Opinion · EconoNuestra

Dos atributos de la economía mundial

José Antonio Nieto Solís
Profesor titular de Economía Aplicada en la UCM, miembro de econoNuestra y escritor

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Transnacional y financiera. Cada vez más transnacionalizada y progresivamente financiarizada (1). Así es la economía mundial actual. Esos son dos de los atributos de las transacciones internacionales en nuestros días. Dos rasgos característicos que ganan fuerza y extienden sus efectos e intensidad al conjunto de las relaciones económicas internacionales. Panamá y sus despachos de abogados son solo un ejemplo de ello.

Las décadas anteriores sentaron las bases de lo que hoy es una realidad incuestionable: ha surgido una economía financiarizada y transnacionalizada que impone sus formas y contenidos, convirtiéndolos en atributos esenciales del capitalismo mundial. Convirtiéndolos también en fuentes permanentes de desequilibrios y crisis recurrentes, que amplían y profundizan las crisis, salpicándolas de turbulencias que alimentan la espiral infernal de una gran recesión potencialmente global.

Nadie debería extrañarse de que el dinero fluya buscando el cauce más cómodo, sin aparente control y sin que nadie pueda ejercer regulación alguna. No deberíamos rasgarnos las vestiduras, porque la economía mundial ha ido confeccionando el traje ideal para que suceda de ese modo. El clímax se alcanzó con el Consenso de Washington y la sacralización de la libertad de movimientos de capitales, como axioma indiscutible para fomentar las relaciones económicas. Como clave de bóveda del paradigma neoliberal, del pensamiento único, de la ortodoxia académica que tan conveniente resulta para la defensa de los intereses de unos pocos, en contra de la mayoría.

Otra cuestión distinta es qué tipo de relaciones económicas se quieren fomentar. Porque… los atributos del actual régimen de acumulación mundial potencian un modo de crecimiento y un estilo de desarrollo que genera desigualdades crecientes, crisis repetitivas, insostenibilidad ecológica y disolución del poder efectivo de las mayoría de los gobiernos del mundo, dentro y fuera de sus fronteras. Mientras, en la UE siguen sin enterarse de lo que pasa; o lo que es peor, pretenden ocultar lo evidente: que esta Europa ya no es útil para la defensa de los intereses de la mayoría de sus ciudadanos.

Transnacionalización significa, entre otras cosas, que la producción, comercialización y distribución de los beneficios de las actividades económicas dependen cada vez menos de las fronteras tradicionales. Y ello implica, entre otras consideraciones, una erosión paulatina del margen de actuación de las políticas fiscales, allá donde existen, porque no muchos países gozan de ese privilegio. De hecho, la fiscalidad marca una diferencia fundamental entre los países subdesarrollados y los desarrollados, aunque en estos últimos la libre movilidad de capitales desvirtúa, también, la esencia y la capacidad de acción de las políticas fiscales.

Financiarización implica, entre otras consideraciones, que casi todas las actividades dependen cada vez más de su dimensión financiera; y conlleva, también, que el sector financiero invade los espacios de acción de los demás ámbitos económicos, políticos, sociales, culturales y ambientales. Significa, en síntesis, que cada vez dependemos más de los bancos y de las finanzas. E implica que el capital financiero gana fuerza y que el dinero, bajo sus mantos más visibles de liquidez inmediata y de depósito de valor, es capaz de alterar cualquier decisión económica, productiva, financiera y de otros muchos tipos. Esa es la fuerza de quienes mueven ingentes cantidades de dinero y gestionan los recursos de los más privilegiados, impulsando las tendencias –no necesariamente lineales– en favor de la concentración del capital y del poder. No se trata de confabulación alguna, sino de decisiones hegemónicas, aparentemente desvinculadas aunque parcialmente convergentes.

La codicia, motor del capitalismo, es capaz de endeudar a cualquiera hasta las cejas, porque eso es lo más conveniente para que la actual mecánica económica siga funcionando. Las deudas se reproducen, en un afán frustrado de llenar los huecos que deja la insuficiencia de la demanda efectiva. El poder adquisitivo no crece a la velocidad necesaria y el crédito brota, cual falso maná, para terminar asfixiando a muchos. Las deudas ahogan cada vez a más agentes económicos y países, y sirven de coartada para proporcionar soluciones perversamente lógicas: recortar, reducir el gasto público, devaluar el nivel de vida de la población… porque la política monetaria ya no es útil para encauzar los ciclos económicos en casi ningún lugar del mundo. Menos mal que los bancos, y en su caso los organismos financieros internacionales, pueden salir “al rescate”, cuando les interesa. Y si no son capaces, se dejan rescatar ellos, con el dinero de todos.

