Opinion · EconoNuestra

El Imperio de Luxottica y nuestra ceguera

Hiscio Belluga Molina
Estudiante del Máster de Economía Internacional y Desarrollo de la UCM

Cada día hay más personas con problemas de visión, esos problemas se manifiestan de distintas formas, por un lado tenemos miopía, la hipermetropía, el astigmatismo o la vista cansada. Pero gracias a los avances en la tecnología de la óptica, todos estos problemas de visión tienen una solución muy sencilla, que es la de ponerse unas gafas o unas lentillas.

La inmensa mayoría de la población usa gafas, ya sea para poder corregir su visión poco enfocada o para proteger sus ojos de la a veces muy intensa luminosidad solar. En otras palabras, muchísimas personas en todo el mundo van a tener que comprarse unas gafas o se las han comprado alguna vez en su vida. Por ello, al ver una necesidad especial por la protección o mejora de la visión de nuestros ojos, este mercado debería estar totalmente protegido y seguramente subvencionado o al menos, con unos precios controlados, populares y asequibles para todo el mundo.

Desgraciadamente, como muchos otros casos en el mundo en el que vivimos, el impuesto al Sol o el IVA de lujo en los libros. En este caso, a parte del IVA correspondiente a un producto de necesidad a veces vital para sus consumidores, nos encontramos con unos precios a veces prohibitivos en las mercancías de corrección visual. Hace no mucho tiempo escuché un anuncio en la radio de una óptica española de cuyo nombre no me acuerdo que empezaba así: “¿harto de tener que esperar a ofertas para comprarte unas gafas nuevas?” obviamente la óptica presentaba una promoción, no recuerdo si permanente o no de cómo sus precios eran más bajos de la competencia. Pero la duda que me cierne a mi en esta columna es la siguiente: ¿porqué los precios de las gafas y las lentillas son tan caros? Si tiramos un poco del hilo acabamos siempre en el mismo nombre y seguramente el responsable de, literalmente, el precio de nuestra visión, Luxottica.

Luxottica, es una compañía de visión italiana asentada en Milán, es la empresa más grande del sector y está configurada de forma vertical, es decir, tiene empresas y controla todo el proceso de la creación, distribución y venta de las lentes y monturas que luego son las gafas. Para que nos hagamos una idea de la magnitud de esta empresa, es importante decir que son los encargados de fabricar las monturas de gafas de Chanel, Prada, Armani, Burberry, Versace, Dolce & Gabana y Donna Karan entre otras. Pero para más inri, también son los dueños de Ray Ban, Oakley y Persol, a parte de que en Estados Unidos son dueños de Sears Optical y Target Optical, es notable reseñar, que después del gigante de Walmart, Sears y Target son de las cadenas de grandes almacenes más potentes del país norteamericano. En España aún se está introduciendo con otra cadena distribuidora que se reconoce con el nombre de Sunglass Hut, que en Barcelona tiene su tienda en el centro de la ciudad condal. También en Estados Unidos, son dueños de EyeMed Vision Care, compañía oftalmológica de un tamaño considerable.

Pero el avance voraz de esta empresa dentro del sector de las gafas no solo se queda ahí. Si vamos a la sección de noticias de los metabuscadores con la palabra Luxottica, nos encontramos noticas muy frecuentes de la compra de grandes distribuidoras en muchos países, compra de marcas rivales y reorganización de las cúpulas en distintos países. Esto obviamente sugiere que la compañía sigue en una expansión meteórica que si no se controla con el debido cuidado, puede llegar a amenazar uno de los principales pilares del sistema económico en el que vivimos, la libre competencia.

Resulta interesante ver cómo esta empresa ha tomado decisiones monopolísticas, uno de los ejemplos más claros es lo que ocurrió cuando compró Ray Ban, que hizo que los precios de esta marca se disparasen de forma dramática tras la compra de la marca a su antiguo propietario, Bausch and Lomb, para ser más concretos, las Ray Ban aviador clásicas con su dueño original costaban alrededor de treinta dólares, mientras que hoy en día pueden llegar a costar hasta 150 dólares. Pero también es importante reseñar cómo fue capaz de adquirir la propiedad de Oakley en lo que podría considerarse una campaña de hundimiento de la marca para poder adquirirla. Lo que ocurrió fue que durante una temporada considerable, Luxottica decidió no vender sus gafas en ningún establecimiento suyo y siendo esta empresa la dueña de muchas de las grandes distribuidoras en Estados Unidos y en el mundo, la empresa italiana provocó unas pérdidas gravísimas a Oakley, de las cuales no fueron capaces de sobreponerse y se vieron obligados a vender. Sin sorpresas, Luxottica les compró.

El colmo del asunto no es que estén haciendo esto de forma secreta con cuidado y sin hacer ruido, sino que su CEO ha soltado en directo y en entrevistas perlas como las siguientes “todo vale lo que la gente esté dispuesta a pagar” lo cual explica la estrategia que ha hecho que unas gafas que se podían comprar antes en una gasolinera por treinta dólares se vendan hoy en día como objeto de lujo.

Resulta escandaloso que algo así esté ocurriendo hoy en día en un sistema que en las universidades se vanagloria de la competición entre empresas, lo cual supone que haría que los precios bajasen y significaría una distribución justa de los bienes producidos para la gente que los demandasen. Pero podemos ver que en este caso, no es así, apreciamos que una empresa se ha comido la mayoría del sector y posteriormente ha ejercido una actitud monopolística, poniendo precios desorbitados en comparación con los costes y además hundiendo con la ayuda del control de sectores estratégicos del mercado a la competencia.

La solución a esta situación debería verse desde nuestros gobiernos, que como buenos gobiernos de corte keynesiano/liberal según la situación económica en la que nos encontremos, deberían tener un corpus jurídico anti trust y anti monopolio lo suficientemente potente para evitar que estas situaciones ocurriesen. Pero como parece que no se han enterado de lo que ha ocurrido, nosotros, los ciudadanos, deberíamos recordarles que esta situación está ocurriendo y no se puede permitir. Por ello, nuestra labor como consumidores, la mayoría de las veces obligados por cuestiones sanitarias, deberíamos enterarnos de esta situación, difundirla y que esté en boca de todos para que poco a poco tomemos conciencia del asunto y nuestros dirigentes se viesen obligados a tomar cartas en el asunto. En este caso lo más importante es informarnos bien y actuar en consecuencia. ¿Estamos dispuestos a pagar 150 euros por unas gafas cuyos costes son infinitamente menores? Sospecho que no.