Podemos y los riesgos de la burbuja tecnopolítica

Iñaki Arzoz
Activista sociocultural especializado en cultura libre y artivismo

 

¿Se convertirá Podemos en la nueva una burbuja tecnopolítica? ¿Le ocurrirá lo mismo que al 15M?

La réplica vírica del flash mob global del 15M, apropiándose de la red como herramienta de agitación tecnopolítica, tuvo un impacto incendiario pero no generó compromisos duraderos ni un tejido organizativo resistente. Por diversas causas (caos organizativo, inexperiencia política, falta de cultura participativa), la mayoría de indignados no se convirtieron en activistas ni siquiera, paradójicamente, en ciberactivistas. Aunque se esforzaran por constituirse presencialmente a través de asambleas y movilizaciones callejeras, su tempo lento de consensos (porque vamos lejos) no pudo competir con la aceleración emocional de la red. Se produjo el ‘efecto suflé’ y los jóvenes ‘turistas’ tecnopolíticos abandonaron a los ‘viajeros’ políticos (activistas maduros que no eran nativos digitales).

Para evitar el suflé quincemayista -el estallido de una organización como burbuja tecnopolítica- hay que equilibrar la excesiva preponderancia del plano virtual sobre el presencial. Procurar que la articulación de una engrasada maquinaria virtual se enfoque a provocar cambios en una realidad integral virtual-presencial. Las redes sociales han de ser expresión viva de una organización ciudadana hacia dentro y hacia fuera, pero no sustitución de una vida más amplia y rica, con espacios y dinámicas presenciales de encuentro, deliberación y acción en la tarea de retomar la política desde abajo.

Por otra parte, el debate sobre el modelo organizativo en Podemos, entre el enfoque más plebiscitario del Equipo técnico y el más distribuido de Pablo Echenique, nos introduce en los riesgos de la ciberdemocracia.

El diseño de una democracia como procomún participativo ha de huir tanto del mal asamblearismo como de las utopías digitalistas. Las herramientas informáticas, por útiles que sean en la apertura de una nueva institucionalidad democrática, no van a solucionar los graves problemas de la democracia en crisis. Pueden ayudarnos a restaurar o desarrollar determinados aspectos. Pero sigue siendo imprescindible –más allá de un improbable escenario de ciencia-ficción- una dinámica equilibrada entre los ámbitos presencial y virtual de la democracia realmente posible.

En este sentido, hemos de tener en cuenta que los sistemas de participación on line son experimentales y a menudo poco operativos. Que se puede caer en la tentación de implantar una democracia decisionista, que abuse del voto digital y margine la búsqueda esencial del consenso. Que la manipulación, control y espionaje de las redes sociales en manos de multinacionales tecnológicas, sumisas a las agencias gubernamentales, es constante. Que la ‘inflación digital’ -bandejas de correo saturadas, wassaps incesantes- nos desconecta de los procesos complejos de deliberación online. Finalmente, que en España existe riesgo real de exclusión a causa de una profunda brecha digital, ya que el 24% de la población nunca se ha conectado a Internet…

Internet, amenazada de los riesgos que nos señalan Evgeny Morozov, Jodi Dean o Nicholas Carr, es todavía más rudimentaria que la ‘interacción presencial’. Somos cyborgs precarios, no almas virtuales: cuerpos que necesitamos vernos, cultivar la amistad y resolver cara a cara los problemas de la polis.

La opción no debe ser entre más cantidad (virtual) o más calidad (presencial) de democracia, sino el despliegue de un modelo equilibrado virtual-presencial que no deje a ningún sector de la ciudadanía fuera del juego democrático. Y para ello es preciso hacer un uso tan estratégico como crítico y ético de la red, si no queremos acabar en manos de la poppolítica y de nuevas castas  ciberdemocráticas.

¿Estallará Podemos  como una burbuja tecnopolítica? Al audaz  equipo que ha sabido extraer de tecnologías comunicativas retro como la televisión generalista todo su potencial y a la inteligencia colectiva post15M  les aguarda el reto de construir esa “máquina democrática” como dispositivo ciberhumanista…

 

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