Opinion · El azar y la necesidad

Nunca saldremos de la crisis

En el siglo III dc el Imperio Romano entró en crisis.  Las disputas políticas, el desgobierno, la irrupción de los bárbaros y la corrupción hicieron aumentar los gastos de la administración imperial  y la necesidad de recaudar más impuestos. Para mantener las legiones, o para asegurar su lealtad, los emperadores necesitaban cada vez más dinero y la recaudación fue cada vez más compleja y difícil. Para solucionar el entuerto diversos emperadores, empezando por Caracalla, devaluaron la moneda por el método directo de eliminar parte de su peso. Las consecuencias de esa política fueron unos altos niveles de inflación, el atesoramiento de las monedas antiguas y, como consecuencia, la falta de confianza en las transacciones comerciales. En el plano político la crisis económica comportó la desmembración temporal del Imperio y muchas tensiones sociales. Las élites romanas de la época intentaron revertir la situación, dotándose de un gobierno fuerte y de medidas económicas correctoras, quisieron, en definitiva, volver al punto de partida, superar la crisis, recuperar la senda del crecimiento y la prosperidad. Sólo lo conseguirían en parte,  porqué  el mundo ya había cambiado, desde el punto de vista demográfico y social, y las tensiones que se manifestaron en el siglo III acabarían siglos más tarde destruyendo el Imperio. Las murallas que se levantaron en las ciudades romanas en esa época, símbolo del miedo al exterior, propiciaron una economía autártica, la antesala de la economía feudal de la edad media. Los romanos, pues, nunca salieron de la crisis, porqué su mundo había cambiado  y muchas de las variables que habían propiciado ese cambio estaban ya fuera de su control.

La pregunta del millón a la que intentan responder políticos y economistas es saber cuándo saldremos de la presente crisis, y la pregunta, por desgracia no tiene respuesta. Conscientes de la dificultad de establecer un plazo para la recuperación, los economistas y los políticos ponen el listón cada vez más lejos. Hoy mismo Hans-Werner Sinn, presidente del influyente think tank alemán IFO y partidario de endurecer las políticas de austeridad en Europa, postula en una entrevista en el País diez largos años para volver a la prosperidad. Podría haber dicho veinte, o cinco, o quince  y su pronóstico sería igual de erróneo.

El entorno global que propició que este país alcanzará determinas cotas de bienestar es irrecuperable. Nunca más se van a dar esas circunstancias, ya pasaron. La crisis, por desgracia,  no es sólo una estafa, como preconizan muchos indignados. La presente crisis es un cambio global que afecta a un sinfín de variables, muchas de ellas relacionadas entre si: cambios en el tejido productivo, emergencia de países del tercer mundo, cambios demográficos, crisis energética, cambio climático, etc. Es cierto que el detonante de la presente crisis en nuestro país fue el comportamiento delictivo de muchas instituciones financieras y la prepotencia y dejadez de nuestros gobernantes, pero la crisis, el cambio, se hubiera manifestado tarde o temprano con mayor o menor crudeza.

Los ciudadanos nos preguntamos cuándo se acabará este malvivir, esta situación de angustia cotidiana, esta falta de expectativas. Y la respuesta es que no se acabará, que la crisis sólo ha hecho que empezar. La pregunta que deberíamos en cambio formularnos es cómo sobreviviremos en un mundo más pobre, con menos recursos y más inseguro política y socialmente. Esta crisis económica, política y social  no va a tener una salida convencional y los ciudadanos tienen derecho a saberlo. Nunca saldremos de esta crisis, si por salir de la crisis se entiende volver al bienestar del pasado.

Después de la crisis imperial del siglo III, Roma sobrevivió aún dos siglos. La civilización romana fue substituida en parte por la barbarie, la fragmentación política, la autarquía y la incultura. Nuestra civilización, en un mundo mucho más interconectado y global, puede acabar mucho antes y de forma más dolorosa. Ah! Y no se engañen, habrá quién saque  partido de esa nueva situación: los poderosos, los populistas y los fundamentalistas. Hay quien me acusará de tremendista, pero si Europa se hunde, no se hagan ilusiones, una nueva edad oscura se abatirá  sobre la humanidad.