El azar y la necesidad

La España Imperial

Presumir, aparentar, parecer lo que uno quiere ser pero en realidad no es, sale caro.  Alguien que se pavonea en público debe gastar mucho más para obtener lo mismo, contando que un reloj de 25 euros da la hora igual que lo hace un Rolex de 15000. Cuando se tienen los recursos necesarios, cuando se es rico, el gasto en ostentación se contabiliza como una herramienta de poder, el lujo protege y atemoriza a los oponentes, es una inversión. El problema surge cuando alguien venido a menos continúa presumiendo, aunque esté anémico y desnutrido. Esta actitud merma la salud del afectado, cuesta muchísimo de mantener y causa hilaridad entre los vecinos. Hay muchos estados que sufren el síndrome del poderoso venido a menos, que gastan en ornamentos  por encima de sus posibilidades, que están dispuestos a cercenar los derechos de sus ciudadanos antes que renunciar a marcar pecho en la escena internacional. España es, sin duda, uno de esos estados que gasta excesivamente en ostentación, en marcar paquete,  como si aún estuviéramos en el siglo XVII y los barcos cargados de oro y plata de las Indias  llegaran a Sevilla puntualmente. Que España quiera presumir sale muy caro a los españoles.

¿Hace bien el gobierno del PP en destinar recursos para mantener  tropas en Afganistán  y misiones en el Líbano, Bosnia, Uganda y Somalia con un tasa de paro del 26%? ¿Un país cuya deuda asciende al 100% de su producto interior bruto, puede permitirse el lujo de reformar su embajada en Marruecos por valor de 10 millones de euros? España gasta una enormidad de dinero en aparentar lo que no es, en gasto militar, en costear una red diplomática excesiva, en mantener una administración voluminosa o en sufragar litigios de soberanía. España consume una parte importante de sus pocos  recursos para presumir, para parecer poderoso, un gasto fútil, entendiendo que los demás países saben perfectamente que España es una actor de segunda con poco papel y menor remuneración.

En el año 1776, coincidiendo con la independencia de los Estados Unidos y la consiguiente crisis que sufrió el Imperio Británico, Adam Smith instó a la corona a despojarse del espléndido y costoso ropaje del imperio, de forma que se permita al país adaptar  sus perspectivas y proyectos futuros a la mediocridad real de sus circunstancias. Esa juiciosa recomendación del prestigioso filósofo escocés no se llevó a la práctica hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los británicos, a merced del dictado de los norteamericanos, con una economía empobrecida y una deuda aplastante, tuvieron que adaptarse a la realidad de sus circunstancias y renunciar a muchas de sus colonias, bases y guarniciones en todo el planeta.

Los distintos gobiernos de España en democracia, y más notoriamente los del Partido Popular, se han esforzado en intentar que España se codee con los grandes, en mantener una ilusión de potencia internacional, y eso cuesta dinero, en algunos casos mucho dinero. Tanto dinero como el que le ha costado a los españoles la obcecación  de Mariano Rajoy en no pedir el rescate por un tema de orgullo nacional.  Finalmente el gobierno del PP consiguió su propósito de no ser rescatados, manteniendo una minúscula apariencia de soberanía económica en aras de la salvaguardia del prestigio patrio. Todo esa política de apariencia, de chulería respecto a la intervención, la pagamos con diferenciales altísimos de tipos de interés y con un cercenamiento brutal de derechos sociales.  Para nuestros políticos los derechos sociales no sirven para marcar paquete en la escena internacional, para ellos es un capricho que no rinde.  Otro escenario de ese anacronismo imperial  son el inmovilismo en el statu quo actual de las mal llamadas plazas de soberanía, Ceuta y Melilla. ¿ Qué coste tiene para España el mantenimiento económico de dos ciudades aisladas, su defensa militar ante las reivindicaciones de Marruecos y el mantenimiento de un bochornoso muro de alambradas? ¿Puede la paupérrima España permitirse el lujo de no solucionar este problema por la vía diplomática?

España, como muchos otros estados, debería mirarse a si misma y reconocerse en lo que es para modernizarse y avanzar, y como dijo Adam Smith, adaptar sus perspectivas y proyectos a la mediocridad real de sus circunstancias. Debe despojarse del costoso ropaje del Imperio y atender a las necesidades de sus ciudadanos.