Atrás quedaron los tiempos en los que las decisiones de inversión, producción y asignación de recursos se adoptaban con criterios supuestamente racionales, entre los que ocupaba y ocupa un lugar central el afán de lucro: el sano ejercicio de obtener beneficios, mejor de forma rápida y fácil. Hoy día todas esas tareas básicas se encomiendan al dinero mismo, a quienes lo gestionan, a quienes lo acumulan y lo ponen en las “manos invisibles del mercado”, es decir, en los paraísos fiscales y en los lugares donde las actividades offshore solo son controladas por la instancia divina en la que cada uno confíe; aunque es bien sabido que en esa tareas tan mundanas nadie confía en nadie. Por si acaso.

¡De qué nos extrañamos!, si sabemos que solo un pequeñísimo porcentaje de la población mundial, y de la población de cada país, es capaz de acumular cada vez más riqueza, mientras la mayoría ve mermado su nivel de vida, o, lo que es más crudo, continúan inmersos en la pobreza más absoluta.

¡A quién responsabilizamos!, si lo lógico es que la actividad capitalista tienda a invadirlo todo, porque esa es su meta mundial, su afán último, su instinto básico. ¡Por qué nos escandalizamos!, si en la práctica totalidad de países los bancos y las finanzas marcan la senda de la legislación y de los legisladores, imponen su ley, y se garantizan impunidad cuando yerran, algo que ocurre de manera cada vez más repetitiva, porque la financiarización conlleva, como diría mi abuela, que la avaricia rompa el saco.

El mundo asiste a una mutación creciente del concepto tradicional de fronteras. Ya no sirven las barreras administrativas ni políticas. Los obstáculos físicos son cada vez más fáciles de superar. Lo hacen posible el progreso técnico, el abaratamiento de los transportes, y la fragmentación y deslocalización de los procesos productivos. Las finanzas se encargan del resto: desplazan la capacidad de ahorro de unos pocos, sin que en esa decisión primen criterios nacionales, ni sociales, ni productivos, ni éticos. La inteligencia computarizada hace el resto: asigna riesgos, reparte beneficios, robotiza, y sugiere que las personas hemos dejado de ser el centro esencial de nosotros mismos.

Las empresas y conglomerados transnacionales construyen y manejan a su antojo sus propios espacios de reproducción de su capital y actividades. Lo hacen situándose por encima de los espacios nacionales y de cualquier otra frontera que se les quiera imponer, ya sea legal, moral, institucional o simplemente humanitaria.

Los pasaportes sí sirven aún para algo: hacen más difícil el desplazamiento legal de las personas. Pero… quien puede, si lo necesita, es capaz de comprar los pasaportes que desee, para ir donde y cuando quiera. O busca un testaferro o un experto en finanzas que aproveche la movilidad a su antojo.

Por si acaso, el temor al terrorismo nos recuerda que el mundo sigue necesitando enemigos, para que siga viva también la necesidad de combatirlos. Y si hace falta, se alimenta a esos enemigos, se venden armas a unos y a otros, se promueven guerras pequeñas y grandes, porque esa estrategia sí ayuda a potenciar un tipo de economía que interesa a algunos, aunque perjudique a muchos.

Ante nuestros ojos está surgiendo una nueva economía global, monstruosamente enorme comparada con los organismos internacionales y las instituciones que en teoría deberían encauzar su comportamiento y regular el papel de los agentes económicos (jugadores) que en ella intervienen. Pero esa es otra historia: los agentes económicos más poderosos se concentran, se fortalecen, se nutren de su propia esencia financiera e internacionalizada, contribuyendo a un nuevo “orden” mundial que ni a mi abuela ni a mí nos gusta. Apesta a imperialismo y guerras. A miserias y derroche. A codicia frente a la buena voluntad y deseos de cambio de muchos personas. Deseos que se quedan en nada, ante al poder creciente del dinero que maneja una reducida élite mundial.

Son pocos, pero influyen cada vez más en nuestras vidas, en la incapacidad de acción de los políticos, en el aire que respiramos y en las oraciones que despliegan quienes aún creen que rezar sirve para algo.
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(1) Palazuelos, Enrique et al. (2015): Economía Política Mundial. Akal, pág. 345 (magnífico libro, por cierto, ahora que tengo la oportunidad de decirlo en Público).