Opinion · EconoNuestra

La aporofobia macroeconómica del TG

Agustín Franco Martínez
Profesor universitario.

“El que no trabaje, que no coma” (San Pablo).

El odio a los pobres adopta muchas formas, desde el desprecio sin complejos de la ultraderecha hasta el remilgado pinzamiento de la nariz de la falsa izquierda que alardea de su discurso macroeconómico sobre el trabajo garantizado (TG) y la teoría monetaria moderna (TMM). Y presume de ello porque carece de una economía política de la pobreza, entre otras cosas.

La defensa del TG huye de la reflexión moral como el gato del agua. En particular huye del agua caliente de la desigualdad. Sin embargo, hay más economía, por ejemplo, en El Profeta de Jalil Gibrán que en el más frío y concienzudo relato macroeconómico sobre la explotación garantizada, que a lo sumo tendrá mucha ciencia crematística, pero nada de economía, como mucho ciencia ficción económica.

Inclusive, en un alarde de soberbia inusitada, la defensa dogmática del TG proclama la superioridad moral de su propuesta frente a la RBU, basándose en argumentos tergiversados y malintencionados sobre la reciprocidad. En realidad su apelación a la reciprocidad no es más que una excusa para el alegato de su pretendido derecho a la aporofobia. Y así, al desprevenido le pillan con un sonriente y japonés ‘arigato’ para empujarle luego a huir como un pato mareado. Si resistimos la tentación de huir, veremos que aquí hay gato encerrado. El árbitro del partido está comprado.

Pero para implantar tal aberrante derecho en la opinión pública deben hacerlo de forma secuencial y pedagógica, y qué mejor forma que buscando un chivo expiatorio fácil y acomplejado, la RBU, que se queda como un gato de escayola ante las miradas inquisitivas de quienes censuran la caradura de quien quiere cobrar sin trabajar. ¡Y ay de él si se mueve un pelo en legítima defensa, le acusarán de holgazán, de bolivariano y hasta de terrorista y antipatriota!

Los 5 pasos para instaurar el derecho a la aporofobia desde la retórica del TG y de su ataque a la RBU (así, en abstracto, sin matices ni distinciones) son los siguientes:

Paso 1. Desdeñar el análisis macroeconómico de la RBU por centrarse ¡sólo! en los problemas de financiación. Cosa resuelta mágicamente bajo su TMM, que prescribe la inutilidad de los impuestos como medida redistributiva. De la macroeconomía de la pobreza no hablan porque según sus reglas sería fuera de juego. Marcador: 1-0 para el equipo del TG.

Paso 2. Reducir desdeñosamente el foco del análisis de la RBU a una cuestión moral, a filosofía sin utilidad práctica ninguna. Frente a ella el TG muestra sus fuegos artificiales, su rico plumaje macroeconómico de interconexiones y redes de variables de todos los colores: su control de la inflación, su nivelación de precios, su estabilidad cambiaria y monetaria, su amortiguación del ciclo económico. Marcador: 2-0 para el equipo del TG.

Paso 3. Descalificar la propuesta de la RBU rebajándola a un mero alquiler obligatorio del salario, estableciendo artificiosamente el conflicto social entre asalariados y desempleados. Sembrando así la discordia y la disputa entre los propios miembros del equipo rival. Marcador: 3-0 para el equipo del TG (gol en propia puerta del equipo de la RBU).

Además es un gol bonito, de chilena, aunque haya sido en propia puerta, porque los del TG realizan una cabriola conceptual digna de los anales del pensamiento económico y de la desfachatez intelectual, sugieren que los asalariados ejercen un monopolio sobre los puestos de trabajo, por lo que aparentemente se justifica la petición de un ingreso mínimo garantizado por parte de los no asalariados.

Vamos a ver: Teniendo en cuenta que la oferta de puestos de trabajo no la hacen los asalariados sino los empresarios, a lo sumo podrá haber un monopsonio. Sin embargo, el supuesto poder de mercado de posicionarse como único demandante se ve desinflado ante la dura realidad, para la mayoría, de ser el empleo la única vía de obtención de ingresos, vender a la fuerza la propia fuerza de trabajo. Es decir, la única oferta de mercancía sin poder real de negociación del precio es la oferta de trabajo. En consecuencia, nada más opuesto a la idea de monopolio.

Paso 4. Jugada ensayada. Saque de esquina, chut al área y gol de cabeza. Es decir, el equipo del TG admite de forma esquinada los beneficios de la RBU, pero al lanzar su propuesta de garantía del empleo a la cabeza del Estado, éste consigue marcar gol de manera mucho más efectiva: asegura los ingresos y la contraprestación de los mismos en forma de contribución asalariada al proceso productivo. Y, sobre todo, asegura el poder de la clase capitalista. Y todo gracias a su divina emisión de moneda (puro paralelismo: de la mano de dios de Maradona a la moneda divina del Estado). Marcador: 4-0 para el equipo del TG.

Paso 5. Penalti a favor del TG. El VAR no ha visto que el delantero del TG se ha tirado a la piscina y el árbitro del partido tampoco (por cierto, el árbitro es el Estado). Desde las gradas los asalariados pitan y abuchean al equipo de la RBU y piden la cabeza de su entrenador. Marcador: 5-0 para el equipo del TG. Una manita. ¡Auuuuuhhh!

Mientras, en el banquillo del TG un ejército de reserva aplaude la victoria de su equipo, deseosos de jugar unos minutos en el próximo partido contra sus archienemigos. Eso si no son cedidos a final de temporada a otro equipo o a otra liga. Aunque por ese lado las superestrellas del control de la inflación y de las piruetas con el empleo garantizado están tranquilas, saben que su cláusula de rescisión es elevada y siempre podrán negociar un caché mayor, además de cobrar sus derechos de imagen a través de alguna sociedad off-shore.

Así las cosas, y a punto de acabar el partido, amañado, a los de la RBU sólo les queda la victoria moral y si acaso el gol del honor. La historia está de su parte, porque como afirma bien Ramiro Pinto, aplicando el materialismo dialéctico veremos que frente a la tesis del empleo se opone la antítesis de la robotización y que la síntesis de esa contradicción es la RBU (específicamente el modelo fuerte y anticapitalista definido por José Iglesias como RBis o Renta Básica de Las Iguales).

La historia está de su parte, sí, pero el equipo está dividido, la conciencia de clase se ha fragmentado. Y la imagen de clase obrera se ha degradado tanto que todos prefieren identificarse como de clase media. Ser un chav es denigrante. Las concepciones liberales de la RBU le dan alas al empresariado para rebajar aún más los salarios: ‘que el Estado cubra las necesidades básicas de la población, yo estoy aquí para ganar dinero’.

La ideología del emprendimiento y la lógica del capital humano mueven a todos los jugadores a querer jugar en la liga de las estrellas. Es preferible estar en el banquillo de un equipo de primera división (como el del TG) que jugar en uno de tercera (como el de la RBU, donde paradójicamente trabajar seguro que vas a trabajar, pero no sabes si vas a cobrar ni cuándo).