La felicidad política

Sofía de Roa
Periodista e investigadora en la Asociación Calidad y Cultura Democráticas

“Instruir la democracia, reanimar sus creencias, purificar sus costumbres, regular sus movimientos, sustituir, poco a poco, inexperiencia por la ciencia de los asuntos públicos, instintos ciegos por el conocimiento de verdaderos intereses, adecuar el gobierno a épocas y lugares, modificarlo según las circunstancias”. Esta es la receta que en primer lugar deben seguir quienes dirijan la sociedad, según escribía Alexis de Toqueville, tras observar cómo se construía la democracia en América, a finales del siglo XIX. En su obra, el autor también reconoce: “Confieso que es difícil señalar a ciencia cierta el medio para despertar a un pueblo ensoñado, y otorgarle las pasiones y la ilustración que no tiene”. Este pensador se suma así a otros cientos más que expresan el convencimiento de que es la educación, los saberes, el aprendizaje y, en definitiva, la cultura el único remedio a los males actuales. Benjamin Barber es otro de ellos, cuando define una democracia fuerte como aquella basada en una actividad política creativa que busca beneficiar a los integrantes de la sociedad. Insiste en que esos beneficios han de ser constituidos y propuestos por la misma ciudadanía, que a su vez debe pensar activamente proyectos y reformas, para mejorar día a día el entorno. Y añade: no deben de hacerlo por un interés egoísta, sino porque es una manera más para conseguir, de facto, que el ciudadan@ sea un auténtic@ ciudadan@.

Hoy, sin embargo, asistimos a un paisaje cultural devastado ideológica y éticamente. Para defenderse con éxito de los ataques que sufre el sistema, es preciso lograr que los principios democráticos y los valores éticos se desarrollen, y se adhieran en las ideas, estilos, manías y rutinas de todas las que convivimos en sociedad. Más allá de las leyes, más allá de la transparencia (obligada), se vuelve cardinal mantener una actitud cívica constante que, a lo largo del tiempo, trasfunda deontología democrática a una cultura política, que acepta en buen grado formas de hacer propias del caciquismo más pestilente. Es ahí, más allá del voto, en las prácticas cotidianas, hasta en cada detalle, desde dónde se ha de iniciar el cambio que esperamos. Solo existe ciudadanía allá donde la democracia es sólida, por lo que no deberíamos olvidar, volviendo a Toqueville, que mientras la democracia no haya arraigado en las costumbres es fácil destruirla.

¿Tan engorroso resulta comportarse con responsabilidad? ¿No hay forma de fortalecer nuevos/viejos, mejores hábitos de convivencia? No esperemos milagros: la eficacia, la eficiencia, la honestidad o la reivindicación de ser ejemplares, tendrán que arrancar desde cada uno de nuestros cuerpos. No es normal culpar siempre al otro de todos los males, ni necesario poner siempre la otra mejilla. Potenciar nuestra capacidad ejecutiva, organizadora, y sinérgica en busca del bienestar de la comunidad, conseguir convivir de manera digna apremia. Y para ello, siguiendo la apuesta del filósofo José Antonio Marina, hemos de implicarnos en una “gran movilización educativa porque, como reza un proverbio africano, para educar a un niño se necesita toda una tribu y, para educar bien a un niño, a una buena tribu”. Adquiriendo modales cívicos, por tanto, mejoraremos nuestras competencias, aptitudes, aprovecharemos la inteligencia colectiva, y seremos capaces de consolidar un ambiente pacífico en el que sentirnos cómodas, desde el que construir posibilidades. Y es que, en democracia toda ciudadanía es experta, empodera a quien la habita y la siente.

No hay que desesperar, pues aunque lo que podamos aportar sea pequeño, el objetivo que perseguimos es grande. La felicidad se alcanza, decía Gandhi, cuando lo que se dice, lo que se piensa y lo que se hace están en armonía. Comprometámonos entonces con esa meta, corrigiendo en el camino si nos desviamos, perfeccionando el proceso democrático, y haciendo, al fin y al cabo, de la felicidad un hábito.

 

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