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Albert Rivera, de Adolfo Suárez a Rosa Díez

David Hernández Martínez
Analista Político (@david_hm91)

Tras decidirse a dar el gran salto a la política nacional, allá por 2014, cuando la sociedad española observaba sobrecogida o esperanzada la llegada de Podemos, Albert Rivera comenzó a contar rápidamente con un camino mediático muy favorable, que le encumbraban a ser uno de los nuevos referentes de la necesaria regeneración.
Muchos medios de comunicación le colocaban como el ansiado nuevo Adolfo Suárez, que pronto se consolidaría como la figura destacable de una segunda transición, por encima del agotado bipartidismo y la fuerza rupturista de Pablo Iglesias. Sin embargo, la realidad, ese elemento que golpea con tanta dureza a aquellos que dicen ser de centro, le fue dejando claro en las sucesivas citas electorales de estos últimos años, que su partido no cuenta con el suficiente calado entre la mayoría de los votantes, como para aspirar seriamente a llegar algún día a La Moncloa.

El camino de Albert Rivera va más bien dirigiéndose hacia la tumultuosa carretera secundaria de UPyD y Rosa Díez, que de aquella autopista de moderación y consenso que dicen fue el gobierno de Suárez. La imagen de esplendor y buena reputación con la que contó el joven político catalán durante unos meses, se va marchitando a pasos acelerados, entre pactos y más pactos con populares y socialistas.

A Rivera siempre le gustaron las comparaciones con el primer presidente de la democracia y las victorias de la UCD, mientras rehuía clamorosamente de las posibles analogías con la casi extinta marca de UPyD. No obstante, sobre unos y otros el dirigente de Ciudadanos debería haber tomado algunos consejos, más allá de los que le indican que tiene una buena oratoria.

Por un lado, a medio y largo plazo, en la política española se ha mostrado necesario construir una estructura sólida de partido, que evite recaer en personalismos. Esto es un fantasma que deberían tener presentes tanto Iglesias como Rivera. El partido de la UCD surgió entorno a la figura de Adolfo Suárez, sin una ideología nítida y sin una fuerza de militancia reseñable, eso provocó que cuando la popularidad del presidente comenzó a deteriorarse, las luchas internas y la emergencia de partidos fácilmente identificables en el eje izquierda-derecha, le fueron rápidamente sucumbiendo.

Por otro lado, el partido UPyD, que surgió como una tercera fuerza entre los dos grandes polos, que intentaba recabar apoyos entre ese segmento del electorado, que no se movía tan claramente entre izquierda o derecha, evidenció durante apenas una década las posibilidades reales del llamado centro en este país. Por distintas razones socioculturales, el peso de la disyuntiva ideológica conservadora-progresista, liberal-socialista, sigue marcando la intención de voto de la mayoría de españoles y españolas. Seguramente la verdadera dimensión de aquellos votantes de centro, esté en las elecciones del 2011, donde UPyD superó el millón de votantes. En esta vorágine de elecciones generales, Ciudadanos se ha movido en una horquilla de tres millones de votantes, muchos de los cuales han provenido de un voto castigo fundamentalmente al PP y, en menor medida, al PSOE.

Adolfo Suárez y la UCD, aparecieron en unas circunstancias excepcionales, que contando con el respaldo de distintitas fuerzas e intereses, les permitió llegar el poder. El ascenso de Albert Rivera y Ciudadanos, se ha debido al momento peculiar de los dos grandes partidos en retroceso y una fuerza como Podemos, considerada como amenazante para la sostenibilidad del régimen político. Pero el paso del tiempo y los movimientos de los dirigentes del partido naranja, han hecho que su presencia como polo de centro quede en entredicho.

Los pactos con populares y socialistas en distintos ámbitos territoriales, han provocado que sean fácilmente identificables como la muleta o comodín de los llamados viejos partidos. Asimismo, sus últimas orientaciones, reflejadas en un programa electoral con un poso considerablemente neoliberal y conservador en cuestiones centrales, han hecho que sean señalados como una formación de centro-derecha más que de centro.

A este respecto, las experiencias pasadas y actuales exhiben que jugar con el discurso de “ni rojos ni azules” sólo da réditos electorales a muy corto plazo y que el tablero político, que tanto nombraba Iñigo Errejón, sigue moviéndose en España en esa dicotomía tan vertebrada de izquierda-derecha. Por eso, desde Podemos se intentó jugar la baza reciente de disputarle la marca de la socialdemocracia al PSOE, conscientes de que la brecha de crisis política, social y económica, no es para siempre y que discursos tan difusos como “la gente” o “el centro”, no llegan a ser perdurables en el tiempo.

En este sentido, si no vuelve a darse un momento excepcional, el futuro de Albert Rivera y su partido Ciudadanos, antes o después, se encontrará con el sombrío destino que anteriormente alcanzaron Rosa Díez y UPyD.