Opinion · EconoNuestra

Tribunal Supremo: no lo llames economía, llámalo avaricia

Guillem Bou Bauzá
Licenciado en matemáticas e informática y doctor en ciencias sociales.

A estas horas, si algún vecino cree que la revocación de sentencias del Tribunal Supremo responde a motivos económicos, el resto de la comunidad solicitaremos que le hagan el test de alcoholemia urgentemente. Explico por qué.

El baile de hipotéticas cifras de gastos de las últimas sentencias sobre el IAJD (tres sentencias, tres) no es más que eso: cifras hipotéticas. En primer lugar, porque son totales finales(es decir, cantidades bajo el supuesto de que todo el mundo consiguiera su dinero ahora mismo). En segundo lugar, porque si bien las dilaciones judiciales acaban por incrementar los intereses a pagar, en el caso de la banca siempre son beneficiosas porque se pierde una gran cantidad de reclamaciones por el camino (quien no lo crea, que me explique la judicialización de las cláusulas suelo). Y, sobre todo, en tercer lugar, porque la banca puede aguantar de sobra las cifras que se han barajado (miren los beneficios que acaban de dar a conocer).

Así pues, dado que las razones no son económicas (en el sentido de una más que dudosa “enorme repercusión económica y social”) cabe preguntarse qué motivos son los que han variado el rumbo del Alto Tribunal. ¿Hacía falta, de verdad, cambiar tres sentencias que ya sentaban jurisprudencia? ¿Hacía falta echar por la borda la independencia judicial y el prestigio de los magistrados? ¿Hacía falta hacer tanto daño en tan poco tiempo?

Pues sí, para la banca hacía falta todo esto y más, si hubiera sido necesario. Y aquí radica el problema de la banca española: no mide las consecuencias sociales de sus actos. Por mucho que se gaste en campañas de responsabilidad social corporativa, no logra evitar que pensemos lo contrario: que es una banca irresponsable. Cada declaración pública que hemos leído estos días de parte de la banca ha sido más patética que la anterior. El patetismo radica en el mensaje que nos han repetido: no perderemos, pero si perdemos igualmente lo pagaréis vosotros. ¿Creen que un país puede progresar con el sector financiero en manos de gente así? Obviamente, no. Para nada.

El problema de una banca miope, que no invierte en bienestar sino en ladrillo, que no pide perdón por sus abusos, sino que se queja de tener que responder por ellos, es un problema para el país al que pertenece. Ningún país puede rescatar a unos bancos que repiten aquello de “me debo a mis accionistas” para justificar cualquier desaguisado. Porque si uno se debe a sus accionistas antes que a su país, entonces no es un sector estratégico, es un sector de intereses privados. Y, en consecuencia, acudir en su rescate es una estafa al estado. Hay otros bancos en el mundo que no colocan cláusulas suelo ni IRPH en las hipotecas, no tenemos por qué rescatar a los que compiten deslealmente.

Pero, volviendo al tema que nos ocupa, esta miopía financiero-social está arraigada en lo más profundo del alma. En el alma de los capitanes y reyes del sistema bancario. Nadie compara a estas personas con la figura del magnate benefactor. Nadie los asocia al progreso de la sociedad. Nadie piensa siquiera en ellos como aquellos adinerados que, a pesar de una biografía discutida, al menos legaron algo de provecho.

En cambio, todos los asociamos a la facción más repugnante de la jet set. Ni siquiera despiertan ya envidia. Más bien odio o náusea. A veces evocan un aire de solitaria patología, como aquella multimillonaria de Florida que dejó la herencia a su chihuahua. ¿La recuerdan, verdad? Es como si tuviéramos al mando del sistema financiero al personaje de Cuento de Navidad, de Charles Dickens. O incluso peor, al Avarode Molière. Al fin y al cabo, Harpagonno es repugnante porque sea rico, tenemos a cientos de personajes literarios de vida acomodada que nos resultan simpáticos. El Avaronos repugna por su miopía social, por su tremendo vacío, por su obsesión con su “preciosa cajita”.

De este modo, en definitiva, vivimos en un país en el que todos los sectores productivos realizan un esfuerzo tremendo para seguir vivos. En que las familias hacen, no ya equilibrios, sino piruetas para llegar a fin de mes. Y en que la gente joven suplica no convertirse en un perenne precariado. En este situación de alarma social, quien debería sumar, resta. Y sólo piensa en su preciosa cajita. Que nadie me hable de Economía. Háblenme de Avaricia.