La crisis en Podemos, una oportunidad

Marcos Pérez
Periodista y doctor en Comunicación, redactor en el digital Praza Pública.

Suelo intentar leer las acciones y movimientos de Podemos en clave de estrategia comunicativa, formando parte de una línea de acción, acertada o no, pero muy reflexionada y de largo recorrido. Este 1 de mayo hemos visto a Pablo Iglesias coger un megáfono y hablarles, pie a tierra, a los trabajadores de Movistar en huelga, reconociendo incluso que “hacía tiempo” que no lo hacía. Llega este movimiento en medio de un fuerte debate, interno y externo, sobre el regreso de Podemos a sus ‘orígenes’ y sobre la posición que debe adoptar en el tablero político (o el tablero político que debe proponer). Reconozco que la escena me resulta un tanto forzada, impostada, aunque, ojo, me parece correcta, y querría pensar que es el inicio de un viraje en el camino de Podemos.

En la política norteamericana se denomina ‘flip-flop’ a los repentinos cambios de posición de un candidato en relación con un asunto, buscando una mayor coincidencia con sus bases, una mayor coherencia con el conjunto de su discurso, procurando un rédito electoral o, simplemente, reconociendo haber realizado un análisis incorrecto de la situación y modificando su postura inicial. En principio, estos ‘flip-flop’ están mal vistos y se penaliza públicamente a quien los lleva a cabo. La firmeza, la coherencia, la constancia, son valores importantes, desde luego. A mí no me parecen mal los ‘flip-flop’ y los cambios de posición, valoro a quien asume un error y a quien nunca deja de analizar la realidad que lo rodea. De hecho, de quien suelo desconfiar es de aquellos que no se mueven un milímetro de una determinada visión, a veces incluso siendo conscientes de estar dirigiéndose hacia el desastre. Creo que uno de los grandes problemas de la vieja política está en esa gente empeñada en ser fieles a sus errores hasta el final.

Los actuales problemas de Podemos, en parte motivados por el ascenso de Ciudadanos y el fortalecimiento del discurso de los defensores del actual ‘statu quo’, en cierta manera le dan la razón a Podemos, y a algunos de sus análisis. Primero Podemos, y ahora Ciudadanos, han demostrado que había una opción clara de resquebrajar el bipartidismo, con una parte muy importante de votantes del PSOE, pero también del PP, que apuestan por algo diferente, de una forma más radical o menos radical, a través de un cambio de fondo en las políticas económicas y sociales, o mediante una ruptura de formas y comportamientos, más centrada en la corrupción y la transparencia.

El análisis inicial de Podemos, centrado en que pasando por encima de las divisiones ideológicas tradicionales era posible alcanzar una mayoría absoluta, parece ahora más certero que nunca. Había condiciones estructurales para la aparición de un movimiento ‘antiestablishment’ y afortunadamente tomó la forma de Podemos y no otra. Sin embargo, siempre me pareció dudoso que un movimiento liderado por un grupo de personas procedentes de la izquierda real, practicando un discurso de justicia social y democratización de la economía y rodeándose de grupos y activistas netamente de izquierda, iba a poder aglutinar un espectro de voto tan amplio. Parece que durante un tiempo la estrategia funcionó y Podemos sí logró atraer (al menos eso era lo que indicaban las encuestas) un número muy importante de votos de PP y UPyD y votos centristas del PSOE, unos votos imprescindibles para soñar con una mayoría que permitiese gobernar.

La irrupción de Ciudadanos, junto con una campaña feroz por parte de muchos medios de comunicación, han debilitado a Podemos, sobre todo entre esos sectores ‘moderados’. Se pueden denunciar esos ataques y la estrategia interesada en promocionar al partido de Albert Rivera, pero era obvio que el sistema iba a utilizar todos instrumentos a su alcance para luchar contra Podemos. Da la impresión de que con los primeros ataques, en sólo tres meses, han conseguido ya hacer tambalearse a todo un movimiento, demostrando una extrema fragilidad en Podemos, un tigre de papel.

Las elecciones se ganarán, o no, en buena medida con esos dos millones de votos que ahora están basculando entre PP y PSOE, Ciudadanos y Podemos. Entiendo que es necesario modular la estrategia política y comunicativa para convencer a ese electorado. Pero creo que el problema de Podemos en los últimos meses no ha sido tanto la excesiva moderación ideológica como algunas actitudes a la hora de responder a algunas críticas, o a la hora de trabajar en la construcción de una alternativa.

