Opinión · El azar y la necesidad

Espanya, un contrafactual

En lógica y en otras disciplinas científicas se conoce como contrafactual a un evento que no ha sucedido en nuestro universo, pero que podría haber sucedido, que forma parte de otro universo posible. Voy a proponerles un contrafactual histórico a propósito de los reinos peninsulares y de la lengua. Para entendernos en este nuevo universo virtual vamos a llamar “Espanya” a España, un mismo entorno geográfico para un contexto histórico distinto y vamos a suponer que el “espanyol” o catalán es la lengua común de todos los españoles.

En este universo paralelo la corona de Aragón fue el reino más poblado y fuerte de la península y, a lo largo de los siglos XVIII , XIX y XX acabó imponiendo sus leyes, su cultura y su idioma a todos los antiguos reinos peninsulares. Desplazado el aragonés a los valles pirenaicos, el catalán fue la lengua franca peninsular, la que se usaba para la diplomacia y la corte, y la que adoptaron como propia una parte importante de la aristocracia castellana, leonesa, navarra y gallega. A pesar de de esta preponderancia peninsular del catalán, el castellano fue siempre una lengua vigorosa y culta, aunque marginada y en muchas ocasiones perseguida y que no consiguió su oficialidad en el territorio de Castilla hasta finales del siglo XX, con la restauración de la democracia y la aprobación de su estatuto de autonomía. De hecho Castilla y el País Vasco fueron los paladines peninsulares del autogobierno, al que se sumaros otras comunidades, como la gallega, la andaluza o la extremeña.

En la actualidad el castellano también se habla en otras comunidades, sobretodo en Andalucía y en Extremadura, aunque bajo la denominación de extremeño y andaluz. La opinión unánime de las universidades y de los expertos no da lugar a dudas, la lengua que se habla en Andalucía y en Extremadura y en otras partes de la península es el castellano, pero las tendencias secesionistas en materia de lengua son alimentadas por el sector de la derecha más recalcitrante, ahora con mayoría absoluta en el gobierno del estado. De hecho el gobierno de Aragón ha calificado de aragonés occidental al castellano que desde hace siglos se habla en la zona limítrofe con Castilla, sin que las autoridades estatales hayan dicho ni hecho nada al respeto. En Castilla, los partidos nacionalistas, ven en esta actitud del gobierno de la capital Barcelona, un menosprecio y una afrenta.

Para universalizar el conocimiento de la lengua castellana y normalizar su uso, la comunidad Autónoma de Castilla empezó en la década de los ochenta del pasado siglo un proceso de inmersión lingüística en las escuelas que garantiza al final del ciclo educativo el conocimiento de las dos lenguas oficiales, el castellano y el catalán, proceso aprobado por una abrumadora mayoría de las Cortes de Castilla. El hecho de que los niños de Soria, Burgos, Valladolid o Toledo, estudien en castellano en las escuelas causa conflicto en el resto de Espanya, y son muchos los intentos vía judicial de defender el derecho de los catalanohablantes de Castilla de ser educados en su lengua. La derecha en el gobierno alega que el catalán es la única lengua de obligado conocimiento y uso, por lo cual promueve iniciativas en muchas comunidades en contra de que el castellano sea un requisito para acceder a la función pública.

Todas estos conflictos lingüísticos, y los graves problemas derivados de una deficiente financiación de la comunidad Autónoma de Castilla, ha llevado a su gobierno nacionalista a pedir la independencia de su territorio, un hecho calificado con los peores epítetos desde los medios de Barcelona.

El contrafactual es un ejercicio de ficción que puede resultar delirante y que tiene escasa base científica, pero que tiene la rara virtud de caricaturizar el estado real de las cosas. En el siglo XVII, el filósofo Spinoza veía inútil el ejercicio de hacer contrafactuales, porqué la historia y otros procesos humanos son básicamente necesitaristas, las cosas suceden de una forma porqué no pueden suceder de otra. Es posible que tuviera razón, pero yo me pregunto si las cosas, necesariamente, tienen que ser como son o como algunos quieren que sean.