Opinion · EconoNuestra

Cuando la competencia no funciona

Pedro Fresco
Colaborador de econoNuestra

competencia

Si se pasea por los bistrots que hay al lado de la catedral de Notre Dame en París se puede observar algo muy curioso. En los aparadores donde muestran los bocadillos para llevar hay una cosa que llaman “pizza” y que viene a ser básicamente una rebanada de pan de sándwich con queso gratinado encima. Esta “pizza” la podemos ver en el primer local por el que pasemos al precio de 4€, algo absolutamente desproporcionado incluso para una ciudad muy cara como París. Por muy caros que sean los alquileres de los locales en esa zona, una rebanada de sándwich con queso y como mucho tomate frito no es razonable que esté a ese precio, cuando su coste de producción es infinitamente inferior.

La actitud normal en un turista ante ese precio desproporcionado es ver a qué precio está el mismo producto en los locales cercanos. Si nos apetece ese manjar y lo vemos en algún local de la calle a 3 o 3,5€ lo compraremos allí, pues somos turistas y no tenemos referencias ni preferencias por ninguno de los locales, para nosotros es el mismo producto y sólo nos importa el precio y ahorrarnos algún euro. Una rebanada de pan de sándwich con queso puede estar perfectamente a 3€ o incluso a menos, como lo está en otros muchos sitios de París, es lógico esperar a ese precio.

Pues bien, si damos una vuelta por los distintos locales veremos que todos tienen el mismo producto a exactamente 4€. Y no sólo ese, cualquiera de los productos de aparador probablemente tendrá el mismo precio que el de los locales vecinos. Nuestro sentimiento como turistas será de estafa y, al final y si nos apetece mucho comer eso, acabaremos aceptando el precio de 4€ aún de mala gana. Total, somos turistas con dinero para gastar. París bien vale 4€ en una rebanada de pan con queso.

Este hecho es algo que podemos ver en multitud de lugares turísticos alrededor del mundo: Una cantidad determinada de competidores que no varía (no hay más espacio para más locales), productos equiparables (todos venden lo mismo) y una demanda que no tiene demasiadas limitaciones por el precio (están lejos de casa, tienen dinero para gastar, todo es caro). En estas condiciones y a no ser que algún local sea especialmente privilegiado en su ubicación, el precio es casi el único factor que puede distinguir los productos.

La pregunta es ¿por qué no hay un local que baje la “pizza” a 3,5€? En teoría el que lo haga acabará aumentando mucho sus ventas, pues los turistas a poco que comparen precio la comprarán ahí. Y 3,5€ también tiene un enorme margen de beneficio, lo que pierdes por unidad seguro que lo ganas por aumento de ventas.

Habrá quien piense que los locales tienen el precio pactado entre ellos, pero es posible que no haya pacto ¿Por qué no hay ninguno que baje el precio para vender más? Pues porque el propietario sabe que, en cuanto lo baje, sus vecinos se darán cuenta, y quizá aumente mucho las ventas uno o dos días pero al tercero el vecino también bajará a 3,5€ (porque por costes puede hacerlo) y en pocos días todos los locales venderán la “pizza” a 3,5€. El precio entonces quedará fijado en esos 3,5€ y todos habrán perdido medio euro de beneficio. Es un mal negocio. Además, corres el riesgo de que este ciclo se repita más veces, acabando el precio de la “pizza” próximo al coste marginal. Es una estrategia suicida.

Desde la propaganda económica se nos dice que la existencia de competencia baja el precio pero todos somos conscientes de ejemplos como estos donde eso no ocurre. En la calle que enfrenta al lateral izquierdo de la catedral de Notre Dame (Rue du Cloitre Notre Dame) puede haber fácilmente 7 u 8 locales y la “pizza” está a unos impresentables 4€ en todos. Si hubiese 4 locales o 12 (si la calle fuese más grande), apostaría a que la “pizza” también estaría a 4€ en todos. El número de competidores, en estas condiciones, no es probable que afecte al precio, porque los incentivos de vender todos al mismo precio son superiores a cualquier acción de competencia.