Podemos ha errado, sobre todo, en creer que podía ganar las elecciones por sí solo, despreciando en cierta forma a muchas fuerzas políticas situadas en el espacio de ruptura y de cambio (IU, Anova, Equo, ICV…), y a algunos movimientos sociales. Olvidando que Podemos tenía que ser un actor más en un movimiento de cambio, puede que el actor principal, pero no el único. No tengo muchas dudas de que en unas hipotéticas primarias de confluencia Pablo Iglesias sería elegido candidato a la presidencia del Gobierno, pero Podemos no podía imponer sus reglas y sus tiempos en ese proceso tan necesario. A Podemos le ha vencido una clara arrogancia, de la misma forma que a muchos dirigentes y activistas de otras organizaciones se les puede afear una cierta ceguera ante la oportunidad histórica (puede que única) que se ha abierto en España.

Nunca compartí del todo las críticas que se le hacían a Podemos, señalando que iba camino de convertirse en un nuevo PSOE. Pero es cierto que por veces ha copiado alguna de las peores actitudes de ese PSOE que se desplegó a partir de 1982, aplicando en ocasiones las políticas correctas, pero sin contar con la sociedad a la que iban dirigidas, como una suerte de despotismo ilustrado, retirándole a esa sociedad la fuerza de su activismo y de su visión crítica y olvidando la necesidad de incentivar una conciencia ciudadana. Podemos ha actuado demasiadas veces como un partido vertical, y eso es totalmente contradictorio con pilotar un movimiento de ruptura.

Podemos sigue siendo una estructura muy eficaz, pero está vacía, hueca, si no trabaja de igual a igual con el resto de actores del cambio. Somos muchos los que, inscritos o no, nos hemos sentido muy próximos a Podemos, pero no como estructura, como partido, como candidatura, sino como instrumento de cambio. Ni como punto de partida ni como fin, sino como una herramienta útil para abrir esa brecha. Puede que haya que asumir que Podemos es un partido que nace en la superestructura para operar en la superestructura, y que la actividad de su base adquiere un rol secundario. Pero precisamente por ese diseño, es más necesaria todavía la colaboración con el resto de movimientos sociales y políticos. Una base líquida, que facilite confluencias.

No sé qué está pasando en la cúpula de Podemos. No sé si va a haber un cambio de táctica, si van a abandonar la relativa indefinición ideológica en la que paulatinamente han ido cayendo hasta acabar en un cierto limbo populista. O si, por el contrario, los últimos movimientos indican un reforzamiento de la actual estrategia. Opte Podemos por un vía u otra, lo que parece claro es que está obligado a recomponer su discurso ante un momento político en el que el cambio, si llega a producirse, no se resolverá de inmediato. Y va a consistir en una larga batalla que una ciudadanía más empoderada que hace cuatro años sostendrá ante los partidos del régimen, tanto en el Congreso como en los parlamentos autonómicos como en los municipios,

Podemos basa la mayor parte de sus éxitos en su acierto para leer la realidad y aplicar las estrategias comunicativas adecuadas. No sé si Podemos va a regresar a sus ‘orígenes’ o no. Lo que sí sé es que se ha perdido mucho tiempo. Lo ha perdido Podemos y lo ha perdido la izquierda y las fuerzas ‘del cambio’ en su conjunto. Tenemos unas municipales y autonómicas a la vuelta de la esquina, vitales para la vida de muchas personas y para el propio trabajo de movilización política, a las que la izquierda llega más débil y dividida de lo que sería deseable. Y en ellas -al menos en las municipales en Galicia en muchas localidades- Podemos no está participando con la intensidad necesaria. “Esta campaña que comienza ahora es una guerra de trincheras por la imposición de un relato político”, acaba de escribir el propio Pablo Iglesias, pero no hay trinchera más importante que los municipios.

Espero que los golpes, internos o externos, que ha recibido Podemos últimamente le hayan llevado a darse cuenta de una cosa: de que si es posible un cambio en este país va a hacer falta el concurso de todos y todas. Podemos ha alimentado una brecha en el régimen, una brecha que nació del 15-M, de la crisis y del saqueo. Y esa brecha, esa ventana de oportunidad, aún está ahí. Sigue siendo la mejor oportunidad política que hemos tenido en la historia reciente de este país y de todos y todas depende el aprovecharla. De todo el huracán que está agitando a Podemos en los últimos días puede salir algo bueno. Puede que ahora sí se haya abierto la opción de trabajar todos y todas en un espacio más amplio, más ambicioso y ganador. O quizás es que soy demasiado optimista.