Opinion · El azar y la necesidad

De copas con el patrón

En locales como la Criolla en el barrio chino de la Barcelona de los años treinta, o en L’Ange Rouge o le Lapin Agile en el París en la misma época, o en el Die Katakombe de Berlín, convivían en un mismo espacio  gorras de obrero con sombreros de burgués, carboncillos de artistas con navajas de  delincuentes, pamelas de damas distinguidas con plumas de prostitutas. A  pesar de las abismales diferencias de clase y de la agudeza de la confrontación entre ricos y pobres del primer tercio del siglo XX,   existían espacios que permitían el contacto entre distintos grupos sociales: cafés, cabarets, teatros o iglesias.  Un signo de nuestros tiempos es la impermeabilidad entre las diferentes clases, la ausencia de espacios comunes, el nulo intercambio casual en un bar de copas o en un café. Esta impermeabilidad es forzada, los poderosos no pisan ni por asomo las líneas que delimitan los barrios pudientes de los más populares, sus hijos van a escuelas privadas, estudian carreras elitistas en universidades extranjeras, ven el fútbol desde tribuna, beben cócteles insulsos en terrazas exclusivas y acaban casándose con ejemplares vanidosos de su misma especie. El contacto lúbrico interclasista, la ocasional y efímera hermandad etílica entre señores y obreros, el hedor  a tabaco, orín y sudor compartido en un mismo espacio mugriento es imposible que se verifique hoy en día.  La fluidez social a principios del siglo XXI ha muerto y, con ella, el mecanismo que permitía la movilidad entre las diferentes clases  que hacía posible una sociedad más plural y, a la postre, más competitiva y poderosa, como fue  en su época la de los Estados Unidos o la de los países escandinavos.

Los liberales acostumbran a creer en la perfección de la sociedad de clases  y defienden un escenario utópico en el que la clase de origen apenas tiene influencia en la de destino, una sociedad en la que el mérito tiene mucha más importancia que la cuna. Pero la realidad es otra muy distinta y todo indica que,  para conseguir que un régimen capitalista y de explotación funcione, se necesita una fuerte estabilidad de las clases sociales. En este sistema la única movilidad permitida es la descendente: los pobres cada vez son más pobres porqué los ricos acumulan sin cesar mayor cantidad de bienes. El llamado ascensor social se ha estropeado, lo han manipulado para que sólo viaje hacia abajo. El ascenso y éxito de alguien como Amancio Ortega representa sólo una anécdota estadísticamente insignificante ante millones de casos que demuestran justamente lo contrario.

Según un encuesta del CIS de Marzo del año pasado, el 50% de las familias españolas manifestaba que su situación económica había empeorado durante los seis últimos meses, un 44% no había empeorado ni mejorado y sólo un 6% manifestaba haber mejorado. El porcentaje de mejoras se centran en el tramo de personas con más recursos, como parece obvio.  La crisis económica es la responsable directa de estas cifras, pero el estancamiento en la movilidad social ya viene de lejos. Los ricos  apuestan desde hace ya tiempo por evitar  el contacto con el populacho y prefieren aburrirse en un campo de golf con los comentarios soporíferos de un colega del consejo de administración, que reírse con las bromas de su lampista, o su carpintero, en el bar de tapas del barrio. Volvemos a las estructuras jerárquicas de l’Ancienne Régime que tanto combatieron los liberales,   a la exaltación de los derechos de nacimiento,  al secuestro del poder por parte  de unas élites aristocráticas cerradas,  poco dúctiles y temerosas de la plebe, a la aburrida languidez de un mundo decadente y endogámico, cerrado y estanco, al tedio que emana de los personajes de las novelas de Jane Austen, incapaces de sustraerse a su condición social.  Peor para ellos, tarde o temprano, de la decadencia de los tugurios que ahora evitan pisar, surgirá una legión de alegres harapientos que harán una nueva revolución.