. Como postularía siguiendo a Sigmund Freud, condensar en un mismo significante una variedad de significados más allá de la equivalencia original.

Pongamos un sencillo ejemplo. En la frase "los militares estadounidenses se reunieron en el pentágono", pentágono podría estar haciendo referencia directa a una forma geométrica genérica- su significado original-, pero en la práctica, todos sabemos que pentágono en este caso es la figura metonímica del cuartel general de las fuerzas armadas estadounidenses. Sin recurso metonímico la frase debería ser: "los militares estadounidenses se reunieron en su cuartel general". De la misma manera, si los nazis esgrimían "la crisis la causaron los judíos" estaban, sin saberlo, canalizando la frustración de un abstracto "la crisis la causo el capitalismo" libre de metonimia y personalización.

Metonimia y personalización invaden cada espacio de nuestras vidas. Y ello no es necesariamente bueno ni malo, sino el modo material en el que se constituye nuestro inconsciente. La política y la economía nadan sobre ello. A día de hoy, abundan las diferenciaciones entre el "malvado capital financiero" y el "emprendedor capital productivo", como si las prácticas esclavistas del sector textil fueran mejor que la especulación financiera. Entre "trabajadores privilegiados" y "trabajadores precarios, como si tener un sueldo fijo y no rozar el umbral de la miseria fuera algún tipo de privilegio. Entre los "avariciosos grandes empresarios" y los "inocentes pequeños y medianos", entre el "99% inocente frente al "1%" culpable a ojo de buen cubero.

Fantasías tan falsas como necesarias en la articulación de nuestras vidas. Las fracturas que genera el capitalismo se llenan de discurso para evitar nuestra frustración. Generan ilusión, producen "verdades". He ahí la clave del tan de moda populismo –tanto en su versión de derechas como de izquierdas-.

Y es que detrás de todo esto hay una realidad incómoda y tozuda a la que no queremos mirar. Detrás de los jóvenes guerrilleros del DAESH hay excluidos. Hay desesperación de lo que Marx llamaría proletarios. Hay una oportunidad pérdida y una tragedia en forma de muerte. Como decía Walter Benjamin, cada vez que gana el fascismo no es por su habilidad sino por un error estratégico de los que dicen luchar por la emancipación.

Un momento desaprovechado. El joven radicalizado que se une a Al Quaeda o el DAESH, la joven francesa que milita en el Frente Nacional Francés y el pelado grandullón de Amanecer Dorado en Grecia tienen algo clave en común. Son alguien que ha encontrado una ideología que da cierto sentido de vida a su frustración. A muchos otros solo con consumismo y algo de coaching les sirve.

El DAESH ha ofrecido un relato populista de tinte antimperialista y reaccionario sumamente efectivo entre las clases populares emigradas desde el mundo árabe que pueblan masivamente las barriadas de aluvión de muchas capitales europeas. Estos jóvenes, lejos de estar agradecidos a Occidente respiran su precariedad, la falta de servicios de sus barrios, el desempleo crónico: la marginalidad. Algo que recoge con crudeza la película La Haine. Ahora también tendrán que sufrir aún más el neo-racismo que se nos avecina en forma de "seguridad". Registros policiales, caches indiscriminados, miradas raras en el autobús por el mero delito de tener rasgos árabes.

Nada hace pensar que vaya a disminuir su frustración y por tanto la canalización del exceso. Su estallido puede tomar la forma del DAESH pero también muchos otros: la quema masiva de vehículos que se sucedió durante noches en el mismo Paris en 2005 o el saqueo masivo de comercios en Londres durante el verano de 2011.

Mientras las causas estructurales de su frustración no se solucionen siempre aparecerán vías de canalización para ella. Pueden articularse como motines insurreccionales, tan intensos como breves en el tiempo, o tomar la forma de agencias organizadas, con una canalización larga, que no tiene que ser en todo caso, reaccionaria. No olvidemos que denunciando una frustración similar también surgieron los panteras negras. La desesperanza y el odio no solo los canalizó el fundamentalismo, también Angela Davis.

La diferencia entre emancipación y fascismo está entre la dimensión pedagógica de uno y la vulgarización fundamentalista de otro. Donde unos se ciegan personalizando, otros buscan más allá viendo las causas materiales del problema. Pedagogía en vez de populismo. Y no caer en el cinismo progre biempensante de quitar las bombas para que nuestra comunidad internacional lleve por debajo nuestras empresas. Cambiar militares por gobiernos títeres. Porque de algún modo habrá que seguir teniendo cada uno nuestro coche y petróleo barato para polucionar libremente nuestra ciudades y no a 5 euros el litro que no hay quien llene un deposito ¿No? Las guerras no "las hace el petróleo" ¡Dios libre a los fósiles de la metonimia! Sino personas movidas todo el entramado mercantil de instituciones capitalistas operando en su insaciable ánimo de lucro. En su superación nos va el futuro como especie.

Y en esa lucha de nada sirve alzar la tricolor francesa que ayer herida hoy bombardea salvajemente; como en Argel, como en Vietnam. Nuestras europeas lágrimas de cocodrilo. Porque si hay una bandera que puede unir a todos los franceses, también a los más de 3,5 millones de magrebíes que residen allí; es, como recordaba recientemente el filósofo Alain Badiou, la que nos une como género humano ,la única que nunca alzaran Merkel, Le Pen o la Troika: la bañada por el rojo monocromo. Por eso, los sucesos de Paris no solo son trágicos sino que lo son doblemente. Lo son por el acto de atrocidad gratuita que supuso sí, pero también porque es un síntoma. Síntoma de nuestro fracaso de oponer una alternativa coherente y real a lo que ya hace más de un siglo se nos avisó que era el fruto de abrazarse con amor al capitalismo: la barbarie. Y los desesperados vueltos odio que la alimentan.