El azar y la necesidad

Rajoy celebra el tricentenario de la caída de Barcelona

El gobierno de Mariano Rajoy no pretende solucionar el conflicto catalán, -ese conflicto que nace del deseo expresado en las urnas por los ciudadanos de Catalunya-, sólo tiene la intención de atajarlo, cortándolo en seco, y eso lo sabemos gracias a Rosa Díez. La lideresa de UPD fue a la Moncloa para oír de boca de su líder tribal que el problema se va a arreglar a la vieja usanza, manu militari, sin prisioneros, ni concesiones, con una rendición incondicional. Rosa Díez ya puede dormir tranquila porque sabe que su paladín en esta lid  quiere imponerse de forma rotunda en el pulso que mantiene con la ciudadanía, con la de Catalunya, pero también con la de España. Como en tiempos de Felipe V se aplicará el diezmo de horca en todos los pueblos donde ondee la enseña estrellada, se obligará a los vecinos del Born a destruir sus propias casas y se colgarán las cabezas de algunos notables en lo que queda de las murallas para escarnio de los sediciosos. Hacer menos sería de pusilánimes, de blandengues, de antiespañoles.  Delenda est Cartagho, Cartago debe ser destruida. Rajoy, pues,  se suma de forma desinteresada  a los actos de conmemoración del tricentenario de la caída de Barcelona, propinando a los catalanes una nueva derrota, como en los viejos tiempos, a ver si de una vez por todas aprenden.  Santiago y cierra España. Pero atención: quién piense que las cabezas de los catalanes servirán para apaciguar los ánimos bélicos de los populares, anda muy errado. A los populares, y a la derecha más o menos liberal, más o menos extrema,  no les bastará con vencer a los fenicios del nordeste, si es posible, pisotearán y humillarán a los díscolos de todo género y patria que cuestionen su labor de gobierno, su concepción del estado, su interesada apropiación de las Instituciones. Quieren ganar por goleada, arrasar y sembrar con sal los yermos que resten después de su victoria, quieren proclamar el fin de la historia española a la manera de Fukuyama y olé. Y llevan camino de conseguirlo, porqué tienen en sus manos un juguete muy peligroso, el estado. Para Mariano Rajoy el estado es una fortaleza que cobija a una minoría elegida de acólitos, una fortaleza que dispone de un poderoso brazo armado dispuesta a martillear a los herejes, a los que viven fuera de su centralidad patriótica e ideológica. En ese estado ideal imaginado por los sátrapas, burócratas y ladronzuelos de la derecha de siempre,  la democracia es un sistema reservado a los elegidos y a los que les rinden pleitesía, bajo la protección y amparo del manto de los tahúres de los tribunales de amparo.