Objetivamente los hosteleros de la Rue du Clotre Notre Dame funcionan como un oligopolio, es decir, un mercado dominado por un pequeño número de empresas y por eso se dan este tipo de estrategias. Probablemente si hubiese 1.000 competidores la probabilidad de que uno de ellos acabase cambiando el precio sería tan alta que acabaría pasando y esta estrategia de mantener todos el mismo precio no funcionaría, pero la realidad es que en economía pocas veces hay mil competidores. El número de competidores es muy limitado en muchísimas áreas de la economía, bien por localización, bien por barreras de entrada (hace falta una inversión muy grande para iniciar ciertos tipos de negocio), bien por otras circunstancias.

En economía este tipo de situaciones se analizan mediante la “teoría de juegos”, que es la que estudia las acciones de los individuos o agentes del mercado en una situación donde las acciones de unos afectan a las acciones de los otros y, por tanto, éstas deben ser tenidas en cuenta para tomar la mejor decisión. Muchos de premios nobel de economía de los últimos años lo han sido gracias a sus trabajos sobre la teoría de juegos, lo que demuestra hasta qué punto es un campo importante y cómo la economía real es compleja y está muy alejada de las doctrinas facilonas de que todo se arregla con competencia o que el egoísmo económico de los agentes beneficia al bien común (no lo hace).

En la economía y en los mercados reales la competencia no funciona siempre ni tan bien como indican las teorías. Hay pactos, estrategias donde los agentes maximizan sus beneficios a costa de los consumidores, oligopolios casi blindados por barreras de entrada, monopolios naturales donde la competencia no puede darse, etc. Cada mercado tiene su naturaleza y hay que analizarlo muy bien para entender cómo funcionan, no intentar estrujarlos para que pasen por el embudo de la teoría.

Una realidad que me parece interesante explicar es lo que se llama “efecto cohete y pluma”, que tiene que ver con el funcionamiento del precio de los combustibles (podéis leer el artículo que escribió Ignacio Mártil en este blog en enero). El nombre proviene del distinto comportamiento que se observa en los carburantes cuando sube o baja el precio del petróleo, ya que cuando sube éste vemos como los precios de los carburantes suben “como un cohete” y en cambio, cuando baja el precio del petróleo, los precios tardan en bajar y lo hacen suavemente, “como una pluma”.

Este comportamiento “extraño” en el precio de los carburantes no es una imaginación conspiranoica de una asociación de consumidores, es un hecho observado y denunciado incluso por la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia (CNMC) y que los consumidores podemos observar si conocemos las oscilaciones en el precio de la cotización del Brent. El efecto cohete y pluma provoca que las empresas maximicen márgenes comerciales durante ciertos periodos de tiempo debido a la naturaleza oscilante del mercado de los carburantes, ya que no pierden márgenes en las subidas (porque suben rápidamente el precio), pero sí ganan más margen durante las bajadas, ya que estas son lentas y durante el tiempo en que se tarda en “absorber” la bajada del petróleo se está ganando margen comercial. Como veis el ”cohete y la pluma” es muy distinto de la realidad anterior (mantenimiento de precios altos por todos los agentes), es un mecanismo concreto de optimización de márgenes que funciona en un mercado específico con unas características específicas. Por eso insisto en que cada mercado tiene su naturaleza.

¿Por qué sucede este efecto? La verdad es que lo desconozco. Podría ser porque hay un número limitado de agentes en la distribución mayorista que coordinadamente suben los precios o bien podría ser una reacción de los distribuidores finalistas a una realidad repetida y que todos conocen (saben que los precios tardan en bajar y por eso todos retrasan la bajada), pero la cuestión es que sucede, y esto demuestra que la competencia no funciona, al menos no como debería.

No hagáis caso nunca a aquellos que pretenden explicar la economía con leyes sencillas y universalmente válidas, porque nada es tan sencillo. Los problemas de los precios altos o de los beneficios excesivos muchas veces no se resuelven con más competencia, porque hay multitud de situaciones de facto que la impiden, estrategias para controlar sus efectos o realidades en las cadenas de producción y distribución que la limitan de facto.

De hecho estos problemas se deben solucionar con regulaciones e instituciones que ayuden a que la competencia sea realmente efectiva, en el caso de que pueda serlo, o bien limite y regule los precios en el caso de que ésta no sea posible.