El azar y la necesidad

España contra los Grau

En el mes de febrero de 1940, mi abuelo Jaume Grau  (Mollerussa 1901- Barcelona 1973), camionero de oficio  llamado a filas en el año 1938, salió de un campo de concentración en Tarragona y volvió a casa. Mi abuelo recordaba con emoción su vuelta, y en particular dos hechos que le ocurrieron en el trayecto del tranvía que le llevó hasta el barrio de la Sagrera donde vivía.   El primero fue una sorpresa emotiva, al ver como varios pasajeros se levantaban para cederle el asiento, al reconocerle vencido y verle macilento y cansado. El segundo fue el grito de un suboficial  que le conminó a hablar en español, en la lengua del Imperio,  al oír que se dirigía en catalán al pasajero que le había cedido su asiento.

Veinte años atrás, en 1920, mi bisabuela, Cecília Escolà  ( Mollerussa 1879, Barcelona 1971), fue a la ciudad de Lleida a realizar unas gestiones administrativas. Le acompañó mi abuela María Escolà Escolà ( Mollerussa 1903, Barcelona 1999)  porqué mi bisabuela no hablaba español,  y los funcionarios en su mayoría eran forasteros que no sabían o no querían entender el catalán.

En el año 1977, mi padre Jaume Grau (Barcelona, 1929), maestro industrial y encargado de un pequeño taller de maquinaria, viajó a Madrid con el propósito de vender alguna laminadora.  En la puerta del primer obrador de joyería que visitó, se encontró un pequeño cartel en el que se indicaba que no se atendía a los representantes catalanes. En el segundo, el propietario del negocio salió expresamente de su despacho para comunicarle verbalmente lo mismo.

Mi bisabuela y mi abuelo, vivieron la humillación de sentirse extranjeros en su casa con resignación. Mi padre se sintió extranjero en una ciudad que formalmente era la capital de su país y , desde ese día, consideró que España no era su nación.

Yo nací en el año 1960 y estuve escolarizado exclusivamente en español, en un tiempo en que el catalán no era ni optativo.  Yo viví esa anomalía como una agresión más de la dictadura franquista y, con la llegada de la democracia, creí que mis derechos como ciudadano estaban firmemente garantizados por la nueva Constitución y el Estatuto de Autonomía. Lo creí hasta el año 2009. En ese año me paró la Guardia Civil en un control de velocidad cerca de Santa Eugènia, en Mallorca. Me dirigí a la agente en español y le mostré el resguardo de la renovación de mi carné de conducir, un escrito extendido por el RAC en lengua catalana, la propia de Baleares. Voy a ahorrarle al lector la descripción de los hechos, baste con decir que me sentí como mi bisabuela, mi abuelo y mi padre, humillado.  Pero la humillación  en los Grau está dejando paso a otra cosa, algo está cambiando en mi familia:  mis hijos se partieron el pecho a carcajadas cuando escucharon al ministro Wert en el Congreso decir que quería españolizar a los alumnos catalanes.

Me parece que los Grau compartimos con los españoles algo muy sólido y real, siglos de mal gobierno, despotismo, humillaciones y opresión, y eso no nos hace especiales a los Grau, pero tampoco nos convierte automáticamente en españoles. Los Grau sentimos que, a través de distintas generaciones,  algo llamado España nos ha sido ajeno, impropio y, muchas veces,  hostil. Porqué España, un nombre que en algún accidente de la historia ha podido evocar algo noble, ha sido el escudo emocional tras el que han medrado tiranos y aprovechados y todos aquellos  que en algún momento han abusado de los Grau o de cualquier otra familia. Por eso es propio decir que España está contra los Grau. No sé si también se puede decir con autoridad que España está contra Catalunya, osea, contra el resto de catalanes, o  contra otra autonomía o región, contra los andaluces, o los gallegos, o los murcianos, o los madrileños, entiendo que antes deberíamos preguntarles. Lo que desde mi limitada percepción y desde mi experiencia puedo afirmar, es que esa unidad de destino en lo universal llamada España, ha estado y está contra mi familia, contra  los Grau.