Opinion · EconoNuestra

La UE celebra su Gran Error

José Antonio Nieto Solís
Profesor titular de Economía Aplicada (UCM) y miembro de econoNuestra

Sesenta años después de la firma del Tratado de Roma, Europa no tiene mucho que celebrar. Es una efeméride. Importante, eso sí. Pero es también la celebración de un fracaso. De un Gran Error que se clavó en la médula de Europa como un puñal envenenado, en la década de los noventa. Me explico, porque no es fácil argumentar en pocas líneas una tesis densa y siniestra, como la Europa misma.

Nació Europa como un niño maltratado pero mimado. Había que superar la II Guerra Mundial, y el imperio en declive (Inglaterra), junto al imperio hegemónico (EE.UU.), sellaron un acuerdo (la Carta del Atlántico) para alumbrar un nuevo orden mundial. Sus pilares eran: a) el estratégico y militar (la OTAN); b) el de la cooperación política voluntarista, aderezada con ayudas sociales y para el desarrollo (las Naciones Unidas); c) la integración y la internacionalización de las economías, empezando por fomentar la actual OCDE, de la que brotaron las Comunidades Europeas, hoy Unión Europea.

A velocidad de vértigo la UE se convirtió en una historia de éxito. Plagada de frustraciones también, pero los eurócratas sacaron partido del favorable ambiente económico occidental y de la paz política entre las dos grandes familias europeas: democratacristianos y socialdemócratas. Hasta que llegaron Reagan y Thatcher, en los años ochenta, y con ellos la corriente predominante del neoliberalismo impregnó el pensamiento económico y los intereses políticos. La Europa comunitaria, presa de su debilidad, se olvidó de lo que había bautizado como la Europa Social, la economía social de mercado, el keynesianismo ¿congénito? al modelo fiscal europeo, y apostó aún más fuerte por lo que siempre se había llamado la Europa de los mercaderes, si bien su semblante cambió más bien hacia la Europa de las grandes corporaciones y los intereses financieros globalizados.

Llegó el Tratado de Maastricht en un momento ideal pero extremadamente peligroso. La UE quiso avanzar hacia la moneda única, dejándose llevar por la ambición de abarcar con ella todo el espacio posible, no sólo empresarial y geográfico, sino también en el corazón de unos ciudadanos que podían mirar con ilusión el proyecto aunque muy pronto sintieron que no iba con ellos, sino más bien contra ellos. La Unión Monetaria vaciaba el alma de la ciudadanía europea, tecnificaba las decisiones de política económica y  pretendía unificarlo todo por la fuerza, aunque no fuera manu militari. Maastricht se presentaba como la ocasión de oro para recuperar el afán europeo de extenderse geográfica y económicamente, como si eso fuera sostenible sin avanzar también en la integración de los pueblos, es decir, de sus culturas, sentimientos, identidades y, sobre todo, bienestar compartido.

Europa no se dio cuenta, ni en los años noventa ni después, de que es demasiado pequeña. Pero su enanismo no se resuelve aumentando sólo de tamaño. El tamaño sí importa, en este caso para mal. Porque la fortaleza de Europa no puede basarse en contar cada vez con más Estados (en la UE o en el euro), sino en la cohesión interna, política, económica y social; y esa cohesión ahora sólo parece posible si se diseña una Europa a varias velocidades, en la que la pertenencia al núcleo más integrado no implique sólo sacrificios de los ciudadanos en aras de la unión monetaria, sino también ventajas tangibles para los europeos y para los no europeos que habitan en Europa y deben seguir haciéndolo por interés propio, pero también por conveniencia obvia: el envejecimiento de la población, el desempleo y la subutilización y explotación de las capacidades de los trabajadores, y la falta de identificación de los jóvenes con el pretendido proyecto común.

Ante el panorama interno (creciente intolerancia), y externo (con una Europa que pierde peso en un mundo que creía suyo hasta hace décadas), que se dibuja en el horizonte, no hay mucho que celebrar. Emergen nubes negras de nuevo proteccionismo, aumento del gasto militar, fórmulas reforzadas de exclusión social, y crecientes desigualdades locales y globales. Parecen triunfar los nacionalismos y el tribalismo, en lugar de la cooperación y la integración, como proclaman la mayoría de los organismos internacionales. La mayor parte de los habitantes del Planeta pasan hambre y carecen del acceso básico a la cultura y la sanidad. ¡Y Europa se mira el ombligo, para conmemorar la firma del Tratado de Roma!, por importante que sea celebrar los cumpleaños. Sesenta años; muchos de ellos, inútiles.

Quizá haría falta un Tratado de Amor en lugar de un nuevo Tratado de Roma. No es un mero juego de palabras: ROMA versus AMOR. Es que, tras muchos años estudiando y enseñando economía europea, en más de una ocasión pienso que Europa necesita menos economía (las grandes empresas y el poder financiero campan a sus anchas sin necesidad de más ayudas), pero necesita más… cómo decirlo… ¿más amor a sí misma y a los demás? Es decir, querer un poquito (o un bastante) a sus ciudadanos, y respetar y cuidar a los que nos son europeos pero están aquí. Querer también a los demás (como a sí mismos), porque sin el resto del mundo Europa no es nada. Y, a este paso, la degradación ambiental nos puede llevar también a pelearnos por los guijarros de aire limpio y agua potable que puedan quedar disponibles, sino no nos involucramos más en la defensa del Planeta.

Europa celebra su Gran Error: empeñarse en crecer sobre la moneda, la economía, la expansión geográfica y unas instituciones que, salvo excepciones, carecen de sensibilidad para apreciar lo que sucede y tomar las riendas del rumbo hacia otra Europa. La UE no puede levantarse enseñando la parte menos noble de su espalda a la ciudadanía. La UE necesita mostrar un rostro más humano, ofrecerse a pecho descubierto, dejarse hacer por quienes no están básicamente guiados por la lógica de las finanzas globales y de la internacionalización económica sin sostenibilidad, sin equidad, y sin la eficacia que requiere reforzar las políticas públicas para fortalecer la estabilidad de los sistemas sociales que nos acogen. O que nos castigan. Porque, de seguir así, cada vez habrá menos que celebrar. Eso, con el permiso del renovado orden mundial que parece estar dibujándose, y sin olvidar que el bienestar no es una cuestión de tamaño, sino de calidad.