Opinión · EconoNuestra

Macri fallido

Miguel Ángel M. Pellitero
Egresado del máster en Economía Internacional y Desarrollo en la Universidad Complutense de Madrid y colaborador de econoNuestra.

En sus últimas apariciones públicas, Mauricio Macri ha declarado que se encuentra con las fuerzas suficientes como para encarar la nueva carrera electoral del próximo 2019 por la presidencia de Argentina. Pero, tras prácticamente tres años en el cargo y tras irrumpir en el panorama político como el salvador de la economía nacional, ¿cuál es el balance de su mandato?

En su última previsión para la evolución próxima de las economías latinoamericanas, la CEPAL ha empeorado sus previsiones sobre la caída que sufrirá la argentina en los próximos dos años: se estima que esta retrocederá hasta un 2.8% este 2018 y un 1.8% el ejercicio siguiente. La recesión se está agravando y la Argentina no consigue salir del pozo.

Estos datos macro no vienen sino a confirmar lo que está sucediendo en la Argentina y que se puede corroborar en las estadísticas micro y las sensaciones de la ciudadanía: el proyecto económico y social de Macri no está funcionando. Mientras las expectativas regionales, lejos de ser excepcionales, auguran una leve mejoría (con un crecimiento ligeramente superior al 1%), el porvenir de la economía argentina apunta cada vez más a la deriva.

Y es que tras el rescate acordado entre el ejecutivo y el Fondo Monetario Internacional el pasado junio de más de 50.000 millones de dólares –casi el 10% del PIB nacional, que además ya ha sido ampliando en 7.000 millones más el mes pasado- para calmar a los mercados internacionales en relación a la capacidad del Estado argentino de pagar la deuda nacional a sus acreedores, no parece que la situación económica haya podido estabilizarse y plantear un horizonte de esperanza positivo sobre el que cimentar un futuro próspero, fin último con el que se legitimó el rescate desde un primer momento.

El estimador mensual de actividad económica ha presentado una evolución negativa de manera ininterrumpida desde el mes de febrero (a excepción de un leve repunte en Julio). Pero lo más revelador es la evolución de este índice desglosado sectorialmente, si analizamos el último mes disponible (julio de 2018) mientras el sector con mayor crecimiento es la intermediación financiera, las actividades inmobiliarias o la electricidad, gas y agua (servicios básicos), los sectores que experimentan mayores caídas son el sector agrícola, la industria manufacturera o el comercio (tanto mayorista como minorista). Es decir, los motores de la economía real son los que están experimentando de una manera más aguda el frenazo mientras que es la esfera financiera y especulativa la que han sido las que han absorbido esa inyección que ha supuesto el rescate.

Estamos, por tanto, ante un nuevo rescate o plan del FMI que no tiene como sujeto receptor a la población. Es un rescate destinado a que argentina pueda cumplir con las obligaciones de pago de la inmensa deuda que mantiene (unos 350.000 millones de dólares, cerca de un 70% del PIB el agosto pasado, la cual prácticamente se ha duplicado desde la llegada de Macri al poder) y no para implantar un plan de choque que mejore las condiciones de vida de ese 30% de argentinos que se encuentran en riesgo de pobreza o de esos más de dos millones de personas en condición de pobreza extrema.

El peso se ha depreciado ya en hasta un 50%, y consecuentemente, la tasa de crecimiento de la inflación interanual el pasado agosto fue superior al 30% y va camino de volver a superar las negativas presiones como en los dos ejercicios anteriores. El desempleo ya supera el 10% en un país no acostumbrado a unas cifras de paro estructural alto, y los salarios no consiguen aumentar al ritmo que se incrementan los precios.

Las medidas tomadas por el gobierno ante esta crisis han sido las clásicas respuestas ortodoxas: constricción presupuestaria y reducción del gasto público –especialmente en partidas sociales- para tratar de limitar el déficit público, despidos del personal público, liberalización del mercado de divisas, eliminación de subvenciones en algunos servicios hasta ahora públicos y demás políticas clásicas de austeridad conocidas. Es decir, el típico recetario que el FMI y el Banco Mundial ha implantado en tantos y tantos países en las últimas décadas a cambio de esa contraprestación financiera que usualmente no ha sido destinada a mejorar la vida de las personas sino de asegurar el pago a las grandes instituciones bancarias y financieras.

La respuesta neoliberal con  que Macri ha tomado las instituciones no está consiguiendo revertir la situación de depresión económica del país. Parece que, como en las últimas décadas del siglo pasado, Argentina –y tras los últimos cambios de gobierno puede que América Latina en su conjunto- se expone a volver a perder tiempo con un proyecto ajeno, un ideario que viene determinado desde el Norte y sus instituciones internacionales por un lado y las oligarquías nacionales por otro, un tiempo que no se recupera en la carrera hacia el proceso de desarrollo. ¿Otra década perdida?